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Cultura

Semana de la Novela: Rodolfo Arias defiende la literatura en tiempos de TikTok y Netflix.

Para el escritor Rodolfo Arias, la literatura no nació de un único momento de revelación. Su camino hacia las letras se fue construyendo a partir de pequeñas escenas que, con los años, terminaron formando una vocación.

Una de ellas ocurrió cuando tenía unos 14 años y estudiaba en el Colegio Franco Costarricense. Allí encontró profesores que le enseñaron a acercarse a la literatura no como una obligación académica, sino como una experiencia capaz de despertar curiosidad y emoción.

Recuerda especialmente a una profesora de literatura a quien describe como una mujer extraordinariamente culta y profundamente enamorada de los libros. Su manera de hablar sobre autores y poemas dejó una huella en aquel adolescente que comenzaba a descubrir su relación con las palabras.

Otro episodio ocurrió poco después. Un profesor de francés les pidió escribir una redacción sobre el choque generacional. Arias dejó el trabajo para última hora y lo terminó a la carrera, pero la reacción del docente lo sorprendió.

El profesor no solo elogió el texto, sino que le dijo que debía continuar escribiendo. Incluso lo fotocopió y lo compartió con estudiantes de generaciones posteriores.

"Cuando a uno, que es tan chiquillo, le ocurre una cosa así, uno dice: algo hay en mí que puede ser desarrollado", recuerda Arias.

Su vínculo con la escritura también estuvo marcado por su abuelo, Manuel Formoso Peña, periodista de La Nación. Cuando era niño, lo veía trabajar frente a una máquina de escribir Underwood, que todavía conserva.

A los 19 años llegó otro momento decisivo. En la Universidad de Costa Rica coincidió con el escritor Joaquín Gutiérrez Mangel, quien había regresado al país y abrió un curso de teoría y práctica de la creación literaria.

Gutiérrez, además de escritor, era un reconocido ajedrecista y ya conocía a Arias por esa disciplina. Una vez, el joven le preguntó cómo lo veía como jugador.

"Mal, sos muy atarantado", recuerda que le respondió entre risas.

Pero cuando la pregunta se trasladó a la literatura, la respuesta fue completamente diferente: Gutiérrez le dijo que le gustaba mucho lo que llevaba al curso.

A esos momentos se suma una infancia marcada por la lectura. Para su primera comunión, una tía le regaló una enciclopedia juvenil de 16 tomos. Aunque estaba dirigida a lectores mayores que él, Arias comenzó a leerla de manera casi azarosa: cerraba los ojos, escogía un tomo y abría una página cualquiera.

Aquella enciclopedia se convirtió, según recuerda, en el regalo más bello de su infancia.

Una literatura que cuestiona la identidad costarricense

Arias  llevó esa relación con las palabras a una obra en la que la identidad costarricense ocupa un lugar importante.

Su novela más reciente parte de la historia de una familia italiana que llegó a Costa Rica durante la década de 1950, cuando comenzó a desarrollarse la colonia agrícola de Zambito de Cotobrus, entonces conocida como Zambito de Java.

Para construir esa historia, investigó la Italia de la Segunda Guerra Mundial e incluso viajó por el país europeo. Sin embargo, el proceso terminó llevándolo nuevamente hacia Costa Rica.

La novela se convirtió en una reflexión sobre el país de hace seis o siete décadas, pero también sobre el país actual.

Arias sostiene que la identidad nacional no es algo estático ni garantizado. Frente a la imagen tradicional de una Costa Rica pacífica, democrática y estable, observa una sociedad cada vez más marcada por la violencia, la desigualdad y la confrontación.

También cuestiona la idea de que la identidad costarricense pueda reducirse a una única raíz. Para él, el país está construido a partir de múltiples historias y migraciones.

"Me apasiona profundamente ser costarricense por lo que es Costa Rica, no por lo que soy yo, sino por lo que encontramos en este país", afirma.

Escribir en la era de TikTok

Para Arias, hacer una carrera literaria en la actualidad implica enfrentarse a un desafío que va más allá de publicar un libro.

"La literatura es un acto de resistencia, es un acto de resistencia civil, es un acto de resistencia cultural", sostiene.

El escritor considera que una novela actualmente debe competir por la atención del lector con Instagram, TikTok, Facebook, Netflix, YouTube y una cantidad prácticamente infinita de contenidos.

Ante ese panorama, leer exige una decisión consciente: apagar las pantallas y asumir un papel activo frente al texto.

Arias compara la diferencia con el agua. Recibir información constantemente a través de una pantalla es, según su metáfora, como permanecer debajo de una ducha: el agua cae sobre uno.

Leer un libro es diferente. Es como entrar en una piscina y moverse dentro de ella.

Para el escritor, esa participación activa es precisamente una de las grandes virtudes de la literatura.

"No hay nada que se compare con un libro", afirma. En su opinión, ningún otro medio permite al lector construir y desarrollar su propia imaginación de la misma manera.

El puente entre el escritor y el lector

En 2025, Arias recibió el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría por Mamá tiene cien años, reconocimiento que describe como una gran alegría, un halago y, sobre todo, un estímulo para continuar escribiendo.

Para explicar lo que significa un premio en la trayectoria de un escritor, utiliza una imagen: un puente.

"Escribir una novela o lo que fuera, un texto, es hacer un puente de palabras", explica.

De un lado está el autor y, del otro, un lector que todavía no existe. Entre ambos hay un abismo de incertidumbre. El escritor construye el puente esperando que algún día alguien lo cruce.

Cuando un lector encuentra el texto, lo interpreta, se emociona, lo discute o lo incorpora a su propia experiencia, ese puente cumple su propósito.

Por eso, para Arias, recibir un premio también significa comprobar que ese puente logró construirse y que otras personas están dispuestas a recorrerlo.

Una abuela de 100 años y una historia que esperó décadas

El origen de Mamá tiene cien años se remonta a 1987.

En aquel momento, Arias trabajaba en una organización vinculada con la atención de refugiados políticos en Costa Rica, durante una época marcada por los conflictos armados de Centroamérica.

Un día, una compañera de trabajo estaba distraída durante una conversación. Arias le preguntó qué ocurría y ella comenzó a contarle un problema familiar.

Su abuela, de avanzada edad, había estado gravemente enferma. Durante ese periodo murió uno de sus hijos, pero la familia decidió no informarle para evitarle el golpe emocional mientras se recuperaba.

La mujer sobrevivió y regresó a su vida cotidiana. Entonces comenzó a preguntar por su hijo.

La familia quedó dividida: algunos consideraban que debían decirle la verdad; otros creían que, después de haber ocultado la muerte, lo mejor era continuar con el silencio.

Arias no volvió a participar directamente en aquel conflicto, pero la historia permaneció en su cabeza.

Años después, conoció a una familia italiana que le contó sus experiencias de migración, las dificultades que enfrentaron durante la guerra y su llegada a Costa Rica.

Entonces ocurrió la combinación que terminaría dando origen a la novela: la historia de aquella abuela a quien no querían contarle que su hijo había muerto se encontró con la historia de una familia italiana marcada por la guerra y la migración.

La novela comenzó a tomar forma.

Arias imaginó a una mujer que, en lugar de guardar el secreto, decide contarle a su madre la muerte de su hermano. Lo hace precisamente la víspera de que la anciana cumpla 100 años.

La hija llega a la casa porque al día siguiente toda la familia se reunirá para celebrar a la "nona", como se dice en italiano a la abuela, y debe decidir si finalmente rompe el silencio.