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Nada más nuestro que la democracia y la libertad

Por Agencia | 17 de Oct. 2024 | 4:12 am

Para desarrollar una población capaz de salir adelante en el mundo actual y vivir en las mejores condiciones, la educación es un ingrediente fundamental, que siempre debería ser una de las máximas prioridades nacionales, junto a la salud y la seguridad. Sin embargo, la educación formal por sí sola no basta para destacar como sociedad. Es necesario que se complemente con una cultura nacional constructiva, una forma de ser colectiva que coincida con los conocimientos, habilidades y prioridades necesarias para la nación. Esta cultura debe servir como impulso para los logros individuales: una cultura de conocimiento, comprensión, colaboración, trabajo en equipo, competitividad, responsabilidad y superación.

Parte de esta cultura es la capacidad de organizarse como colectividad y establecer un sistema que permita gobernar de manera tal que, a largo plazo, los resultados sean positivos, gracias a que la población sabe elegir a quienes le gobiernan. Costa Rica nació por sorpresa, pero supo definir un rumbo claro para existir y prosperar en el largo plazo.

Los años de educación formal en las aulas brindan a la niñez y la juventud un conocimiento básico, que se complementa con la educación en el hogar. Estas dos fuentes de aprendizaje establecen las nociones fundamentales para que los pequeños, luego convertidos en jóvenes, tengan las herramientas necesarias para desarrollarse, ya sea en sus estudios superiores o en su vida profesional, oportunidad que aún no todos tienen, aunque todos la merecen.

Pero esto es insuficiente. Al igual que es importante adquirir conocimientos formales, es igualmente crucial cimentar los fundamentos de ciudadanía, vida en sociedad, respeto a los demás y aprecio por un conjunto de normas de convivencia que validan las ideas, al ser aceptadas en la interacción con los demás. Es en ese proceso donde perfeccionamos esas nociones de relación hasta convertirlas en parte fundamental de la forma de ser de una persona y de una nación. Así, nuestra identidad se nutre del pasado, se construye en el presente y proyecta sus aspiraciones al futuro, basándose en valores que consolidan todo lo anterior.

Aunque alcanzar la perfección es imposible porque somos humanos y siempre habrá imperfecciones, lo que sí es posible, necesario y obligatorio es aspirar a valores superlativos como nación en aspectos clave de nuestra cultura: el conocimiento, la solución de problemas comunes y la capacidad de enfrentar los retos del presente y del futuro, siempre con respeto a las normas establecidas para convivir. Este es el punto donde algunos países enfrentan un deterioro cultural o ni siquiera logran consolidar una cultura propia. Sin embargo, nuestro país ha alcanzado importantes niveles en la escala cultural de las naciones, especialmente entre aquellas de recursos limitados como la nuestra. No obstante, estos logros no son permanentes. Con el paso del tiempo, las circunstancias cambian, al igual que las aspiraciones de la población, especialmente en lo que respecta a la construcción del bienestar común. Esta cultura resulta de la suma de la educación en el hogar, en las aulas y de los valores nacionales presentes.

Lo primero que debemos tener claro es que el éxito como país, para todos los habitantes, comienza con la manera en que nos organizamos y nos definimos constitucionalmente. Nosotros, somos una democracia, y esta es nuestra forma de organizarnos como Estado y como sociedad. Como toda organización social, nuestra estructura incluye derechos, así como obligaciones y limitaciones. El principal beneficio de nuestro sistema es la libertad, bien entendida: aquella que se fortalece al establecer ciertos límites, porque esas barreras que regulan el comportamiento hacen más robusta nuestra libertad porque la guían hacia una libertad inteligente, que construye y no destruye.

Así como la libertad responsable es un pilar de nuestro sistema de vida, igual de importante es el hecho de que hemos unido la democracia y la libertad como un solo bien colectivamente aspiracional. Democracia y libertad son parte integral de la cultura costarricense, al igual que otros valores que constituyen un sello distintivo de nuestra identidad. En su obra El ser de la nacionalidad costarricense, el profesor José Abdulio Cordero (QDDG) escribió: "Don Mauro (Fernández) dice: 'La vida moderna significa democracia. La democracia se propone abrir un camino a la inteligencia para una eficacia independiente: la emancipación del espíritu como órgano individual que realice su propia obra. Asociamos naturalmente la democracia con la libertad de acción'".

Por lo tanto, resguardar nuestra democracia es también resguardar nuestra libertad, nuestra paz y nuestra identidad. En Costa Rica, la democracia no es solo una forma de gobierno, es una forma de vida que refleja nuestros valores más profundos. No debemos permitir que los desafíos de los tiempos erosionen lo que tanto nos ha costado construir. Debemos recordar siempre que la democracia no es solo un derecho, sino un conjunto de responsabilidades compartidas, que representan un compromiso con nuestra constitución, la que nos obliga a resguardar las  condiciones indispensables de la democracia como son la  pureza del sufragio, la separación de poderes, la rendición de cuentas, el pluralismo politiico,  la educación cívica, los derechos humanos, la libertad de expresión y prensa y en general el respeto a la institucionalidad, el cual nos compromete además con el futuro de nuestra nación y con la libertad que queremos legar a las generaciones venideras. Mantener viva la llama de la democracia es, en definitiva, proteger lo más sagrado de nuestra esencia como costarricenses.

Consultor en Comunicación Estratégica

 

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