Huelga con birra: en el bar frente a la Asamblea no había crisis fiscal
La corrupción... los políticos... el "maldito capitalismo"... nada saca de su concentración al bartender, quien paciente reparte dos cervezas y una Coca Cola.
Un orden prácticamente perfecto de las sillas frente a la barra dan cuenta que por aquí no ha pasado nadie. No es para menos, el reloj está por marcar las 11 de la mañana y las puertas apenas si fueron abiertas. La figura de un hombre entrado en años resalta sobre los demás, saca un trapo y hace que limpia mi lugar elegido para sentarme.
– ¿Qué le servimos?-, exhala mientras mira de reojo hacia la puerta, preguntándose quizás dónde está el resto de gente.
Un viejo televisor frente a la caja registradora da la respuesta: la manifestación viene apenas bajando por el Ministerio de Hacienda, mientras yo ya estoy sentado, pensando en que en China ya es de noche y el calor quizás amerite una cerveza.
Aquí, en este bar con nombre de puerto mexicano, dicen que siempre ha sido famosa la presencia de diputados y asesores. No es para menos, solo cruzar la calle y pueden acceder a este refugio, bendecido por la divina suerte de la antiguedad que le permite tentar desde su puerta a cualquier "padre" de la patria.
Pero hoy no es ese día. Encerrados allá en sus oficinas cualquier intento de salir de algún diputado puede ser fácilmente reprimido por la seguridad. Hoy la calle es de la gente, de los manifestantes, como también lo será el bar.

Moncho– el hombre detrás de la barra- no pierde atención al televisor. – "Ya ahorita deben estar llegando, hoy se han atrasado", dice, tratando de hilar alguna conversación.
¿Cuántas marchas habrá visto?, ¿cuántos proyectos de ley se habrán acordado en sus mesas?.
Un testigo mira silencioso desde la pared, marcando cada minuto de la misma forma exacta que cuando llegó, en tiempos en que Gabelo Conejo aún atajaba en España.
Las preguntas en mi mente se interrumpen con la llegada del primer cliente (el segundo si es que cuento como tal).
Se acomoda en la otra esquina de la barra, pero agitado cuenta a los cuatro vientos: "¡Vienen un cañazo!, de Limón, de Guápiles… ¡sólo de San Carlos vienen como ocho buses!.
– 200 mil personas están diciendo-, le responde uno de los bartender.
La respuesta no saca de la tranquilidad a ninguno detrás de la barra, notoriamente acostumbrados a los tumultos. Siguen cada uno en lo suyo sin mayor sobresalto. Aquí no es como el edificio del frente, protegido por vallas y ventanas de madera. No. Aquí la entrada es libre, aunque afuera haya amenaza de trifulcas. Aquí no hay diferencia si son solo cuatro gatos o miles más… el trabajo continúa.
Desde entonces el goteo de clientes creció paulatinamente y en un abrir y cerrar de ojos el salón estaba lleno.
Botellas y vasos empezaron a salir de lugares insospechados tras la barra: ese escondite mágico oculto a nosotros los mortales y que con el movimiento de las manos mágicas del bartender adecuado hace aparecer bebidas y desaparecer inhibiciones en la multitud.
La danza es perfecta: Moncho estira su brazo en busca de dos cubos de hielo y se vuelve para no descuidar nunca la caja, mientras sus dos ayudantes pasan por detrás con las manos copadas de botellas. La escena se repite casi mecánicamente hasta que una de las cocineras interrumpe la línea de producción. –!Listos los garbanzos!- y entonces un plato aterriza con la delicadeza de una hoja cayendo al suelo justo a mi lado. Todo en una perfecta sintonía sazonada con los sonidos acucarachados que salen de las tumbacocos y que apenas logran distinguirse.
-"No permitamos que el gobierno nos afecte con este plan fiscal. Compañeros, ¡que se sienta nuestra lucha! ¡Quieren afectarnos a los pobres, no, lo permitiremos, la clase política, la clase burgués, está protegiendo sus privilegios"…

Sí, afuera se habla de crisis fiscal, de impuestos, de burguesía. Adentro… adentro también, pero de otra forma.
Un compañero de barra con visera de Colypro repasa en su teléfono algunos de los videos grabados en la marcha, mientras los comparte con alguien más. El comensal a mi lado sigue de cerca las noticias, pero su concentración principal está en los garbanzos, con los cuales libra una fuerte lucha.
En el salón, la única mesa disponible, justo detrás de mi pequeño refugio de cuatro patas es ocupada por tres muchachas que se lograron desprender de la columna de universitarios que venía desde la Fuente de la Hispanidad.
Toda una enciclopedia de epítetos cae cual vástago sobre la mesa. La corrupción… los políticos… el "maldito capitalismo"… nada saca de su concentración al bartender, quien paciente reparte entre ellas dos cervezas nacionales y una Coca Cola.
La danza de los bartender se ha extendido ya por todo el salón. En su baile sortean con ingenio banderas dejadas a un costado de la silla lo mismo que a manifestantes con sombrero de paja. El lugar se ha convertido, apenas una hora después de haber llegado, en una pasarela de colores de casi todo el arcoiris que los ordena por mesas o por "compañeros de lucha".
Esta la lucha de los azules que vienen de Colypro que se mezcla con algunos del equipo naranja que usan algunos sindicatos de educación. Imperdibles en cualquier marcha están las camisas amarillas que usan los del ICE. De largo pueden confundirse con los del Frente Amplio, pero de cerca se notan las diferencias, al menos en la confección de la prenda. Son mayoría las camisas rojas, pues aunque todos saben que no juega La Sele, apoya a Costa Rica desde un bar también se puede.

Moncho interrumpe su silencio con una llamada que lo revela: ¡No puedo, no puedo, esto está lleno!, dice antes de colgar.
Una muchacha de camiseta negra le pide el basurero para botar una lata de atún que traía abierta (quién trae un atún a una marcha?), mientras otra le da ₡200 para usar el baño. Moncho no tiene cuatro manos, pero no deja que su estrés se traslade a sus clientes. A todos atiende por igual, sin preguntar por credos o creencias políticas ni meterse con ellas. ¿Para qué?
Tiene sin duda cosas más importantes qué atender, como mantener bien ordenado el sistema de cobros.
Aquí no hay tecnología que aplique, como la que reclaman los diputados para tratar de garantizar que sus sesiones por fin se vean sin que se caiga la señal.
Esos dolores de cabeza aquí no llegan. El tablero en la pared es el mejor ejemplo de la transparencia: cada cuenta está a la vista. (Si así fueran las negociaciones políticas, pienso).
El noticiero en la televisión alerta que las cosas afuera amenazan con salirse de control. ¡Pero si estamos a 50 metros!. La tensión de afuera aquí no existe, y aunque la puerta está de par en par la discusión más acalorada en materia fiscal se resume a que el lector pueda leer la tarjeta de los presentes para poder pagar, preocupación de la cual también soy parte.
Birra en mano y boca. Quizás esta debió ser el arma secreta del gobierno. Tal vez, reforma con boca entra… ¿Quién sabe?

El comensal a mi lado por fin termina los garbanzos y la gordita. Antes había logrado "reducir a la impotencia" un gallo de salchichón con repollo, adosado con chile y limón. Apuro a sacar mi billetera y con una expresión aún más afable que como me recibió comienza a teclear los números y a meter el plástico en esa maldita máquina capitalista…
¿Crisis fiscal?, aquí adentro no existe eso, ni siquiera aunque falten tres días para el pago de la quincena.