Crítica de televisión: Mi problema con ‘Mira quién baila’
Spoiler: El problema no sos vos, soy yo...

Cuando Teletica anunció el elenco de la actual temporada de ‘Mira quién baila', tuve que aceptar una situación nueva para alguien que tiene 25 años de escribir de televisión nacional: de los diez participantes, solo fui capaz de identificar de inmediato a Tapón, a Papi Paz y a Natalia Monge. Todos salidos de la vieja escuela del entretenimiento y, de hecho, repitentes de otros formatos de la televisora.
De Majo Ulate había oído el nombre, pero no habría podido precisar quién era o qué hacía, más allá de ser la pareja de Mauricio Hoffmann, lo que la ha convertido en un personaje habitual en la prensa de chismes de farándula. De los demás, legítimamente, aquella fue la primera vez que escuché hablar.
Frente a ese mar de desconocidos, incluso encuentro más rostros familiares entre el elenco de bailarines y coreógrafos, usualmente relegados a un rol de reparto en estos programas. Y es que, a fuerza de verlas año con año, Lucía Jiménez, Yessenia Reyes y Alhanna Morales ya me son más familiares y reconocibles que, digamos, los 'famosos' JP Olivato o Alex Alvarado.
Desde luego, esta confesión dice bastante más de mí que de ellos. Varios son figuras rutilantes en sus plataformas digitales, donde acumulan seguidores por cientos de miles. Es decir, el que no está en nada soy yo. Y quizá usted, mi estimable lector, que hace unas semanas tampoco habría podido identificar a Antuan Fallas o a Karla Quesada, pero estaba esperando que alguien más confesara primero.
Mi problema con 'Mira quién baila' empieza ahí. Conforme los formatos de Teletica incorporan a más personajes cuyo reconocimiento proviene de las plataformas digitales, y menos de la televisión, la radio, la música o el deporte, menos identificado me siento con el programa.
Es un asunto etario, sí, pero también de consumo. Soy un adulto que hace un uso poco estratégico de las redes sociales, usualmente asociado con contenidos y personajes propios de la nostalgia. Me cuesta seguir tendencias que apuntan a públicos más jóvenes porque buena parte del tiempo que paso frente al celular la dedico a gente que ya conocía antes de que existiera Instagram.
Luego enciendo el televisor y me sorprendo de no conocer a nadie. Sé que no estoy poniendo mucho de mi parte.
El año pasado escribí sobre cómo había cambiado la fama en las pistas de baile de Teletica. Cuando se estrenó 'Bailando por un sueño', en el 2007, no había demasiado misterio sobre lo que significaba ser famoso en Costa Rica. Mauricio Hoffmann, Erick Lonnis, Shirley Álvarez, Elena Umaña, Carlos Álvarez: uno podía seguirlos o no, disfrutarlos o no, pero sabía de dónde venían.
La televisión abierta, la radio y el fútbol nos habían hecho las introducciones. Compartíamos suficientes pantallas, emisoras y partidos como para reconocer a buena parte del elenco sin pedir ayuda.
Hoy la cosa es distinta. Alguien puede reunir una comunidad digital enorme, vivir de su contenido y despertar un entusiasmo que yo desconozco por completo. Su fama existe, funciona y hasta paga cuentas. Que no haya pasado por mi teléfono es un problema mío, no suyo.
El cambio también se puede contar. Si agrupamos a los participantes que llegaron al concurso con una identidad pública vinculada de manera importante con la creación de contenido digital, en el 2024 encontramos a dos entre once: Diego Bravo y Mimi Ortiz, un 18,2 % del elenco. En el 2025 fueron dos entre diez, Mariana Uriarte y Ericka Morera: un 20 %. Este año son cinco entre diez: Antuan Fallas, Karla Quesada, Jazmín Salas, Majo Ulate y Alex Alvarado. La mitad.
Hay mezclas, por supuesto. Mimi, Ericka y Alex tienen antecedentes en medios tradicionales. No estamos ante dos bandos incomunicados, ni basta con tener una cuenta de Instagram para entrar en el recuento. Pero la composición del elenco de ‘Mira quién baila' permite ver hacia dónde se mueve la convocatoria del programa.
Y yo sigo por aquí, recordando cuando ‘Creada a mi manera', de un Tapón sin canas, empató el récord de ‘November Rain' de más semanas en la cúspide de la lista ‘Feeling the Hits', de Radio 103.
No pretendo que esto se interprete como un irrespeto hacia ninguno de los participantes. Desconocerlos responde más a mis hábitos de consumo de medios y a los círculos en los que me muevo que a una falta de méritos de su parte. Simplemente no soy su audiencia. O, al menos, no lo era antes de que aparecieran los domingos por Canal 7.
Por dicha, tengo dos hijas que me han ido haciendo la correspondiente adecuación de cultura digital.
El domingo pasado necesité otra sesión de actualización por el baile como invitada de Celeste Rodríguez, a quien literalmente hasta ese día vi. Mis hijas me dieron la información básica con la naturalidad de quien está hablando del Chunche Montero: Celeste es influencer, es la novia del streamer Keiz y ellos son amigos de Courney, etcétera. No entendí nada. Ahora ambos se incorporan como conductores de la transmisión digital del programa y, por lo visto en la gala, ya van haciendo fila para el 2027. El jurado se apuró a sugerir que deberían incluirla en el próximo elenco. Cero sutileza.
Por mis hijas también supe que Antuan es un muchacho de barrio, que ha tenido un crecimiento tan exponencial como orgánico, que es amigo de Julián —sí, ese Julián; ya lo tratamos por el primer nombre— y que goza del beneplácito de la gente joven (y, al parecer, ahora también tiene tremendo pegue con las señoras). Donde yo hasta hace poco veía a un desconocido anunciado como famoso, ellas reconocían a alguien a quien ya le tenían cariño.
Algo parecido me pasó con Karla Quesada. Fui entendiendo que se ha ganado el respeto de su comunidad con su testimonio de emprendedora y con el contenido con perspectiva de género en el que muestra cómo administra su negocio gastronómico. Hay una historia, un trabajo y una relación con el público que comenzaron mucho antes de que yo me enterara.
Con Jazmín Salas cometí una injusticia todavía más evidente: la coloqué de entrada en la categoría de ser la pareja de alguien. A su esposo, el exfutbolista Christian Bolaños, sí lo conozco. Entonces mi memoria resolvió el asunto con la eficiencia y la pereza del caso: la esposa de Bolaños.
Fue lo mismo que me pasó con Ericka Morera en el 2025 y con Majo Ulate este 2026, ambas ubicadas en mi cabeza a partir de sus relaciones con Mauricio Hoffmann. Una manera bastante limitada de hacer inventario de personas, debo admitir.
Pero tras un par de programas, doña Jazmín ha sido una positiva sorpresa. Para mí, tiene la personalidad más auténtica que ha pasado por esa pista de baile en años. Me interesa escucharla, me divierto con ella, me identifico con su espontaneidad, su saprissismo, sus historias de barrio, su testimonio de madre joven y he terminado pendiente de ella sin haber necesitado una explicación previa de mis hijas.
Si alguien gana con esta experiencia, más allá del resultado del concurso, es ella. Ante quienes no la seguíamos en redes, dejó de ser únicamente la esposa de un exfutbolista y empieza a ocupar un lugar propio en el ecosistema mediático. Su luz ya estaba encendida; solo que algunos apenas nos vamos dando cuenta.
Ahí también hay un mérito del programa. La televisión sigue siendo capaz de presentarnos personas que, por mucho que circulen en otras pantallas, no habrían llegado hasta nosotros. Yo entré a esta temporada con tres conocidos y un montón de dudas. Ahora tengo, al menos, una favorita a la que no sabía que quería apoyar.
Sigo sintiéndome menos identificado con el elenco que en aquellos años en que bastaba con ver fútbol los domingos, las noticias del mediodía o 'Buen día' para llegar ubicado al estreno de Teletica Formatos. Me cuesta entusiasmarme de entrada por gente de la que no tengo una canción, un personaje, una entrevista o un recuerdo.
Pero esa distancia también me corresponde recorrerla. Teletica puede buscar públicos nuevos y yo puedo aceptar que mi desconocimiento no es una medida de la fama ajena.
Así que sí, 'Mira quién baila': el problema no sos vos, soy yo.
Aunque vamos mejorando. Ya sé quiénes son Jazmín, Antuan y Karla.