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Villa Quesada, antes de que llegara la tele

Subir a la torre de la iglesía era toda una tentación

 

Vista aérea de Ciudad Quesada.

Vista aérea de Ciudad Quesada.

Gente de San Carlos puso unas fotos viejas en Facebook que movieron en mí las memorias de Villa Quesada.

Las señoras con la cabeza tapada, a la usanza ante del Concilio Vaticano II. i

Las señoras con la cabeza tapada, a la usanza ante del Concilio Vaticano II.

La primera fotografía parece tomada dentro de la vieja iglesia parroquial. Así la recuerdo. El que se ve de espaldas tiene la figura del padre Sancho. Sería antes del Concilio Vaticano II porque las señoras todavía se cubren la cabeza con el anticuado velo.

A ambos lados de la puerta hay dos chimeneas esquineras por donde subían y bajaban las pesas que activaban el mecanismo del reloj de la torre, varios metros más arriba. Cada noche -después del rosario y antes de cerrar la iglesia- el sacristán recargaba el aparato jalando lentamente una pesada cadena que subía las pesas hasta el tope.

Don Abraham se llamaba el sacristán, buenísima gente. Nos aguantaba y toleraba tortas y travesuras y todavía nos premiaba con los recortes de las hostias que el mismo fabricaba en la sacristía.

Con algunos de esos recortes mis hermanas hicieron la devota ceremonia de bautizo de sus muñecos, una navidad hace muchísimos años. Pancracio se llamaba uno de los dos. Pancracio, yo te bautizo con pan y chorizo… No era de cristianos tener muñecos sin bautizar.

La primera comunión la hice en esta iglesia -construida de madera y forrada por fuera con planchas de metal- o tal vez en la media catedral que ya se le venía encima con toda su enorme mole de concreto. Fue el 8 de diciembre de 1958.

La Primera Comunión

Yo de vestido entero el día de mi Primera Comunión.

Yo de vestido entero el día de mi Primera Comunión. A la derecha se ve el galerón del turno. 1958.

Otra foto es precisamente la de mi primera comunión; yo de traje entero. Me lo hizo mi mama, doña Arabela, que había aprendido sastrería fina con don Enrique Gutiérrez Luna, refugiado nica.  La fila de chiquillos va hacia la puerta sur de la iglesia, y lo que se ve ahí detrás de nosotros, a mano derecha, era el galerón del turno. Ahora es un parqueo.

Por lo menos cien mil pesos hacía el padre Eladio Sancho cada año con las ventas y donativos del turno, con esa plata logró terminar la catedral, cuya construcción se había iniciado en 1951.

A la iglesia vieja no la botaron de un solo tirón, sino que la fueron rompiendo de atrás hacia adelante, conforme avanzaban los arcos de hormigón y acero de la nueva catedral. Lo último que se apearon fue la torre y entonces el reloj y la matraca que lo acompañaba fueron pasados a una torre provisional.

La vieja iglesia de la Villa, construida de maderas nobles y forrada de metal.

La vieja iglesia de la Villa, construida de maderas nobles y forrada de metal.

Ni el reverendo padre Sancho ni el paciente Abraham, el sacristán, nos hubieran permitido jamás subir a la torre a ver las mecánicas tripas del reloj y la matraca, era una pirueta peligrosa subir por las escaleras pegadas a la pared, maniobra sólo recomendable para adultos atléticos.

Antes de la televisión

Antes de la televisión, los carajillos encontrábamos maneras ingeniosas de entretenernos. Aprovechábamos los ratos de descuido -cuando el padre salía de gira y Abraham andaba almorzando- para subirnos a admirar los aparatos de la torre y asomarnos por las ventanillas a ver alrededor los escasos cuadrantes de la villa y los techos herrumbrados de las casas.

Con esa cara de angelitos, poníamos en carreras al Ángel de la Guarda.

Con esa cara de angelitos, poníamos en carreras al Ángel de la Guarda. Al fondo se ve la iglesia vieja y la catedral en construcción.

Igual nos subiríamos después a la catedral a medio construir para hacer maromas suicidas sobre el vacío. Vértigo me da recordando semejantes imprudencias.

Por suerte nunca nos agarraron en esas y nunca nos ocurrió una desgracia. Ángel de mi Guarda, dulce compañía…