Así se debe guardar el queso en la refri

Imagen con fines ilustrativos
En muchos hogares, la forma de conservar el queso genera dudas, especialmente cuando se busca evitar la aparición de moho o la contaminación cruzada con otros alimentos. La manera correcta de almacenarlo depende del tipo de queso, ya que cada uno requiere condiciones distintas para mantenerse en buen estado.
De acuerdo con recomendaciones del Colegio de Profesionales en la Nutrición, la correcta manipulación y conservación de estos productos es fundamental para reducir el riesgo de contaminación. Además, se recomienda preferir quesos elaborados con leche pasteurizada, especialmente en el caso de las poblaciones más vulnerables a las enfermedades transmitidas por alimentos.
Quesos semiduros y duros
Los quesos semiduros y duros tienen un periodo de maduración que puede ir de uno a doce meses. En esta categoría se encuentran variedades como el gouda, el cheddar y el parmesano, utilizados con frecuencia para rallar, preparar sándwiches o servir en tablas de quesos.
Para conservarlos adecuadamente y evitar que absorban olores de otros alimentos, se recomienda envolverlos en papel para queso, papel encerado o papel para hornear y luego colocarlos en un recipiente con tapa o una bolsa ligeramente abierta.
Si en este tipo de quesos aparece un pequeño punto de moho que no forma parte de sus características naturales, puede retirarse cortando al menos 2,5 centímetros alrededor y por debajo de la zona afectada, siempre que el resto del queso permanezca firme y sin señales de deterioro. Para ello, utilice un cuchillo limpio y evite volver a introducir la hoja en el queso después de retirar la parte afectada.
Quesos frescos
Los quesos frescos son muy comunes en los hogares costarricenses, especialmente el queso Turrialba. A diferencia de los quesos madurados, no pasan por un proceso de curación, por lo que conservan un alto contenido de humedad y un sabor suave. También pertenecen a esta categoría la mozzarella y la ricotta.
Estos quesos deben mantenerse refrigerados. Si el producto conserva su suero, puede almacenarse en un recipiente limpio y hermético, siguiendo siempre las instrucciones de conservación indicadas por el fabricante.
Los quesos frescos deben consumirse en un periodo relativamente corto después de abrirlos. El Colegio de Profesionales en Nutrición recomienda consumirlos, como referencia, entre tres y siete días, siempre que se hayan conservado correctamente y se respete la fecha de vencimiento indicada en el empaque.
Quesos blandos
Los quesos blandos se caracterizan por su elevado contenido de humedad, lo que les proporciona una textura suave y cremosa. Algunos pasan por un proceso de maduración y desarrollan una corteza enmohecida natural. Entre ellos se encuentran el brie y el camembert.
Para almacenarlos, envuélvalos en papel para queso, papel encerado o papel para hornear y colóquelos dentro de un recipiente con tapa. Así estarán protegidos de la contaminación cruzada y de los olores presentes en el refrigerador.
No todos los quesos blandos deben tratarse de la misma manera, por lo que es importante revisar las indicaciones del fabricante. En general, no se recomienda congelarlos, debido a que pueden perder su textura y liberar una mayor cantidad de agua al descongelarse.
¿A qué temperatura debe conservarse el queso?
Independientemente del tipo de queso, mantener una temperatura adecuada es fundamental para conservarlo correctamente, se recomienda mantener los quesos refrigerados entre 2°C y 5°C.
También es importante evitar que permanezcan a temperatura ambiente durante periodos prolongados. Como regla general, no deberían dejarse fuera de la refrigeradora por más de dos horas, o por menos tiempo si la temperatura del ambiente es elevada. Asimismo, se recomienda mantener la cadena de frío desde el momento de la compra hasta que el producto llegue al hogar.
Evite la contaminación cruzada
La contaminación cruzada puede producirse cuando un alimento entra en contacto con microorganismos provenientes de otro producto, utensilio o superficie. Por esta razón, es importante mantener los quesos separados de alimentos crudos, como carnes, aves y pescados.
Evite guardar diferentes tipos de queso juntos, especialmente los quesos de sabores y aromas intensos junto con los quesos frescos. Lo recomendable es conservar cada variedad en un recipiente o envoltura independiente para evitar la transferencia de olores, sabores y posibles contaminantes. También es importante lavarse las manos antes de manipular el queso y utilizar cuchillos, tablas y otros utensilios limpios.
Otras recomendaciones para conservar el queso
Independientemente del tipo de queso, seguir buenas prácticas de conservación es fundamental para mantener su sabor, textura e inocuidad. Estas recomendaciones pueden ayudar a evitar que el producto se deteriore antes de tiempo:
- Evite envolver el queso directamente en film plástico, ya que puede retener un exceso de humedad y favorecer la aparición de mohos no deseados.
- Evite almacenar los quesos en recipientes donde se acumule agua o condensación. Mantenga los recipientes limpios y secos y elimine el exceso de humedad cuando sea necesario.
- No congele quesos frescos o de pasta blanda si no es necesario, ya que pueden perder su textura y liberar agua al descongelarse. En el caso de los quesos duros, si se congelan, es preferible utilizarlos posteriormente para cocinar.
- Revise siempre la fecha de vencimiento o de consumo indicada en el empaque. Una vez abierto el producto, su duración dependerá del tipo de queso y de las condiciones en que se conserve.
- Compre una cantidad que pueda consumir en un periodo razonable, especialmente cuando se trate de quesos frescos.
Finalmente, si el queso presenta cambios inusuales en su olor, textura o apariencia, lo más seguro es desecharlo.
Además, las personas embarazadas, los adultos mayores, los niños pequeños y quienes tienen un sistema inmunitario debilitado deben preferir quesos elaborados con leche pasteurizada, debido al mayor riesgo que representan las bacterias que pueden estar presentes en productos elaborados con leche no pasteurizada, como Listeria monocytogenes.