Depresión en niños: ¿Cómo enfrentarla?

Los cuadros depresivos no son exclusivos de adolescentes o adultos, también pueden presentarse en la niñez. Así lo advirtió la académica Tamara Fuster, de la Escuela de Psicología de la Universidad Nacional (UNA), quien señaló que "la depresión puede suceder en todas las etapas de la vida", aunque sus manifestaciones cambian según la edad.
En niños, los síntomas no siempre se expresan como tristeza. Pueden aparecer más bien como irritabilidad, esto incluye rabietas intensas o reacciones desproporcionadas ante situaciones cotidianas. "Son chiquillos que, de repente, van a tener rabietas fuertes o que van a explotar por cualquier cosa", explicó Fuster.
También se deben observar cambios repentinos en el comportamiento. Por ejemplo, cuando dejan de disfrutar actividades que antes les gustaban. Al tratarse de una etapa asociada al juego, una señal de alerta es la falta de interés en esas dinámicas. A esto se suma baja energía, poco deseo de socializar y tendencia al aislamiento.
Otros indicadores son cambios fisiológicos:
- Alteraciones en el sueño.
- Cambios en la alimentación.
- Dormir en exceso o muy poco.
Una diferencia clave frente a otros grupos etarios es la capacidad de expresar emociones. Los adultos suelen identificar y comunicar mejor lo que sienten. Por su parte, los niños tienen más limitaciones en su lenguaje emocional.
Fuster también subrayó la importancia de distinguir entre tristeza y depresión. La tristeza es una emoción básica y normal que puede surgir, por ejemplo, ante la pérdida de una mascota. Sin embargo, suele ser pasajera y no extenderse más allá de dos semanas.
Si después de ese periodo persisten manifestaciones como enojo, irritabilidad o falta de energía, podría tratarse de un cuadro depresivo.
Las causas son diversas: incluyen predisposición genética y factores de crianza. La falta de un vínculo seguro con los padres puede influir. En contextos donde ambos trabajan, fortalecer ese lazo emocional resulta clave.
La depresión también puede mantenerse por distorsiones cognitivas, es decir, pensamientos extremos o absolutos. Por ejemplo, cuando un niño cree que no sirve para nada si falla en una tarea específica.
A esto se suman factores externos, tales como la presión académica, cargas excesivas y el acoso escolar.
El entorno social también influye. Por ejemplo, la inseguridad limita los espacios públicos para el desarrollo infantil y la exposición a contenidos violentos puede afectar la estabilidad emocional.
¿Qué pueden hacer los padres?
Fuster recomienda permitir que los niños expresen sus emociones sin ser juzgados. También sugiere demostrar afecto mediante el contacto físico, como abrazos o muestras de cariño.
La paciencia es clave, por lo que los adultos deben intentar comprender qué hay detrás de la irritabilidad.
También es importante mantener rutinas saludables. Respetar las horas de sueño y promover una alimentación balanceada ayuda. Actividades relajantes antes de dormir, como contar cuentos o un baño tibio, pueden ser útiles. Asimismo, practicar ejercicio físico contribuye al bienestar.
El contacto con la naturaleza es otro elemento positivo. "Se ha demostrado que el tiempo de contacto con la naturaleza ayuda ante estados de ansiedad o depresión", indicó la especialista. Por ello, recomienda organizar paseos familiares.
Finalmente, la atención profesional debe considerarse si los síntomas se prolongan o empeoran. La alerta es inmediata si el niño habla de muerte, expresa que no quiere ser una carga, regala sus pertenencias o se autolesiona. En esos casos, se requiere intervención especializada sin demora.