Navidad: Esperanza, Libertad, Igualdad, Fraternidad
"Las libertades de las antiguas naciones -decía Lord Acton- quedaron aplastadas bajo un desesperanzador e inevitable despotismo, y su vitalidad estaba ya gastada cuando un nuevo poder vino de Galilea, dando cuanto era necesario para lograr de la tal sabiduría humana la redención de las sociedades, lo mismo que la de los hombres… La nueva ley, el nuevo espíritu, la nueva autoridad, da a la libertad un significado y valor que no había tenido en la filosofía y en la constitución de Grecia y de Roma antes del conocimiento de la verdad que nos hace libres."
Que uno de los padres del liberalismo asigne a Jesucristo "la redención de las sociedades", lo mismo que la de los seres humanos, no es algo que debamos pasar desapercibido en un mundo que cada vez pretende construir un modelo de libertad, ética y convivencia, al margen de esa verdad que vino de Galilea.
¿Qué significa para nosotros ese Dios hecho hombre que nació en Belén?
Por lo pronto, la "esperanza", que no es poca cosa, sino algo esencial para vivir la vida. Esta vida terrenal que, sin renunciar a ella, sueña con la vida eterna. Sin esta última, me temo, nos quedaríamos como en aquella canción de Joaquín Sabina, en una "sala de espera sin esperanza" (Nos Sobran los Motivos). Esperando el desenlace final a las puertas de la muerte. Como si con ella se acabara todo, todo lo que hemos sido.
Según se cuenta, en un diálogo entre creyentes y no creyentes, uno de sus participantes, ateo y escéptico, lo expresó con dolor. Envidio a los creyentes, decía poco más o menos, porque ellos tienen esperanza, una esperanza superior a la de cualquier logro humano, la esperanza en la vida eterna.
Esa esperanza, se dice, no solo nos aleja de la angustia existencial, sino que nos anima a vivir mejor, a asumir nuestra libertad, a tratar de ser felices, pero sobre todo, a tratar de hacer felices a los demás. Al menos, a no hacerles daño, no sea que ello nos rebaje nuestra condición humana y, por si fuera poco, nos cierre las puertas de un cielo que se nos presenta como la última y suprema esperanza.
Cierto que la esperanza de vivir en la memoria de nuestros descendientes, que la esperanza de que la historia nos juzgue y nos absuelva, nos ayuda a dar lo mejor de nosotros mismos, a construir una ética sin referentes metafísicos o religiosos y nos compensa la sensación de "la nada" a que nos acerca el existencialismo nihilista.
Cierto también que los existencialistas nos plantean la huida del nihilismo, permitiendo construir una ética existencialista que se sustenta en un libre albedrío. Bajo esa tesis, estamos condenados a ser libres, diría Sartre. Aun en el absurdo, siempre podemos ser libres, diría Camus.
Pero, ¿será cierto que eliminada la esperanza de la vida eterna seremos mejores? ¿Será cierto que una vida sin Dios, nos hará mejores seres humanos? El debate es legítimo, pero según me parece, es más seguro construir una ética individual y social fundados en esa esperanza. Aunque no hay garantías de que una vida espiritual nos hará mejores humanos, la ausencia de la misma nos haría más difícil alcanzar la meta.
Aunque la esperanza en la vida eterna es un principio que coincide con otras religiones, la venida y el mensaje de Jesucristo consolida esa esperanza a partir del reconocimiento de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad. Estas tres aspiraciones coinciden paradójicamente con las de la Revolución Francesa. Paradójicamente, porque esa revolución quiso cambiar a Jesucristo por un genérico "Ser Supremo", pero paradójicamente también porque esas tres ideas deben mucho más a Jesucristo de lo que se atreverían a reconocer los filósofos revolucionarios que la inspiraron.
Iniciemos por la libertad. Desde el Génesis Dios nos permitió y hasta nos impuso el libre albedrío. Aun en el Paraíso Terrenal, teniendo todo resuelto (muchísimo más que en el "todo incluido" de las mejores cadenas turísticas), se nos permitió escoger entre el bien y el mal. Pudimos -como especie ha humana- decidir probar el fruto prohibido y caer en las tentación diabólica de "ser como dioses".
"En el Antiguo Testamento, la libertad estaba estrechamente relacionada con la liberación de la esclavitud. Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto y les dio la libertad para adorarlo y seguir sus mandamientos. La libertad en el Antiguo Testamento también implicaba vivir en armonía con los demás y respetar a los más débiles y vulnerables de la sociedad… En el Nuevo Testamento, la libertad se encuentra en Cristo Jesús. Jesús dijo: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36). La libertad en el Nuevo Testamento implica la liberación del pecado y la muerte y la capacidad de vivir una vida plena en Cristo Jesús." (https://volviendoalabiblia.org/libertad-verdadera-segun-la-biblia/)
Sigamos con la igualdad. Si en el Viejo Testamento había un pueblo elegido, en el Nuevo Testamento todos los pueblos, todos los seres humanos, somos los elegidos, aunque para ello nosotros también tengamos que elegir (es decir, somos libres para seguir el camino que nos propuso Jesucristo). Sin la idea básica de que "todos somos hijos de Dios", es muy difícil construir la idea de la igualdad intrínseca de los seres humanos y, mucho menos, desarrollar todas las implicaciones de esa igualdad, incluyendo la igualdad ante la ley, la no discriminación y la aspiración de mayor igualdad material.
La afirmación de que "todos somos hijos de Dios", dio nuevos bríos a la idea de la igualdad, eliminando, de paso, el sustento teológico de los privilegios y de la esclavitud. La igualdad ante Dios ciertamente tardó mucho en expresarse en igualdad ante la ley y en las garantías jurídicas de la no discriminación.
Pero repito, sin esa idea esencial del cristianismo, la construcción de una igualdad entre todos los seres humanos, sería mucho más difícil de establecer. Si no somos iguales ante Dios, ¿podemos serlo entre nosotros? Aunque fuera verdad que esa igualdad puede construirse secularmente, el esfuerzo por sostenerla filosófica y jurídicamente enfrenta mayores desafíos y la sujeta a la simple voluntad de los poderes fácticos y jurídicos de los Estados (nacional e internacionalmente).
Por último, en el orden general y puesto a resumir, la fraternidad. Esto es, el nuevo mandamiento que Jesucristo nos legó: "ama al prójimo como a ti mismo", "amaos los unos a los otros como yo os he amado".
En las palabras del Papa Francisco: "La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos —iguales por su misericordia—, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres."
Amar a Dios, a nuestros semejantes y a todas las criaturas vivientes. Amarnos los unos a los otros. Ese es, resumidamente, el significado del nacimiento de Jesús que celebramos cada 25 de diciembre.
¡Feliz Navidad!