Los “sayayines”: así son los jóvenes e inexpertos sicarios criollos
Les llegan a pagar hasta ¢3 millones por un asesinato
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En la jerga de la calle, las agrupaciones narcotraficantes que se disputan a punta de bala y sangre las plazas de narcotráfico local encuentran en los "sayayines" a sus principales colaboradores para mantener en raya a los rivales.
No se trata de la raza de guerreros que protagoniza la serie animada Dragon Ball. No. Ese es el nombre que recibe el brazo armado de las bandas de narcotraficantes. Ellos son los asesinos detrás del baño de sangre en las calles. Al punto de convertir el 2017 en el año más violento de la historia, con 603 asesinatos.
Como cualquier empresa, están en una especie de ‘planilla'. Reciben salarios mensuales por sus acciones. La actividad laboral va más allá de matar: amenazan y amedrentan a rivales, cobran dinero para organizaciones y custodian droga.
De hecho, hasta reciben bonos (como viajes o pagos extraordinarios) según las actividades que ejecuten.
"Son muchachos muy jóvenes. Algunos son menores próximos a ser mayores o andan en el rango entre los 18 y 30 años. Forman parte de la 'planilla' del grupo y se caracterizan por ser más osados, violentos y con capacidad básica para utilizar armas", señala Michael Soto, jefe de la Oficina de Planes y Operaciones (OPO) del Organismo de Investigación Judicial (OIJ).
Inexpertos al gatillo, influenciados por novelas
Los sicarios ticos tienen poca preparación. No son adiestrados. Eso se nota cuando fallan en los objetivos o asesinan a personas inocentes. Hubo casos recientes, como el crimen de un mecánico inocente en Cartago, ocurrido en febrero de 2016.
Pese a que el país vive su pico homicida más alto, la preparación de los gatilleros – de momento – no ha escalado a niveles de profesionalización.
Por ejemplo según la policía, los tiroteos donde se dispara mucho son señal de que los sicarios no son profesionales. Necesitan disparar indiscriminadamente para impactar al blanco. Por eso en escenas se recolectan hasta 30 casquillos.
Más que un aprendizaje profesionalizado, se valen de la osadía y de la sed de poder para trabajar en el brazo armado del grupo.
"Son torpes. Disparan indiscriminadamente, si tienen que herir a otra persona lo hacen, se equivocan de víctima, chocan en las huidas por nerviosismo o hasta se disparan entre ellos. Si no los detenemos, van desarrollando un nivel de profesionalización", agregó Soto.
Imitadores de mexicanos y colombianos
El uso de mexicanismos o colombianismos es otra norma en las agrupaciones costarricenses. Términos como "bajar al piso" o "dar papaya" forman parte del vocablo popular que usan los criminales nacionales.
Para la policía judicial esto es una clara influencia de 'narconovelas' o 'narcoseries' que son tomadas como puntos de referencia y modelo de imitación.
"Las podemos acceder por televisión o Internet y explican algunas estrategias (…) El lenguaje utilizado en México o Colombia yo lo encuentro en la calle. Creen que usar colombianismos o mexicanismos los hace más rudos", recalca Soto.
Asunto de millones
El OIJ tiene casos documentados donde se pagaron hasta ¢3 millones para que sicarios de organizaciones cometieran asesinatos. Sin embargo las remuneraciones mensuales pueden ir desde los ¢200 mil hasta el ¢1 millón.
Es más, si los gatilleros son detenidos, los líderes de las bandas hasta les envían recursos a la cárcel para sobrevivir o mantienen a sus familiares afuera.
"Y si usted hace un trabajo especial, como la muerte de un rival muy fuerte, el jefe le sigue pagando el salario y le da un bono: más dinero o un viaje a la playa con la familia", agregó el jefe policial.
Lo más preocupante para las autoridades, más allá del crecimiento de los asesinatos, radica en que las personas involucradas son bastante jóvenes.
Para los 'sayayines' hay 2 caminos a los 30 años: la muerte o la cárcel. No hay más allá.

