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Las depresiones del Gran Tolomeo (X)

Terminada, como ya sabemos, la incursión política del protagonista de estos cuentos, el pobre Tolomeo entró en depresión. Aunque años antes había manifestado algunos síntomas de bipolaridad, la verdad es que nunca se lo había tomado en serio, por lo que no se había atrevido a visitar a un Psicólogo para apoyarse y evitar sucumbir a los estragos de la enfermedad.

Antes de desistir de su candidatura, pensaba que si no ganaba la curul, al menos sería una estrella fugaz, pero una estrella al fin. Recordaba aquella película de Robert De Niro, en el "Rey por un Día" (A King for a Day), en la que el protagonista decía, básicamente, que era mejor ser rey por una noche que un "comemierda" toda la vida.

La idea de que el hijo de su mamá, que no era su hermano, saliera en la tele y provocara reacciones en las vallas publicitarias, le parecía tremendamente atractiva. Por otro lado, decía, solo hay algo peor a que hablen mal de uno, es que no hablen (ver Dorian Grey).

Bien, muy bien, eso puede ser cierto, pero no fue suficiente como para que el gran Tolomeo se inscribiera finalmente de candidato. Al fin y al cabo, se dijo para consolarse, con ser el príncipe del Daisy Flowers, le bastaba para acercarlo a la "realeza" que buscaba el protagonista representado por De Niro. Y para que hablaran bien o mal de él, bastaba su condición estética y la magnitud de su enfermedad.

Por otra parte, aunque la depresión del susodicho se parecía a la de los demás mortales en algunos aspectos, había un diferencia notable: mientras que para la mayoría de los hombres, la depresión inhibía el apetito sexual, para el afamado profesor el flujo sanguíneo seguía fluyendo como si nada. No olvidemos que padecía de priapismo.

Más bien, en el pasado había acudido a la farmacopea clandestina para ayudarse a contener sus deseos insaciables con poco éxito: ellos actuaban sobre su cerebro, pero no sobre su aparato reproductor. Esa dicotomía aumentaba su angustia. Estaba deprimido, pero seguía necesitando descargar constantemente la cartuchera.

Así como algunos necesitan el sildenafil (Viagra para los menos entendidos), Tolomeo lo que necesitaba era el efecto contrario. Me explico, mientras aquél aumenta la presión hacia el citado aparato, nuestro protagonista más bien requería contener el torrente que lo obligaba a estar "siempre listo".

Se preguntarán, entonces, ¿de qué se queja el gran cabrón si tiene lo esencial para ser feliz? Pues ya ven, ni el principado, ni su éxito en los lupanares le parecían suficientes. Quería ser amado y no simplemente deseado. Quería caminar por las calles sin ser chiflado. Quería ser admirado por las madres de sus alumnos por su porte y no por su instrumento. Quería ponerse un traje de baño sin tener que pasearse con el paño tapando sus partes destacables.

Por eso, quizás, estaba deprimido. No andaba cabizbajo porque eso era imposible para él: recordemos que le habían quitado tres discos de la columna, de manera que siempre caminaba echado para atrás. Pero que estaba ahuevado, estaba "ahuevado". Así es que se atrevió a pedirle al profesor de psicología del Liceo que lo recibiera como paciente.

Al tipo no le hizo mucha gracia, porque había aceptado ser profesor de la materia para no tener que seguir oyendo a tipejos o tipejas como él en la Clínica del Seguro. Le gustaba la teoría, pero le "obstinaba" la práctica clínica. Sin embargo, no podía negarle un consejo técnico a un compañero del magisterio y, por otra parte, oír las cuitas del gran profesor tenía mucho morbo.

Lo citó en su casa, a la salida del Liceo. Al oír su historia se percató de su megalomanía o delirio de grandeza. Y hay que advertir que ese delirio tenía algún sustento en la grandeza de su instrumento viril, pero poco más que eso. Su trastorno psicopatológico, según el profesor de psicología, estaba afincado en fantasías delirantes de poder, de relevancia y de omnipotencia. Esto último era cierto en el campo sexual, pero no necesariamente en lo social, en lo político o en lo económico.

Muy bien, pero saber todo eso de ¿qué le serviría al gran Tolomeo? Para seguir con el protocolo psicoanalítico predecible, había que ahondar en su niñez. La conclusión fue que su depresión se remontaba a esas fechas. Tres anécdotas bastaban para afirmarlo: 1) aunque lo amaban, sus progenitores lo ocultaban para que no lo vieran los invitados; 2) se dice que su madre le tapaba la cara cuando le daba el pecho; 3) la protuberancia de su instrumento sobresalía tanto que parecía que había nacido con una tercer pierna entre sus dos extremidades inferiores.

Aunque profesionalmente tenía que atender a las etapas precoces del protagonista de estas historias, la verdad es que las que más le interesaban al psicólogo, eran sus andanzas de caballero andante que, cual Quijote enfrentando a los molinos, enfrentaba a las féminas más curtidas con su "lanza en ristre" dispuesta para las más cruentas batallas amorosas. En ese sentido, las historias de sus amoríos no tenían desperdicio: desde Yasmín, Yalile y Yenory, hasta Rosita, Lascivia, "Pepi, Luci, Bon y otras chicas del montón". Así es que con la excusa terapéutica, el profesor de psicología se dio gusto conociendo las andanzas del gran Tolomeo. Vamos, que parecía un samueleador profesional. No se regodeaba en las piernas y entrepiernas de las féminas, pero sí en las otras intimidades que le contaba el gran profesor. Las más importantes, decía.

Por otro lado, al gran Tolomeo lo que le interesaba es que le pudiera recetar algún medicamento que le levantara únicamente el ánimo, porque ya sabemos que para lo demás no necesitaba de fármacos. Cuando se enteró que el Ministerio de Salud no habilitaba a los psicólogos para ello, desistió de visitar al profesional y se dirigió a la homeopatía.

Encontró entonces, la insoportable levedad de su ser como Milan Kundera, pero dejó de sufrir por ello. Recuperó su narcisismo y continuó su vida licenciosa. En el Liceo, volvió a ser un flaco esmirriado, un hombre a una nariz pegado, un coágulo viscoso y un profesor apocado (una especie de Dr. Jekyll); mientras en los burdeles volvió a representar a Mr. Hyde: un amante insaciable y un tipejo admirable. Y aunque estaba sinceramente enamorado de Lascivia, lo cierto es que seguía siendo cliente frecuente de aquellos lupanares.

Decía Oscar Wilde, que "los jóvenes quieren ser fieles y no lo son"; y que "los viejos quieren ser infieles y no pueden". En el caso del gran Tolomeo, ni quería ser fiel ni lo era. Al contrario, quería ser infiel y podía seguirlo siendo.

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