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Opinión: ¿PUSC, PLN o PAC?

30 de Ene. 2018 | 4:28 am

De los tres partidos que gobernaron en los últimos 16 años, uno presume de tener el mejor equipo económico puesto a prueba en ejercicios anteriores y que los otros no tienen equipo ni hicieron buena gestión. ¿Corroboran las cifras lo anterior? La premisa es que un buen equipo arranca con cifras adversas y las mejora al salir. Veamos

Abel Pacheco. Al asumir, el PIB crecía un 3,3% y terminó en 3,9%; el déficit del gobierno central arrancó en 4% y su equipo lo bajó a 1,6% del PIB; recibió una alta tasa de expansión del crédito al sector privado (21%), pero la fue moderando paulatinamente; la devaluación anual se mantuvo en torno al 9%%; mejoró las reservas de 9,1% a 11,6% del PIB; la tasa básica pasiva (TBP) era 17,2% y la bajó al 15,2%; mejoró la dolarización del crédito privado (58% contra 51% del total); mantuvo la distribución del ingreso en 0,4 (medida por el coeficiente de Gini), pero subió la inflación del 9,7% al 14% y la pobreza del 20,6% a 21,2%. Como ven, obtuvo aceptables. Se le reconoce su austeridad y responsabilidad fiscal, pero le reprochan el insuficiente esfuerzo por bajar la inflación y aumentar el crecimiento para reducir la pobreza.

Óscar Arias. Al inicio tuvo suerte. Aprovechó el boom económico mundial para atizar el PIB en los primeros 3 años (6,7% promedio), aderezado por la ambiciosa expansión crediticia que, a la postre, sería insostenible (46% promedio). Crecían el ingreso y bajaba el déficit fiscal. Entonces, sus gurúes recomendaron abortar la reforma tributaria (de lo cual, sin duda, se arrepintieron). Contuvieron la devaluación (3,3% promedio) y la inflación resultante fue 11,5% en ese período. Las reservas iniciales sumaban un 13,8% del PIB; la pobreza 20,2% y la desigualdad era 0,4(Gini). Con la crisis mundial, el crecimiento devino en recesión (-1%); el crédito cayó al 12,9%; la devaluación subió al 8,9%; las reservas bajaron al 13,3% del PIB; el déficit creció a 3,3% (con tendencia ascendente) y el desempleo trepó al 7,8%. Aun así, logró bajar la TBP al 10,9%, la inflación al 4%, pobreza a 18,5% y mantener el coeficiente de desigualdad (0,4). Reconocimiento: aprobación del TLC; reproche: incrementar insosteniblemente la planilla. No dejó la mesa servida.

Laura Chinchilla. Se levantó de la mesa, con razón, malhumorada. Aunque el PIB crecía al 5%, el déficit fiscal en su primer año llegaba al 5,4% del PIB; inflación 5,82%; la TPB 7,9%; desempleo 8,9%; pobreza 21,2% y la desigualdad subió a 0,5 (Gini). Planteó una adecuada reforma tributaria, pero sus diputados no la supieron manejar y, aunque se aprobó, la Sala IV la anuló por faltas contravenir el principio democrático. El equipo, después, tiró la toalla. El nuevo ministro de Hacienda se dedicó a describir la tarea por hacer, pero sin hacerla. Propuso emitir $4.000 millones de eurobonos para subsistir fiscalmente y tener tranquilidad cambiaria (fue cuando más se intervino y apreció la moneda), pero, al final, el crecimiento cayó a 2,3%, el desempleo subió a 9,6%, la pobreza al 22,4%, pudo bajar un poquito la TBP (6,9%) y dejó un buen nivel de reservas (14,3% del PIB). Reproche: delegar la política cambiaria en la vicepresidencia, en detrimento de la autonomía del BCCR; homenaje: plantarse firme ante el Banco Nacional por abusos en las tasas de interés.

Luis Guillermo Solís. Decían que no sabría gobernar y vaticinaban la debacle económica, pero las cifras hablan un idioma distinto. Heredó un déficit del 5,6% del PIB; altas tasas de interés (TBP 6,9%); inflación elevada (5,13%); feos índices de desempleo y pobreza (9,6% y 22,4% respectivamente) y la misma desigualdad (0,5). El Banco Central, a pesar de ser asediado por algunos sectores y medios muy sesgados, jugó un rol clave: logró reactivar la producción desde el primer año (3,5%) y llevarlo al 4,5% en 2016 (al final, la tasa bajó a 3,2%); logró una de las inflaciones más bajas de la historia (1,92% promedio), ayudado por la baja del petróleo y magra inflación internacional; implementó una política monetaria consistente con la brecha del producto en los primeros 3 años (pero, cuando las circunstancias externas cambiaron, demoró el ajuste las tasas de interés para restituir la prima para invertir en colones y controlar la demanda de divisas); logró abolir la banda cambiaria y aprobar un régimen más flexible (aún por consolidar) y aunque en la primera parte de 2017 perdió reservas, después se recuperó con muy poca intervención cambiaria. El equipo económico también logró reducir levemente el desempleo de 9,6% al 9% (8,5% según otras mediciones); la pobreza bajó del 22,4% al 20% y, como Laura, logró sostener la distribución del ingreso. Se le reprocha el gasto público, déficit (6,2% del PIB el último año) y deuda creciente, pero se le reconoce el respeto por la autonomía del Banco Central para resistir indebidas presiones cambiarias de grupos de interés.

¿Se confirma la tesis de un mejor equipo económico? No. Es una leyenda mediática. Ni el equipo económico pretencioso fue tan bueno ni, los otros, tan malos, para merecer encomio o repudio. Todos mejoraron y deterioraron algunos indicadores a la vez. El PUSC se lució en lo fiscal, pero no en el crecimiento; PLN tuvo una visión comercial clara, pero, en gobierno, no hizo la reforma fiscal y, en oposición, la torpedeó; PAC logró mucha estabilidad, pero no le entró de lleno al gasto público; Arias, Laura y Solís sufrieron leves crisis cambiarias que el Banco Central supo controlar; y todos quedaron debiendo en infraestructura, productividad y otras tareas estructurales.

Conclusión. Si este proceso electoral se tratara de comparar resultados o equipos económicos para gobernar, los electores estaríamos mejor servidos buscando otras razones más válidas para decidir por quién votar.

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