¿Es usted de los que piensan con la amígdala?
En la amígdala nacen las emociones más primitivas

José Alonso Romero, de 39 años, falleció en 2013, luego de discusión con otro conductor. (Archivo/CRH).
El 19 de setiembre del 2013 decenas de personas en sus carros vivían la zozobra y desesperación de un embotellamiento en Calle Blancos.
A eso de las 4:26 p.m. un choque menor desembocó en un asesinato que dejó a los espectadores perplejos.
Un hombre a bordo de un Hyundai Tucson chocó por detrás con un Honda CRV, que manejaba José Alonso Romero, de 39 años, chofer del entonces ministro de la Presidencia, Carlos Ricardo Benavides.
Según los testigos, los hombres salieron de sus carros e inmediatamente Romero golpeó en varias ocasiones a otro conductor, un adulto mayor de 65 años. Este último a como pudo se levantó y sacó un arma de fuego de la guantera e impactó en la frente a su agresor, quien murió de inmediato.
Hace una semana, un par de conductores decidieron "solucionar" sus diferencias luego de un choque, a golpes. La pelea quedó registrada en videos captados por testigos.
Estas situaciones son cada vez más comunes, ¿a qué se debe?
¿La culpa es de la amígdala?
María Emilce Pessoa, psiquiatra de la Clínica Bíblica, explicó que el cerebro humano de la edad primitiva era más pequeño. El mismo contaba con la amígdala, donde se regulaban los sentimientos y emociones básicas del ser humano: el miedo, la ansiedad, el enojo y la alegría.
"Una vez que los neandertales evolucionaron al Homo sapiens apareció el segundo cerebro o cerebro nuevo, con los lóbulos y otras funciones del cerebro como el planeamiento, la prudencia, la comprensión y el trabajo en equipo", dijo Pessoa.
Pero la amígdala se mantiene… Precisamente la amígdala y los lóbulos se encargan de conectar la información entre el ‘cerebro viejo' y el ‘cerebro nuevo', "esa conexión es para que uno medite, para que uno planifique y sea prudente", explicó la psiquiatra.
Cuando no funciona
Según Pessoa, la salud mental y física son vitales para su buen funcionamiento.
"Hay dos tipos de personas. La primera, es la que por una enfermedad médica o psiquiátrica va a reaccionar a pura amídgala, sin enviar la información a los lóbulos para procesarla. Estos pueden ser quienes sufrieron un derrame cerebral, un trauma craneoencefálico, epilepsia moderada, personas que usan tóxicos (inhalantes, marihuana y cocaína), y, los que usan licor sobre todo", explicó la psiquiatra.
El segundo tipo de persona -según la especialista- es aquella que tiene un proceso demencial, que tengan retardo mental, que nacieron con una enfermedad mental o de ciertas enfermedades físicas:
Aprenda a pensar
Alejandro Fernandez, director de Phocus Branding, explica que muchos de nosotros tomamos decisiones cuando estamos asustados, basadas en la amígdala.
"Esa área del cerebro generalmente nos hace tomar tres tipos de decisiones: nos hace correr, pelear o quedarnos paralizados. Entonces, ninguna de las tres es necesariamente buena", aseguró Fernández.
De acuerdo con él, uno debería hacer un esfuerzo para pensar con el lóbulo prefrontal, que es el área del cerebro que permite planificar adecuadamente.
Para el experto, las personas deben aprender a detectar si la decisión que están tomando es solo emocional o si verdaderamente hay razones fuertes para tomarla. Lo segundo es si hay personas alrededor con las que se pueda compartir el pensamiento y debatir.
¿Y si la amígadala me secuestra?
Daniel Goleman, autor de los libros "La Inteligencia Emocional y otros relacionados, señala que las personas a veces sufren de una especia de explosión emocional que sobrepasa todos los límites habituales. A eso le llama el "secuestro de la amígdala" que es cuando las emociones nos controlan impidiendo que pensemos con claridad. Es cuando la gente "pierde los estribos", pierde el control y hace cosas "fuera de sí".
Si esto le ha pasado o le llega a pasar, Goleman recomienda una serie de cosas que usted puede hacer:
1.- Observe. Aprenda a determinar cuáles son aquellas cosas que disparan su miedo o emoción extrema. Es fundamental que se conozca a usted mismo: ¿Qué me lleva a perder el control? ¿Qué me saca de mis casillas y por qué?
2.- Busque a una persona que sea capaz de mantener el control emocional en situaciones en que usted lo pierde. Converse con esa persona, comprenda qué es lo que esa persona hace y usted no. Ese es un modelo que usted debe imitar.
3.- El cuerpo siempre da señales: usted comienza a sudar más de la cuenta, tiembla, se agita, se le acelera la respiración, se le seca la boca… ¿Cuáles son esas señales físicas que usted experimenta justo antes de perder el control? Reconózcalas para que pueda aprender a controlarlas.
4.- ¡Deténgalo! Contar hasta diez puede parecerle ridículo pero es muy efectivo. La próxima vez que sienta que va a perder el control, respire profundo, aléjese de la situación y cuente hasta diez. Espere unos segundos antes de actuar o tomar una decisión. Los científicos han determinado que el cerebro necesita de 90 segundos para deshacerse de un estado emocional particular. Aprenda a respirar, a contar y a retomar su paz.
