Corredor Seco: dos países, una misma batalla por conservar el agua ante El Niño y el cambio climático
Esta investigación de CR Hoy y La Hora forma parte del proyecto Acción Climática Centroamérica, de UNESCO-SIP.

Fotografía: Joel Morales
Hay lugares donde la sequía no se reconoce a primera vista. Desde lejos, los árboles aún conservan su verdor, las montañas siguen cubiertas de vegetación y, entre ellas, las milpas parecen anunciar que la cosecha llegará.
En comunidades de Quiché, en Guatemala, esa apariencia contrasta con cultivos afectados por la falta de lluvia: algunas plantas no desarrollaron mazorcas y otras apenas crecieron. Bajo un paisaje que todavía parece fértil, la tierra lleva semanas esperando precipitaciones suficientes.
En Costa Rica, mientras tanto, varias comunidades de Guanacaste enfrentan el desafío de conservar el agua de los humedales y sostener actividades como la ganadería y el turismo, que dependen de la disponibilidad del recurso.
Aunque las condiciones de ambos territorios son distintas, la irregularidad de la lluvia y los períodos prolongados sin precipitaciones ponen a prueba la capacidad de las comunidades para mantener sus cultivos, proteger los ecosistemas y sostener sus actividades productivas.
El cambio climático y fenómenos naturales como El Niño forman parte de este escenario, pero no son lo mismo. Cuando sus efectos coinciden con condiciones locales de vulnerabilidad, pueden aumentar la presión sobre los recursos hídricos y la agricultura.
Esta investigación de CR Hoy y La Hora forma parte del proyecto Acción Climática Centroamérica, de UNESCO-SIP, una iniciativa periodística que examina las respuestas impulsadas en Guatemala y Costa Rica para reducir la vulnerabilidad de las comunidades ante los riesgos climáticos, así como la brecha entre los objetivos de adaptación y su implementación en los territorios.
Cambio climático y El Niño: fenómenos que coinciden

Verificaciones en campo permitieron identificar las condiciones de vulnerabilidad en que se encuentran varias familias, debido a la pérdida de cultivos, producto de la falta de lluvia. Foto: La Hora/Daniel Ramírez.
Lo que ocurre en Guatemala y Costa Rica refleja cómo distintos factores pueden coincidir y agravar la presión sobre el agua. El cambio climático, por ejemplo, trae consigo modificaciones de largo plazo en las temperaturas y los patrones del clima.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) explica que estas variaciones persisten durante períodos prolongados, generalmente décadas o más, y pueden responder a causas naturales y a factores externos, incluidas las actividades humanas, como el calentamiento global.
El Niño, en cambio, es un fenómeno natural asociado al calentamiento anormal de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) señala que estas variaciones oceánicas alteran la circulación atmosférica e influyen en las temperaturas y precipitaciones de distintas regiones del mundo.
Aunque se trata de fenómenos diferentes, pueden coincidir, y sus efectos dependen de las condiciones regionales, la época del año y las características de cada territorio.
En determinados lugares, El Niño puede favorecer períodos más secos o temperaturas superiores a las habituales, mientras que el calentamiento global añade una tendencia de largo plazo al aumento de las temperaturas.
La NOAA identifica a Centroamérica entre las regiones que tienden a registrar precipitaciones inferiores a lo normal durante el período de diciembre a febrero en episodios de El Niño.
Sin embargo, estos patrones representan tendencias históricas y no significan que las mismas condiciones se produzcan en todos los lugares o años.
Cuando la lluvia se distribuye de manera irregular, los efectos pueden sentirse en la planificación de las siembras, el desarrollo de los cultivos y la disponibilidad de agua.
Una precipitación que llega tarde o se concentra en pocos días puede ser determinante para una comunidad agrícola, incluso si el acumulado de lluvia no refleja por sí solo la gravedad del problema.
En Centroamérica, el Corredor Seco comprende territorios de varios países, entre ellos Guatemala y Costa Rica, que presentan alta vulnerabilidad a la variabilidad climática.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en su publicación sobre el Corredor Seco Centroamericano, describe una región expuesta a eventos climáticos extremos, donde los períodos prolongados de sequía pueden alternarse con lluvias intensas que afectan los medios de vida y la seguridad alimentaria.
Las características y limitaciones territoriales deben distinguirse de las áreas específicas de intervención de cada programa de adaptación. En este trabajo, Guatemala y Costa Rica se analizan desde sus respectivos territorios y desafíos hídricos.
Dos territorios, distintas señales de la presión climática
En Costa Rica, el bosque seco de Guanacaste enfrenta el riesgo de un nuevo período de estrés hídrico ante las condiciones previstas durante el episodio de El Niño.
En julio pasado, especialistas del Área de Conservación Guanacaste (ACG)por una posible reducción significativa de las lluvias, acompañada de temperaturas más altas y mayor viento.
El escenario podría generar condiciones similares a las registradas durante la intensa sequía de 2015.
Ese año, en el Parque Nacional Santa Rosa se evidenció la muerte de más de 40 especies de árboles. La mortalidad del bosque aumentó de alrededor de 2% a 8%.
En un estudio que monitorea 400 árboles, cerca de una cuarta parte murió al finalizar la sequía.
Roger Blanco Segura, encargado del Programa de Investigación del ACG, explicó entonces que, aunque los árboles cuentan con mecanismos para reducir la pérdida de agua, una sequía prolongada puede superar su capacidad de adaptación.
Para el actual episodio de El Niño, el especialista estima que podría registrarse hasta 50% menos lluvia, temperaturas entre uno y dos grados más altas y mayor viento, factores que incrementarían la desecación.

En Costa Rica, la combinación entre el cambio climático y la presencia de El Niño, amenaza con impactar a la fauna con desplazamientos. Fotografía: Joel Morales.
El impacto también podría extenderse a la fauna. Algunas especies pueden desplazarse hacia zonas con mayor humedad, pero otras tienen una capacidad limitada para movilizarse y podrían desaparecer de determinados sectores.
La afectación tampoco sería uniforme entre los árboles. En 2015, los ejemplares más viejos, enfermos o ubicados en áreas con menor disponibilidad de agua fueron los más vulnerables.
La preocupación va más allá de la pérdida de árboles: su muerte modifica las condiciones del ecosistema y afecta a las especies que dependen de ellos para alimentarse, refugiarse o reproducirse. Por ello, los especialistas consideran clave monitorear la evolución de El Niño y sus efectos sobre el bosque seco durante los próximos meses.
Guatemala: lluvia irregular y presión sobre los cultivos
En Guatemala, la distribución de la lluvia también se ha convertido en una preocupación para las comunidades agrícolas.
El Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh) advirtió que las condiciones asociadas con El Niño están alterando el comportamiento de las precipitaciones.
El instituto comunicó este escenario en septiembre, aunque sus efectos comenzaron a hacerse visibles desde el inicio de la época lluviosa, en mayo.
En agosto pasado, el Insivumeh reportó un déficit de lluvias de 29% en las regiones del Pacífico y Altiplano Central, y de 17% en Occidente.
El comportamiento de las temperaturas también comenzó a alejarse de los valores habituales: para septiembre, los registros se situaron entre 0.5 y 1 grado centígrado por encima de lo normal y, para octubre, la previsión apuntaba a valores entre 1 y 2 grados superiores.
El comportamiento no es uniforme en todo el país. El seguimiento del Insivumeh muestra que El Niño no significa ausencia de lluvia en todas las regiones, sino cambios en su distribución.

La falta de lluvia ha obligado a decenas de familias en Quiché a buscar fuentes de agua que les permita la sobrevivencia de sus cultivos. Foto La Hora: Daniel Ramírez.
Para algunas comunidades, una lluvia que llega tarde o se concentra en pocos días puede ser tan determinante como un período prolongado sin precipitaciones. El riesgo es que el agua llegue cuando ya no pueda sostener una cosecha o que las temperaturas aumenten la presión sobre los cultivos y las fuentes de abastecimiento.
En sus perspectivas climáticas, el instituto ha advertido que las condiciones asociadas con el fenómeno podrían favorecer acumulados de lluvia inferiores a los valores climatológicos en distintas regiones.
Para el período de agosto de 2026 a marzo de 2027, estimó una probabilidad de entre 95% y 100% de que prevalezcan condiciones de El Niño.
En las comunidades rurales de Quiché, donde numerosas familias dependen de la agricultura para alimentarse y generar ingresos, estas variaciones pueden comprometer el desarrollo de los cultivos y aumentar la incertidumbre sobre las próximas cosechas.
En ambos países, la presión climática se manifiesta de distintas maneras. En Costa Rica, la preocupación se concentra en el estrés hídrico del bosque seco y la capacidad de los ecosistemas para resistir períodos prolongados sin lluvia; en Guatemala, los cambios en la distribución de las precipitaciones añaden presión sobre los cultivos, las fuentes de agua y las comunidades que dependen de ellas.
Para las familias de ambos territorios, la variabilidad climática no se queda en los registros de lluvia o temperatura. Puede definir si una milpa completa su ciclo, si una fuente de agua mantiene su disponibilidad o si una familia logra sostener una cosecha.
La gestión del recurso hídrico se convierte así en un factor determinante para la adaptación. El desafío no es únicamente cuánto lloverá, sino qué capacidad tendrán las comunidades para conservar el agua y sostener sus medios de vida cuando las precipitaciones cambien.

Santa Cruz del Quiché es uno de los territorios afectados por el déficit de lluvia registrado este año. Foto: La Hora/Daniel Ramírez.
Adaptación: los recursos aun no se traducen en acciones
Mientras las comunidades enfrentan estas condiciones, los programas diseñados para fortalecer su adaptación todavía atraviesan etapas de planificación, organización y preparación técnica.
Aunque existen recursos comprometidos y acciones previstas, su ejecución en los territorios sigue un calendario que se extiende durante los próximos años.
Tanto Guatemala como Costa Rica forman parte del programa de Adaptación basada en Ecosistemas (AbE), impulsado por la FAO con financiamiento del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE).
La iniciativa plantea utilizar la recuperación y protección de los ecosistemas como herramientas para reducir la vulnerabilidad de las comunidades ante los riesgos climáticos.

El objetivo del programa AbE es contribuir a que los comunitarios mejoren sus prácticas y así sus actividades productivas sean autosostenibles. Foto: La Hora/Daniel Ramírez.
En la práctica, la Adaptación basada en Ecosistemas puede incluir la recuperación de suelos, la protección de fuentes de agua, la restauración de ecosistemas y la incorporación de prácticas agrícolas que ayuden a enfrentar períodos de sequía y otros eventos extremos.
El programa busca reducir la vulnerabilidad de las comunidades y fortalecer su capacidad para sostener los cultivos y los ingresos. Sin embargo, parte importante de sus resultados está proyectada para los próximos años, mientras los territorios ya enfrentan condiciones que requieren respuestas.
Costa Rica: Recursos para adaptarse, pero con inversiones para 2027
En Costa Rica, la intervención abarca Guanacaste y parte de la cuenca del Tempisque, un territorio donde la disponibilidad de agua es importante para la agricultura, la ganadería, los humedales y el turismo.
El programa dispone de más de $39 millones para apoyar a productores y comunidades frente a sequías, lluvias extremas y escasez de agua.
Sin embargo, según los datos proporcionados para esta investigación, al 30 de junio solo se habían utilizado $361 mil. Esa cantidad equivale al 1.16% de los $31 millones disponibles mediante recursos no reembolsables, créditos y garantías.
Aunque el programa comenzó formalmente en 2024, las actividades en Costa Rica arrancaron a finales de 2025 y durante 2026 se mantienen principalmente en una etapa de planificación.
Las inversiones directas en las comunidades están previstas para 2027, mientras continúan las definiciones sobre las zonas de intervención, los beneficiarios y las metas anuales.
En la cuenca del Tempisque también se desarrollan acciones vinculadas con la gestión del agua, la protección de humedales y la infraestructura hídrica. Sin embargo, para dimensionar sus resultados es necesario distinguir estas iniciativas de las actividades específicas financiadas por el programa AbE.
La experiencia de Costa Rica muestra que la existencia de recursos y programas no garantiza, por sí sola, que las soluciones lleguen a las comunidades. La implementación requiere planificación, coordinación institucional y ejecución en los lugares donde se manifiestan los riesgos.
Una intervención prevista para la cuenca alta del río Salinas
En Guatemala, el proyecto contempla acciones en la cuenca alta del río Salinas, en Quiché, donde se encuentran comunidades rurales que dependen de la agricultura y enfrentan dificultades relacionadas con la disponibilidad de agua.
La iniciativa incluye a Zacualpa, Canillá, Uspantán, San Andrés Semetabaj, Sacapulas y Chicamán, municipios mencionados dentro del proceso de intervención.
El río Salinas ubicado hacia la frontera con México pasa por Quiché, en especial por Sacapulas y Chamá en dónde también recibe el nombre de río Chixoy. En otras partes de Quiché, Alta y Baja Verapaz lleva el nombre de Río Negro.
Marta Moneo, coordinadora regional del proyecto en Guatemala, explicó que el plan comenzó a formularse hace una década, en 2016, a través de la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (CCAD) del Sistema de Integración Centroamericana (SICA).
Según indicó, diversos factores, incluidos los cambios de gobierno en los países participantes, influyeron en el tiempo que ha tomado avanzar hacia su implementación.
"Este proyecto surgió justamente de un problema común que tienen todos los países de Centroamérica y en particular en el área del corredor seco centroamericano que es el problema de la escasez de agua", señaló.
En busca de la autosostenibilidad
Moneo explicó que una de las prioridades es ayudar a las comunidades a prepararse ante los riesgos climáticos y evitar que las dificultades en los sistemas productivos y la agricultura agraven la situación de la población más vulnerable.
En ese contexto, señaló que el Fondo Verde para el Clima fue identificado como mecanismo de financiamiento para impulsar el programa.
Para Guatemala, la iniciativa contempla aproximadamente $5.07 millones, equivalentes a unos Q38.68 millones al tipo de cambio utilizado en la estimación del proyecto, destinados a distintos mecanismos de apoyo.
Entre ellos se prevén inversiones directas no reembolsables, un fondo de pequeñas donaciones, líneas de crédito y un fondo de garantía para reducir el riesgo de los préstamos.
De acuerdo con Moneo, estos instrumentos podrían permitir a los agricultores acceder a recursos para construir sistemas de captación de agua, implementar prácticas agrícolas adaptadas al clima, recuperar suelos, mejorar la producción o probar alternativas que actualmente están fuera de su alcance.
El fondo de donaciones tendría especial relevancia para agricultores que no reúnen las condiciones necesarias para acceder a un crédito. No obstante, este mecanismo todavía está en construcción y no se han definido las comunidades que serán beneficiarias.
Hasta ahora, según la coordinadora regional, se han realizado acercamientos con autoridades municipales y procesos de información con comunidades y líderes indígenas. También se ha avanzado en aspectos técnicos y en la instalación de espacios de consulta con participación de instituciones públicas.
"Antes de decidir qué hacer, hay que preguntarle a quienes trabajan la tierra qué necesitan y qué condiciones hay en su entorno, porque, aunque tienen problemas comunes, cada uno tiene una realidad distinta", manifestó Moneo, y añadió que la fase preparatoria continuaría durante el resto de 2026, antes de avanzar hacia las siguientes etapas de ejecución.
¿Cuándo empezarían a ejecutarse las acciones?
Según la información proporcionada por la FAO, durante los siguientes meses se prevé finalizar y entregar al Fondo Verde para el Clima los planes de Adaptación basada en Ecosistemas correspondientes a Guatemala y Costa Rica, con el propósito de obtener el aval respectivo para 2027.
"A partir de esta aprobación, el equipo técnico de FAO en ambos países iniciará procesos de capacitación en prácticas AbE con actores institucionales y comunitarios, así como la planificación territorial para el establecimiento de áreas demostrativas", indicó el organismo.
De acuerdo con las proyecciones del programa, a mediados de 2027 podrían ponerse en marcha los proyectos piloto, incluidos desembolsos y subvenciones para emprendimientos verdes impulsados por actores comunitarios.
Las principales etapas de ejecución están programadas para 2028 y 2029, cuando se prevé que llegue una parte importante de los apoyos a los productores.
"Los años tercero y cuarto de ejecución corresponden a una secuencia de hitos técnicos y financieros claramente definidos", informó la FAO.
Este calendario supone que varias de las intervenciones de mayor alcance todavía están pendientes, pese a que las comunidades ya enfrentan los efectos de la irregularidad de las lluvias y la presión sobre el agua.
La diferencia entre los tiempos del clima y los de los programas de adaptación se vuelve especialmente relevante en las zonas agrícolas, donde las decisiones sobre una siembra, el manejo de una parcela o la conservación de una fuente de agua no pueden aplazarse hasta que concluya un proceso administrativo.
En Guatemala, las familias necesitan sostener sus cultivos ante períodos secos difíciles de anticipar. En Costa Rica, conservar el agua también es fundamental para proteger los humedales, la biodiversidad y las actividades económicas que dependen de ellos.
Los programas de adaptación plantean herramientas para responder a estos desafíos, desde la recuperación de ecosistemas hasta el acceso a financiamiento para mejorar la producción y gestionar el agua. Pero su alcance dependerá de que los recursos comprometidos se conviertan en acciones concretas y oportunas en los territorios.
La adaptación no se medirá únicamente por los fondos disponibles o los proyectos diseñados, sino por la capacidad de las comunidades para mantener el agua, proteger sus medios de vida y enfrentar los próximos períodos de sequía.