Trompos, yoyos y rayuela aún tienen vida en los recreos
Un trompo gira sobre el suelo, una cuerda sube y baja al ritmo de los saltos y, en otro rincón del patio, una rayuela marca el camino que los niños deben seguir de un cuadro a otro. Son juegos que muchos aprendieron de sus padres o abuelos y que todavía encuentran un lugar en los recreos de algunas escuelas.
Por ejemplo, en la Escuela Brasil, en Santa Ana, los estudiantes juegan rayuela y brincan cuerda durante los recreos. En la Escuela La Joya, en Rosario de Aserrí, tienen zancos entre las opciones para divertirse, según explicó su director, Banacheck García.
Las bolinchas también se resisten al paso del tiempo. Magaly Gutiérrez Gutiérrez, docente de Educación Preescolar de la Universidad de Costa Rica (UCR), señala que todavía hay niños que las utilizan para jugar.
Otros juegos tradicionales, en cambio, aparecen cada vez con menos frecuencia.
Gutiérrez menciona entre ellos los cromos, el elástico, la gallinita ciega, las carreras de sacos y algunas rondas infantiles. También recuerda las alturitas, en las que los niños deben saltar una cuerda que se coloca cada vez más alto.

No todos los juegos caben en cualquier patio
Parte de la explicación está en algo tan sencillo como el lugar disponible para jugar.
Gutiérrez señala que algunos centros educativos tienen poco espacio para correr y que muchas de sus áreas son de cemento. El temor a los accidentes también puede llevar a limitar ciertas actividades durante los recreos.
Una caída sobre cemento, explica la docente, puede tener consecuencias mayores que una sobre tierra o zacate.
Pero eso no significa que un patio pequeño tenga que quedarse sin juegos.
Las bolinchas, la papa caliente o las charadas, por ejemplo, pueden practicarse en espacios reducidos.
"No podemos decir que porque no hay espacio no hay juegos", afirmó Gutiérrez.
El espacio es solo una parte de la ecuación. El estudio El juego en la primera infancia: De la formación a la transformación, de la Universidad Nacional (UNA), señala que los niños también necesitan tiempo y compañía para jugar, ya sea con otros niños o con adultos como padres, abuelos y docentes.
La investigación, publicada en 2020, señala además que muchos juegos tradicionales utilizan el propio cuerpo o materiales que están disponibles. En algunos casos, los niños incluso pueden construir sus propios juguetes.
Y mientras juegan, también aprenden a convivir.
Adriana Vargas, orientadora de la Escuela Brasil, explica que los niños deben seguir reglas, respetar a sus compañeros y aprender a manejar la frustración cuando un juego no sale como esperaban.
Juegos que pasan de mano en mano
Que un juego sobreviva también depende de que alguien lo enseñe.
Muchos adultos aprendieron a jugar de sus propios padres, hermanos, abuelos o compañeros de escuela. La investigación de la UNA señala que quienes practicaron estos juegos pueden convertirse en los encargados de transmitirlos a las nuevas generaciones.
Vargas considera que las familias tienen un papel importante en ese proceso: los padres pueden enseñar a sus hijos aquellos juegos que formaron parte de su propia infancia.
"Enseñarle lo que yo jugaba antes", señaló Vargas.
Las escuelas también pueden abrir ese espacio.
En La Joya, por ejemplo, los estudiantes tienen diferentes opciones durante los recreos y pueden decidir a qué jugar, sin que todos tengan que participar en la misma actividad.
Y no todos los juegos tradicionales son iguales en todo el país. Algunos también cuentan historias sobre el lugar donde se practican.
La investigación de la UNA recoge el caso de Guanacaste, donde algunos niños juegan a la monta de toros, una actividad relacionada con las tradiciones de esa provincia.
Las rondas también han viajado entre generaciones. Gutiérrez recuerda "Arroz con leche", "Juguemos en el bosque" y "Los pollos de mi cazuela2, canciones y juegos que todavía pueden aparecer en los patios cuando alguien se toma el tiempo de enseñarlos.