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Tolomeo: Aprendiz de Don Juan

Por Agencia / Redacción | 10 de Jun. 2023 | 4:24 am

Algún comentario descuidado de Arnold, alumno del Liceo y testigo del acontecimiento en el Daisy Flowers, el afamado "night club" donde se descubrió la grandeza de Tolomeo; permitió que su madre conociera el secreto del profesor: su priapismo o la fuente inagotable del placer femenino.

La madre de Arnold, viuda y piadosa, pero curiosa, tuvo que consultar el Diccionario para indagar que era eso del priapismo. Cuando lo averiguó, se le sonrojó su cara y se le asomó una sonrisa nerviosa. Habría que conocer a ese gran profesor, para preguntarle sobre los progresos académicos de su hijo. No sean mal pensados.

Carmencita, que así se llamaba la susodicha, llamó a su amiga Rosita, madre soltera de otro estudiante del Liceo, para ir juntas a indagar sobre los progresos de sus respectivos hijos. Eso sí, no le contó nada de la maravillosa enfermedad del profesor.

Concertada la cita por teléfono, la secretaria del Liceo la fijó para el final de clases del siguiente martes, no sin antes advertirles que el profesor no atendía los viernes. Ya sabemos el por qué. Pero para los lectores descuidados, les recuerdo que las tardes de los viernes iniciaban las grandes noches de Tolomeo en el Daisy Flowers.

El caso es que Carmencita se acicaló para acudir al Liceo acompañada de Rosita. Ella era joven y guapa, pues rondaba los treinta y cinco, pero Carmencita, que pasaba de los cincuenta, asumía que el profesor no se interesaría por una chiquilla treintona y tontona, sino en una mujer madura y segura, cercana a su edad. Sí, sé que diréis "pobre ingenua la tal Carmencita".

El martes siguiente, llegaron juntas a la cita en el Liceo, pactada a las cuatro y quince de la tarde. Ninguna de las dos quería que sus hijos se enteraran de su visita al centro educativo. Mucho menos el motivo de la misma. Me refiero a Carmencita, pues Rosita se creyó el cuento de la preocupación por el devenir académico.

Al verlo tan feo, Rosita se preocupó un poco: "Mirá que feo es el pobrecito, con razón lo llaman Tolomeo", le secreteó a su amiga. "Alguna gracia habrá de tener", le contestó Carmencita.

"Hola, me llamo Ramón, pero los alumnos me llaman Tolomeo. ¿De qué quieren que hablemos? Asumo que de los progresos académicos de sus hijos. ¿Quién es la madre de Arnold?"

"Yo", se adelantó a responder Carmencita, mientras no dejaba de observar el bulto debajo de la cintura del profesor. Él trataba de disimular su protuberancia, pero era poco lo que podía hacer, salvo mantener su mano izquierda en el bolsillo del pantalón.

"Yo soy Rosita, la mamá de Joselito", mientras se percataba del pedazo de instrumento que escondía el famoso profesor.

"Bueno y ¿a qué debo su visita? Arnold y Joselito, no son los mejores estudiantes, pero ahí van tirando como pueden. Tal vez un poco de ayuda de los padres no vendría nada mal"; destacó el profesor.

"Bueno, será de nosotras, sus madres, porque los padres desaparecieron hace mucho. Vea usted, yo quedé viuda muy joven", respondió Carmencita.

"Y yo no quiero recordarme del malparido del papá de Joselito. Si es que a eso puede llamársele padre… Yo soy soltera, profesor", concluyó Rosita.

"Qué tristeza doña Carmencita y que vergüenza doña Rosita. No me imagino a un hombre soltando a una mujer tan bella".

Rosita se sonrojó al oír el piropo del profesor, mientras Carmencita se percató del error de haberla invitado a visitarlo.

Y así, entre dimes y diretes y miradas cada vez menos furtivas, continuó la reunión. A punto de terminar, sin embargo, el gran Tolomeo les pidió sus teléfonos, dizque para contactarlas y contarles sobre el devenir académico de sus hijos.

"Llámeme cuando quiera para darle a probar la mejor olla de carne del planeta", agregó Carmencita.

Al salir de la reunión, el profesor se quedó admirando el trasero de Rosita sin mucho disimulo. "Qué pedazo de mujer" atinó a decirse para sus adentros.

Por su parte, las dos salieron de la reunión destacando la fealdad del protagonista de esta historia, pero agregando su perplejidad por el monstruo que parecía esconder su jareta.

El caso es que el sábado siguiente, el gran Tolomeo se atrevió a llamar a la tal Rosita. No le parecía tan coqueta como la Yasmín, pero tenía un c… espectacular; y en cuanto a Carmencita ya sabemos que a los hombres, aunque nos interesan los buenos guisos, nada puede competir con un par de t…. Como dicen los pachucos: más jala un par de ellas, que las mejores carretas.

El hijo de Rosita contestó el teléfono, para desgracia del interesado. Aunque trató de disimular su voz, el muchacho lo reconoció de inmediato. Se le conocía por su voz de pito. "Ya se la paso profesor". Fue a buscar a su madre a la cocina advirtiéndole de la llamada, no sin antes excusarse de cualquier travesura en el Colegio. "Hola, soy Ramón, el profesor de su hijo". "Ah, el profesor Tolomeo". "El mismo doña Rosita". "No me diga doña, que todavía estoy joven". "No lo dudo Rosita, y además muy guapa". Rosita, al oír el piropo, se puso colorada, al punto que hasta su hijo que la observaba a la distancia se puso a vacilarla. Ella tapó con su mano el micrófono y le pidió que se marchara. Luego, prosiguió su conversación con el profesor.

"¿Algo sucedió con mi hijo?" "Nada que tenga importancia, Rosita. En realidad, la llamaba para invitarla a tomar un café cuando usted disponga". "Déjeme ver mi agenda. Mejor llámeme entre semana para coordinar".

A decir verdad, no quería que Joselito se enterara de la invitación y la pusiera a parir con sus comentarios. El profesor Tolomeo no era apreciado especialmente por sus alumnos. Sí, es cierto que la pegaba en el Daisy Flowers, pero seguía siendo el tipo más espeluznante del Liceo.

Era tan feo que a Rosita le cortaba el que la vieran tomándose un café o una copa con él. Pero, la verdad es que su condición no dejaba de llamarle la atención. Se recordó, entonces, de las preferencias de la gran Carmen Granados: "a mí me gustan bien inteligentes de la cintura para arriba, pero bien burros de la cintura para abajo".

El caso es que Tolomeo la llamó de nuevo y Rosita aceptó verlo en un lugar discreto entre semana. Quedaron en el Café de la Paix en San Pedro de Montes de Oca. Obviamente, el nombre de la cafetería es inventado, para confundir a los lectores.

Al verlo llegar con su porte esmirriado, quiso salir huyendo, pero ya no podía hacerlo sin causarle una afrenta al profesor de su hijo. Así que lo esperó sentada en el cafetín. Éste se acercó caminando echado para atrás, con su mano izquierda en el bolsillo y con su porte de perro fino sentado en el asiento del copiloto.

"Hola Rosita, que gusto verla". "Gusto el mío, profesor". "Por favor, llámeme Ramón o Tolomeo, como prefiera. ¿Que desea tomar?" "Un capuchino si es posible, y un quequito de zanahoria". "Con gusto voy a la barra Rosita".

Mientras caminó hacia la barra, lo volvió a ver por detrás y quiso largarse del lugar. Pero modosita volvió a pensar en lo del burro.

Se sentó a esperarlo y al volver el profesor con la comanda, se acomodó para escucharlo. Su conversación era agradable, aunque su posición parecía incomoda, pues doblaba constantemente las piernas de forma que se disimulara un poco su condición.

Sin ton ni son, le contó de su enfermedad y de lo embarazoso que era para él. Ella más bien lo animó a no achicopalarse por ella. Al contrario, pensó para sus adentros, ella podía ser su tabla de salvación. No estaría mal, se dijo, darle una probadita. Era cuestión de taparle la cara con una bandera y sacrificarse por la patria.

Y así, poco más o menos, empezó el noviazgo de Rosita con el gran Tolomeo. No los molesto con los detalles íntimos porque no quiero atraer las flechas de la censura.

Ah, y se me olvidaba comentar que Carmencita no pegó ni terminación.

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