Metamorfosis en el Turrialba: “las laderas lucen como carboneras a cielo abierto”
Vegetación quedó sepultada por materiales y sedimentos con ceniza
En cuestión de casi una década el volcán Turrialba adquirió otro rostro. El incremento en la actividad eruptiva de coloso, especialmente a partir de 2014, convirtió paisajes verdosos en zonas grises. Similares a 'desiertos' de sedimentos y ceniza.
Un informe elaborado por el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (Ovsicori), tras una visita hecha el 9 de octubre anterior, expone algunos de los cambios detectados en el flanco noroeste del volcán y la cima. El recorrido, realizado por los vulcanólogos Eliécer Duarte y José Avendaño, se inició desde el borde norte del cráter activo.
El análisis contempla fotografías y datos captados en 2009, con otros insumos tomados el martes 9 de octubre de 2018.
Según el vulcanólogo Duarte, las laderas del volcán están visiblemente afectadas por la acidificación y el embate constante de gases y cenizas.
De igual forma, los científicos constataron la acumulación de material en uno de los cráteres del macizo.
"Los sedimentos y cenizas emplazados en el fondo de la caldera han borrado los vestigios de vegetación y más bien aparece al sureste de ese cráter una laguneta que cubre lo que fuera un extenso campo de pastos y arbustos. La cavidad de este cráter se nota rellena por unos 15 metros de materiales eyectados desde el vecino cráter activo. Aquellos materiales que no cayeron directamente en esa cuenca fueron llevados posteriormente por escorrentía y arrastre promovido por las fuertes lluvias que caracterizan esta cima", detalló el informe.
¿Qué se encontró en el reciente recorrido? Existen laderas en el sector noroeste –que antes estaban conformadas por vegetación de páramo- tienen sedimentos y cenizas de hasta 15 centímetros de espesor.
Mientras, en la sección alta de la cuenca de la quebrada Paredes, algunas de las zanjas con material alcanzan hasta 8 metros de profundidad.
"Muchas hectáreas yacen bajo una capa de material, de diversa granulometría, el cual se mueve rápidamente hacia los múltiples drenajes que desfogan el sector. Según los depósitos se ubican hacia el oeste el espesor aumenta lo que provoca el colapso brusco de importantes parches de la ladera formando profundas cárcavas (zanjas) que aportan abundantes materiales hacia las partes bajas del macizo", recalcó el análisis.
El verde se perdió
En uno de los senderos donde existía un frondoso bosque actualmente lo que hay es un colchón suave y movedizo que mezcla ceniza, restos, ramas y todo tipo de depósitos orgánicos. En algunos de esos puntos, el espesor ronda hasta los 25 centímetros de profundidad.
También, fue posible observar que la acidificación tornó los paisajes negros y grises hasta casi desaparecer desechos metálicos. Un ejemplo de esto último son los restos de un avión caído en la década de 1960.
"En el bosque de entonces predominaban especies arbóreas de gran fuste (hasta 30 metros de alto) y de una inmensa biodiversidad. La abundancia de orquídeas, helechos y musgos se comparaba apenas con anfibios, insectos y aves que se nutrían de esa cobertura. En la actualidad esas laderas lucen como una enorme 'carbonera' a cielo abierto.
"Grandes troncos y ramas crepitan deslizándose ladera abajo flotando en el colchón orgánico de materiales. La mayoría de drenajes se encuentran colmatados de estos materiales dispuestos a moverse en caso de eventos meteorológicos extraordinarios", señaló el reporte brindado por el observatorio.
Desde la cima del cráter hasta 2 kilómetros hacia abajo en dirección noroeste no sobrevive ninguna especie. "Probablemente el proceso de regeneración natural comience hasta que los gases cesen pues la esterilización de suelos no permitirá el progreso de especies pioneras en mucho tiempo. Una vez que esos gases disminuyan en cantidad y lesividad quedaría pensar en campañas que puedan potenciar el aceleramiento de la cobertura vegetal".
En cuanto a estructuras y casas que fueron habitables se comprobó que materiales, supuestamente resistentes, como el concreto, ceden ante la acidificación y el efecto de los rayos ultravioleta.
Fue posible constatar que paredes de cemento se tornan quebradizas al tacto y la madera muestra signos de erosión física. Lo que fueron paños fértiles de papas y hortalizas, al menos para consumo propio, ahora yacen bajo varios centímetros de una capa de ceniza y sedimento endurecida que probablemente tome muchos años a la acción natural del tiempo en revertir.
Durante la noche del 29 de octubre de 2014, el volcán hizo una de las erupciones más grandes de su historia. El evento, que duró 25 minutos, fue suficiente para llevar una importante cantidad de ceniza a comunidades del sureste del Valle Central.
Pese a que el incremento en la actividad interna del volcán se produjo desde 1996, fue a partir de la erupción de ese octubre que se abrió un nuevo período –que se mantiene hasta la fecha- caracterizado por ciclos más activos que otros. La actividad volcánica vista en los últimos años tiene razón en un ascenso de magma a lo interno del macizo.




