Perros, demonios, almejas y bagres: cuando el cáncer es contagioso
En algunos animales, los tumores pueden transmitirse como enfermedades infecciosas o parásitos, desafiando las definiciones claras y ordenadas de la ciencia
Los seres humanos —al menos por ahora— solo tienen un mundo. Y lo mismo ocurre con la mayoría de los cánceres, que quedan atrapados en el cuerpo en el que surgieron y se multiplican hasta que se agotan sus recursos.
Entonces, según Joel Brown, ecólogo evolutivo del Moffitt Cancer Center de Tampa, Florida, "mueren con su planeta".
Sin embargo, algunos tipos de cáncer han dado el gran salto, colonizando nuevos huéspedes y propagándose entre las poblaciones animales como parásitos contagiosos. Estos "cánceres transmisibles" se han detectado en demonios de Tasmania, perros, almejas y, más recientemente, en bagres.
En su día, los investigadores dudaban incluso de que los cánceres transmisibles pudieran existir. Ahora están empezando a descubrir cómo sobreviven y evolucionan estas entidades. Y a medida que se acumulan los ejemplos, muchos investigadores se preguntan hasta qué punto son realmente raros.
"Los descubrimientos en los bivalvos y en el bagre nos han demostrado que puede estar, en cierto modo, justo delante de nuestras narices, y simplemente no lo reconocemos", afirma la genetista Elizabeth Murchison, que dirige el Grupo de Cáncer Transmisible de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra.
Los cánceres se desarrollan cuando una célula que forma parte de un organismo más grande abandona su función cooperativa y empieza a comportarse como "una nueva y pequeña bestia unicelular", explica Brown. Prolifera y evoluciona, tratando los tejidos del cuerpo como hábitats. El sistema inmunitario contraataca, pero se encuentra en desventaja porque el cáncer sigue pareciéndose a las células "de buena conducta" de las que desciende.
Sin embargo, las cosas deberían ser diferentes si una célula cancerosa acabara en otro individuo: debería ser reconocida como extraña y destruida. Los sistemas inmunitarios son eficaces a la hora de reconocer células extrañas; por eso las personas tienen que tomar medicamentos inmunosupresores para recibir trasplantes de órganos.
Investigadores están descubriendo que los cánceres transmisibles cuentan con una gran variedad de estrategias, que solo se comprenden en parte, para burlar las defensas de sus huéspedes. Por ejemplo, un tipo de cáncer de almeja frena la actividad de muchos genes implicados en la señalización inmunitaria, lo que da pistas sobre cómo evade el sistema inmunitario del huésped, según una investigación publicada en 2025. Y los cánceres que infectan a los perros y a los demonios de Tasmania pueden suprimir sus propias "tarjetas de identificación" moleculares, las proteínas del complejo mayor de histocompatibilidad de clase I (MHC-1), que ayudan a los vertebrados a distinguir sus propias células de las de los invasores.
El primer cáncer transmisible que se descubrió fue el del perro. Se conoce como tumor venéreo transmisible canino (CTVT, por sus siglas en inglés) y crece en forma de tumores con aspecto de coliflor en los genitales de los perros. Los investigadores se dieron cuenta en el siglo XIX de que se propagaba como una infección de transmisión sexual.
Sin embargo, muchos dudaban de que las propias células se transmitieran de un perro a otro. El escepticismo persistió incluso después de que los científicos descubrieran que todos los tumores de CTVT compartían estructuras cromosómicas anómalas similares, independientemente del perro del que procedieran. Algunos escépticos sugirieron que un virus provocaba que las células del perro huésped se volvieran cancerosas, del mismo modo que el virus del papiloma humano (VPH) causa el cáncer de cuello uterino en las personas.
Finalmente, en 2006, investigadores secuenciaron regiones clave de los genomas del CTVT. En un cáncer normal, esto habría revelado versiones distorsionadas y mutadas del propio ADN de cada animal huésped. En cambio, las secuencias parecían pertenecer a otra criatura. Investigaciones posteriores identificaron a esa "otra criatura" como un canino similar a un husky que vivió hace entre 4.000 y 8.500 años. En cierto sentido, ese perro ancestral sigue vivo, injertado en las partes íntimas de los perros de los seis continentes.
Al mismo tiempo que las pruebas de ADN completaban el rompecabezas del cáncer canino, los científicos se dieron cuenta de que existía otro cáncer transmisible, que en este caso afectaba a unos marsupiales carnívoros del tamaño de un mapache conocidos como demonios de Tasmania. Se documentó por primera vez en 1996, cuando un fotógrafo captó imágenes de demonios con espantosos tumores en la cara. En 2006, la enfermedad se había extendido por gran parte de Tasmania, arrasando con las poblaciones de demonios e inspirando esfuerzos heroicos para salvar a la especie.
Todos los tumores faciales podían remontarse a una hembra de demonio de Tasmania que vivió en algún momento de los años ochenta. Pero entonces, en la década de 2010, apareció una variante completamente nueva, esta vez originada en un macho. Los científicos quedaron atónitos.
"Pensábamos que los demonios de Tasmania simplemente habían tenido muy, muy mala suerte al contraer este tipo de enfermedad, y que se trataba de algo totalmente fortuito", afirma Murchison. La aparición de otro cáncer transmisible más parecía descartar esa hipótesis. "Ahora", dice, "sabemos que hay ciertos nichos ecológicos que favorecen estos cánceres transmisibles".
En el caso de los demonios de Tasmania, una de sus vulnerabilidades es su sistema social, que parece exigir morder en la cara tanto a rivales como a parejas. Las células tumorales pueden transmitirse a través de las mordeduras.
Otro punto débil de los demonios de Tasmania es su escasa diversidad genética, especialmente en sus genes MHC-1, esas "tarjetas de identificación" moleculares que los cánceres transmisibles de los demonios de Tasmania y los perros han evolucionado para suprimir, explica Carolyn Hogg, bióloga conservacionista de la Universidad de Sídney, Australia (Hogg es coautora de un artículo sobre la conservación del demonio de Tasmania publicado en el Annual Review of Animal Biosciences de 2026).
Los demonios, al igual que los humanos, tienen tres genes clásicos del MHC-1. Pero nosotros tenemos miles de variantes para cada gen, lo que significa que los individuos casi nunca tienen conjuntos similares. Los demonios, sin embargo, solo tienen unas 60 variantes conocidas en los tres genes combinados. Eso hace mucho más probable que un cáncer foráneo pueda adaptarse lo suficientemente bien al huésped como para ocultarse de él.
En una nueva investigación que aún se encuentra en proceso de revisión por pares, Hogg y sus colegas han descubierto que los demonios están perdiendo uno de esos tres genes MHC, lo que podría ser una buena noticia para los animales, al menos a corto plazo. Una variante defectuosa del gen Saha-UA se está propagando entre las poblaciones de demonios infectadas. La variante defectuosa del Saha-UA no coincide con la versión funcional presente en el cáncer, por lo que ayuda a los demonios a reconocer y rechazar las células tumorales.
Pero, aunque esto pueda salvar a los demonios de su actual plaga, Hogg advierte de que podría dejarlos expuestos a futuras enfermedades, ya que reduce aún más la diversidad genética de la que dependen sus sistemas inmunitarios.
¿Está en el agua?
En 2015, el biólogo Michael Metzger y sus colegas descubrieron una tercera categoría de cáncer transmisible, posteriormente denominada neoplasia transmisible de los bivalvos (BTN, por sus siglas en inglés). La BTN afecta a moluscos con concha, como las almejas y los mejillones, y es similar a la leucemia, ya que se origina en células del fluido circulatorio de los animales, similar a la sangre. Se han producido cánceres de este tipo en al menos diez ocasiones distintas.
¿Por qué hay tantos cánceres infecciosos en las almejas? Una razón podría ser que los bivalvos carecen de genes MHC-1 u otros mecanismos que los vertebrados utilizan para reconocer y rechazar células extrañas. Otra podría ser el entorno de agua salada, que no es tan diferente de la sangre de las almejas, afirma Metzger, que actualmente trabaja en el Instituto de Investigación del Noroeste del Pacífico, en Seattle. Se cree que las células cancerosas flotan de una almeja a otra.
Algunos tipos de BTN incluso han llegado a nuevas especies. Uno surgió en las almejas Venerupis corrugata, pero solo se ha encontrado en las almejas Polititapes aureus. Al parecer, los huéspedes originales son resistentes a la enfermedad que ellos mismos generaron.
En 2025, el equipo de Metzger presentó pruebas de que las almejas de concha blanda de la costa este de Norteamérica han desarrollado sus propios mecanismos de defensa —aún misteriosos— contra el BTN. Y en un artículo publicado en junio, el equipo reveló que la misma cepa de cáncer que infectó a estas almejas de la costa este se ha propagado recientemente a la costa oeste, provocando un nuevo brote entre las almejas de concha blanda del estrecho de Puget.
El brote del estrecho de Puget podría ser una oportunidad de oro para identificar nuevos mecanismos de lucha contra el cáncer, afirma Metzger. Al comparar la misma población de almejas antes y después de la epidemia de leucemia, Metzger espera identificar las variantes genéticas que distinguen a los supervivientes de los que perecieron. "El 80 % de los animales están muriendo a causa de esto en este momento", afirma. "Podremos observar… la evolución de la resistencia".
El melanoma se propaga entre los bagres
Los únicos otros animales de los que se sabe que contraen cáncer transmisible en entornos naturales son los bagres cabeza de toro (Ameiurus nebulosus). En 2012, los pescadores comenzaron a informar de extraños crecimientos negros en los bagres que capturaban en el lago Memphremagog, que se extiende a ambos lados de la frontera entre Vermont y Quebec.
Investigadores de las agencias estatales de fauna silvestre identificaron los crecimientos como melanoma y solicitaron la ayuda de la científica de datos Julie A. Dragon, de la Universidad de Vermont, para secuenciar y analizar los genomas tumorales. Dragon y sus colegas descubrieron, para su sorpresa, que todos los genomas tumorales se parecían entre sí, lo que constituye el rasgo característico de un cáncer transmisible, según informó el equipo en la revista Nature en julio.
Aún no está claro cómo se propaga el melanoma. Los bagres no parecen contraerlo hasta que alcanzan la edad reproductiva, por lo que una posibilidad es que se transmitan las células cancerosas entre sí al desovar. "Se agrupan en grandes cardúmenes y, en cierto modo, se amontonan unos sobre otros", explica Dragon. "Creemos que posiblemente se rasquen entre sí".
El melanoma infeccioso es un descubrimiento reciente, pero puede que no sea realmente nuevo. Genéticamente, es más similar a los bagres de Nuevo Hampshire y Maine que a los peces del lago donde se encontró. Eso sugiere que surgió en una población diferente y que posteriormente fue transportado al lago Memphremagog, lo que desencadenó un nuevo brote, afirma Dragon. De hecho, Henry David Thoreau describió lesiones similares de color "negro aterciopelado" en bagres del río Concord, en Massachusetts, en la década de 1850.
Ahora que se conocen cuatro casos de cánceres transmisibles, algunos investigadores se están replanteando sus suposiciones sobre hasta qué punto estas anomalías son realmente excepcionales.
"Probablemente haya aún algunos más por ahí de los que no nos damos cuenta de que son cánceres transmisibles", afirma el bioinformático Dylan Gallinson, candidato a un doctorado que estudia el cáncer del demonio de Tasmania en la Universidad del Sur de Florida, en Tampa. "Podrían estar ocultos a plena vista".
Y están suscitando algunas preguntas existenciales. Después de que las pruebas genéticas demostraran que los tumores genitales caninos procedían de un solo perro, el biólogo del desarrollo Uri Frank, de la Universidad de Galway, Irlanda, propuso que el propio cáncer debería considerarse una nueva especie de perro parásito. Muchos investigadores hablan ahora de la aparición de los cánceres transmisibles como eventos de especiación, aunque no siempre se ponen de acuerdo en la terminología.
"Estos cánceres transmisibles nos muestran las imperfecciones de nuestros modelos del mundo, en los que las cosas se separan claramente en especies y no especies, o incluso en individuos y no individuos", afirma Metzger. "Los cánceres transmisibles difuminan muchas de las líneas divisorias, difuminan muchas definiciones y nos hacen darnos cuenta de que pueden suceder más cosas de las que creemos que pueden suceder".
Este artículo apareció originalmente en Knowable en español , una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Suscríbase al boletín de Knowable en español.

