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Napoleón y su obsesión: la polémica visión de Ridley Scott

La mayoría de las películas sobre Napoleón Bonaparte, el gran emperador de Francia, se han centrado en el personaje como un genio militar y el político con ambiciones sin límites que llegó a ser el amo de Europa por una década a principios del siglo XIX.

La cinta del conocido director británico Ridley Scott (Gladiador, Allien, Thelma y Louise, G.I. Jane, Kingdom of Heaven) apunta a ser una excepción. Intenta explorar la compleja y tortuosa relación amorosa entre el emperador francés y su primera esposa y compañera sentimental más importante, Josefina, y las consecuencias o efectos de sus vaivenes personales en los eventos asociados a la obra y actos de este hombre poderoso.

La historia recorre varios de los principales eventos políticos y militares de la carrera de Napoleón – desde luego, se incluye su impresionante triunfo absoluto en Austerlitz, considerada una obra maestra del arte militar, y Waterloo, su aparatosa derrota final-, aunque el enfoque principal de la película es la relación personal.

Un amor que soportó de todo: amantes y traiciones mutuas, desavenencias y las despiadadas exigencias políticas asociadas a la razón de estado (por cierto, término acuñado por otro gran hombre de estado francés, el cardenal Richelieu), como el divorcio. Este permitiría que Bonaparte pudiese engendrar un heredero y armar una valiosa alianza diplomática con Austria a través de su casamiento con la princesa Marie-Louise, hija del emperador austríaco Francisco I.

La actuación es sin duda uno de los aspectos fuertes del filme. Las interpretaciones de Joaquin Phoenix y Vanessa Kirby son excelentes. El Napoleón de Phoenix es un hombre quizás excesivamente frío, calculador y oscuro que únicamente muestra su lado débil con Josefina, el objeto de su obsesión.

Uno de mis temores era si no íbamos a ver a un Bonaparte demasiado anglosajón; ese temor fue infundado, pero tampoco me parece haber visto a un Napoléon totalmente francés. Recomendaría al lector y espectador que vea en Youtube (gratis) la serie francesa Napoleón del año 2002, con el magnífico actor galo Christian Clavier como el emperador, e Isabella Rosellini como Josefina. Fue esta una producción para la televisión con la participación de un elenco de lujo que incluyó a John Malkovich y Gerard Depardieu.

El drama épico-histórico-psicológico no sufre de una escasez de magníficas escenas bélicas y de acción, un punto fuerte en tiempos en la que tecnología permite hacer maravillas.

Desacuerdos con la verdad histórica

Las inexactitudes históricas son uno de los puntos débiles de la obra más reciente de Scott. La batalla de Austerlitz de diciembre de 1805 no transcurrió de la manera en que se muestra y el bombardeo del lago congelado que mató a miles de soldados austriacos y rusos fue el final. Además, no hay registros de que Napoleón haya ordenado disparar salvas a las pirámides egipcias. Tampoco dirigió Napoleón en persona cargas de caballería en Borodino (Rusia) o en Waterloo.

El diario británico The Guardian le dio 5 estrellas a la película, pero amplios sectores de la crítica europea han sido duros con la producción. Particularmente en Francia, donde el diario conservador Le Figaro escribió que se la podría llamar "Barbie y Ken bajo el imperio". El biógrafo de Bonaparte, Patrice Gueniffey, la llamó "muy antifrancesa y muy probritánica".

Scott ha replicado a los críticos que una película no tiene por qué ser un recuento histórico exacto y que no se puede depender de opiniones particulares para rodar. Ignora a los críticos y afirma que el gran público la ha acogido bien.

Napoleón es una figura gigante en la historia. Ha sido odiado, amado, reverenciado, visto como un tirano implacable e insensible, un monstruo, o como un héroe. El gran director nos da su visión. Que cada cual decida si la comparte o no. ¿Le valdrá el Óscar finalmente?

El autor es periodista, exeditor de La Prensa de Nicaragua y apasionado amante del cine (y fan de las series de Netflix).

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