¿Por qué Líbano está en el centro de la guerra en Medio Oriente?
Si tiene solo unos segundos, lea estas líneas:
- La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán detonó una escalada en Líbano tras la respuesta de Hezbolá, desatando una guerra que deja más de 1.000 muertos y cerca de un millón de desplazados.
- La fragilidad estructural del país —marcada por divisiones sectarias, crisis económica y debilidad estatal— lo convierte en un escenario clave del choque entre potencias regionales.
- El conflicto amenaza con agravarse: aumenta el riesgo de violencia interna y de una expansión regional que podría aislar aún más a Líbano y llevarlo al colapso.
En medio de la ofensiva que sacude Medio Oriente, Líbano se convirtió en uno de los principales campos de batalla. La ofensiva que Estados Unidos e Israel lanzaron a finales de febrero contra Irán arrastró al país a una espiral de violencia que ya deja más de 1.000 muertos y cerca de un millón de desplazados.
La situación genera una fuerte alarma internacional. No solo por la magnitud de la crisis humanitaria, sino porque la fragilidad interna de Líbano y su ubicación lo colocan en el centro de un choque entre potencias regionales.
El detonante del caos y el fin de la tregua
La escalada se desencadenó el 28 de febrero, cuando la campaña militar de Estados Unidos e Israel causó la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei. El 2 de marzo, el grupo miliciano libanés Hezbolá respondió con el lanzamiento de misiles contra el norte de Israel y rompió el frágil alto el fuego vigente desde noviembre de 2024.
Israel reaccionó de inmediato con una ofensiva a gran escala. Las Fuerzas de Defensa de Israel intensificaron los bombardeos sobre bastiones de Hezbolá en el sur del país y en los suburbios de Beirut, y avanzaron con operaciones terrestres.
En pocos días, la violencia dejó más de 1.000 muertos, entre ellos cientos de mujeres y niños, y obligó a huir a una quinta parte de la población. Las ciudades y carreteras colapsaron en un país que ya operaba al límite.
Un país fracturado en una geografía estratégica
Para entender el papel de Líbano, resulta clave su ubicación y su tejido social. Limita al sur con Israel y al este y norte con Siria, y durante décadas funcionó como escenario de disputas entre actores externos.
Su sistema político se basa en un reparto del poder entre comunidades religiosas: cristianos, musulmanes chiitas y sunitas, y drusos. Este equilibrio sostiene la gobernabilidad, pero también alimenta tensiones persistentes.
La guerra civil de 1975 a 1990 dejó heridas profundas que aún marcan al país. A esa fragilidad se suma una crisis económica que se agravó desde 2019, la explosión del puerto de Beirut en 2020 y la presión de acoger a la mayor proporción de refugiados per cápita del mundo: unos 1,5 millones de sirios y medio millón de palestinos.
En este contexto de parálisis institucional, la guerra acerca al Estado a un posible colapso.
Hezbolá: poder armado y actor político
Hezbolá es el actor central dentro de Líbano. No es un grupo marginal, sino una organización política, social y armada con fuerte arraigo en la comunidad chiita.
Surgió en la década de 1980 como respuesta a la invasión israelí del sur del país y con el tiempo desarrolló una capacidad militar superior a la del ejército nacional.
Irán financia, entrena y arma al grupo a través de su Guardia Revolucionaria. Hezbolá actúa como pieza clave del llamado "Eje de la Resistencia", alineado contra Israel y Estados Unidos.
Al atacar a Israel en marzo tras la muerte del líder iraní, la organización priorizó su alianza con Teherán y arrastró a Líbano a una guerra de gran escala.
Límites del poder estatal en Líbano
Israel busca desmantelar la infraestructura de Hezbolá y empujar a sus combatientes al norte del río Litani para asegurar su frontera. Sin embargo, crece el temor de que estas operaciones apunten a establecer una zona de amortiguamiento permanente o a dejar el sur del país devastado y deshabitado, en paralelo con lo ocurrido en Gaza.
El Estado libanés, por su parte, asumió una postura más firme contra Hezbolá. El primer ministro Nawaf Salam y el presidente Joseph Aoun condenaron las acciones del grupo, declararon ilegales sus actividades militares y exigieron su desarme.
Sin embargo, el problema es estructural. El ejército carece de capacidad y cohesión para imponer esa medida sin provocar una ruptura interna.
El riesgo de una escalada mayor en Líbano
El panorama inmediato es crítico. A nivel interno, el desplazamiento de cerca de un millón de personas —en su mayoría chiitas— hacia zonas de otras comunidades eleva el riesgo de violencia sectaria.
El temor a nuevos bombardeos en áreas que hasta ahora se mantenían al margen alimenta la desconfianza y deteriora la convivencia.
En el plano regional, el conflicto se expande. Irán amplió sus ataques hacia bases estadounidenses en países del Golfo, como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita.
Esto cambia el equilibrio. Las potencias del Golfo, que antes financiaban la reconstrucción libanesa, ahora se perciben como objetivos militares y descartan el apoyo económico.
Atrapado entre la presión externa y sus divisiones internas, Líbano enfrenta uno de los momentos más críticos de su historia reciente, con el riesgo real de una fragmentación profunda y duradera.
