¿Qué ocurre en Mali? Un ministro muerto y una alianza armada inédita
Si tiene solo unos segundos, lea estas líneas:
- Mali enfrenta una ofensiva coordinada sin precedentes: ataques simultáneos golpearon bases clave y dejaron muerto al ministro de Defensa, evidenciando la fragilidad del Estado.
- Una alianza inédita entre yihadistas y separatistas tuareg impulsa la ofensiva, con avances territoriales que reconfiguran el control en el norte.
- La crisis refleja un problema estructural: tras años de golpes, ruptura de acuerdos y cambio de aliados (de Francia a Rusia), la estrategia militar no logra contener un conflicto que sigue escalando.
Mali enfrenta una ofensiva coordinada que golpea el núcleo del poder estatal. Grupos armados disidentes atacaron de forma simultánea bases militares clave y el aeropuerto internacional.
La operación dejó como saldo la muerte del ministro de Defensa, el general Sadio Camara, y destapó la fragilidad de la junta militar. Detrás de los ataques emerge una alianza inédita entre separatistas tuareg y grupos yihadistas, un factor que reconfigura el equilibrio de fuerzas en el país africano.
Un ataque a gran escala contra el Estado
La magnitud de la ofensiva sorprendió a las autoridades por su alcance territorial y su nivel de coordinación. Los ataques se concentraron en puntos clave como el aeropuerto internacional Modibo Keita y la base militar de Kati, en las afueras de Bamako, donde reside el líder de la junta, el general Assimi Goita.
Durante la incursión en Kati, un coche bomba destruyó la vivienda del ministro de Defensa. Camara murió a causa de las heridas, junto con su esposa y dos nietos. Al mismo tiempo, se registraron tiroteos a cientos de kilómetros de distancia en ciudades del centro y norte.
El ejército maliense, con unos 40.000 soldados desplegados, aseguró que la situación estaba bajo control y que neutralizó a cientos de atacantes. El gobierno impuso un toque de queda nocturno en el distrito capitalino. Con el paso de las horas, Bamako recuperó una frágil normalidad, con mercados abiertos y tráfico habitual.
Aun así, la capacidad de los atacantes para golpear múltiples objetivos de forma simultánea y penetrar el núcleo de las instituciones militares revela fallas críticas en la defensa estatal.
La alianza entre separatistas y yihadistas
Detrás de la ofensiva surge una coalición inusual entre dos actores armados históricamente enfrentados. Por un lado, el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM), filial de al-Qaeda liderada por Iyad Ag Ghali, que busca imponer una interpretación estricta de la ley islámica y expulsar la presencia extranjera. Por otro, el Frente de Liberación de Azawad (FLA), integrado en su mayoría por grupos tuareg que persiguen la creación de un Estado autónomo o independiente en el norte.
Ambas facciones chocaron por el control del territorio entre 2019 y 2020. En esta ocasión, unieron fuerzas con un objetivo común: debilitar al gobierno de Bamako y a sus aliados rusos. La coordinación quedó en evidencia en Kidal, bastión tuareg que el ejército recuperó a finales de 2023.
Tras los ataques del fin de semana, el FLA proclamó la "liberación" de la ciudad. La retirada de las tropas malienses y de los mercenarios rusos del Africa Corps confirmó el cambio de control.
Expertos advierten que esta alianza representa una amenaza significativa para el Estado maliense, aunque dudan de su sostenibilidad. El FLA busca legitimidad política, mientras que el JNIM impulsa una agenda extremista a escala nacional. Estas diferencias podrían reactivar sus disputas una vez que consoliden avances territoriales.
Una década de conflicto y el fin de la paz pactada
La crisis actual se remonta a 2012, cuando una rebelión tuareg en el norte quedó bajo control de grupos yihadistas. Esto derivó en un colapso institucional y en un golpe militar que derrocó al presidente Amadou Toumani Touré. Desde entonces, Mali vive una espiral de inestabilidad.
El Acuerdo de Argel de 2015 contuvo parcialmente la violencia. Sin embargo, los gobiernos civiles no lograron frenar el avance yihadista. El descontento social derivó en los golpes de Estado de 2020 y 2021, liderados por Assimi Goita.
La junta consolidó su poder con la promesa de restaurar la seguridad y devolver el gobierno a los civiles, pero endureció su control. A inicios de 2024, rompió el acuerdo de paz de 2015 y acusó a los grupos tuareg de incumplimientos. La decisión reactivó el conflicto en el norte.
El giro geopolítico: de Francia a Rusia
La reconfiguración interna vino acompañada de un cambio en las alianzas internacionales. La junta expulsó a las tropas francesas y forzó el cierre de la misión de paz de Naciones Unidas (Minusma), tras acusar a Francia de actitudes neocoloniales y cuestionar la efectividad de la operación.
En su lugar, el gobierno recurrió a la compañía rusa Wagner. Sus fuerzas continúan en el país bajo la estructura del Ministerio de Defensa de Rusia, ahora con el nombre de Africa Corps.
En el plano regional, Mali se distanció de las democracias vecinas y se retiró de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental. Luego formó la Alianza de Estados del Sahel (AES) junto a Níger y Burkina Faso, ambos bajo regímenes militares.
A pesar de esta alianza, la capacidad de apoyo mutuo es limitada. Los tres países enfrentan insurgencias internas y carecen de recursos suficientes.
Incertidumbre y tensiones a futuro
La ofensiva rebelde y la retirada de fuerzas rusas de zonas clave como Kidal ponen en duda la estrategia de seguridad de la junta. Las tropas vinculadas a Moscú, consideradas el principal respaldo del régimen, muestran señales de desgaste. Parte de sus recursos se destina a la guerra en Ucrania.
Este escenario deja al ejército maliense en desventaja frente a una insurgencia que mejora su coordinación y amplía su capacidad tecnológica, con el uso de drones comerciales.
Mientras el gobierno intenta proyectar control, la situación en el territorio refleja un Estado fragmentado. Especialistas coinciden en que no existe una salida exclusivamente militar. El conflicto se alimenta de factores estructurales como la pobreza extrema, el desempleo juvenil y la debilidad histórica del Estado en zonas rurales.