¿Por qué el estrecho de Ormuz es clave en la crisis entre EE. UU., Israel e Irán?

Si tiene solo unos segundos, lea estas líneas:
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El estrecho de Ormuz es la única salida del golfo Pérsico hacia mar abierto y por allí circula cerca del 20% del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado. En su punto más angosto mide apenas 33 kilómetros, con corredores de navegación de unos tres kilómetros por sentido, lo que lo convierte en el principal cuello de botella del comercio energético global.
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Tras las operaciones de Estados Unidos e Israel contra Irán, las amenazas y ataques en la zona elevaron el riesgo para buques comerciales. Teherán no necesita cerrar formalmente el paso: advertencias, retenciones o sabotajes bastan para disparar seguros, frenar navieras y sacudir los mercados.
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Una interrupción parcial puede empujar el petróleo por encima de los $100 el barril, encarecer fertilizantes —de los que un tercio transita por esa ruta— y disparar los costos de transporte. El efecto dominó se traduce en gasolina más cara, alimentos más costosos y nuevas presiones inflacionarias en todo el mundo.
Las alarmas de la economía mundial se encendieron tras el inicio de operaciones militares a gran escala de Estados Unidos e Israel contra Irán. La tensión se concentra en un punto estratégico del mapa: el estrecho de Ormuz, una franja de mar por donde circula buena parte de la energía que mueve al planeta.
Las amenazas de la Guardia Revolucionaria iraní y los ataques a buques comerciales obligaron a cientos de navíos a detenerse en mar abierto. El temor paraliza el tránsito en una de las rutas más sensibles del comercio global.
Lo que allí ocurra no queda aislado en Medio Oriente. Un bloqueo o incluso una interrupción parcial puede encarecer la gasolina, elevar el precio de los alimentos y reavivar la inflación en todo el mundo.
El embudo del mundo
El estrecho de Ormuz es un canal marítimo angosto. Constituye la única vía de salida del golfo Pérsico hacia el golfo de Omán y conecta con el mar Arábigo. En su costa norte se ubica Irán. En el sur, el sultanato de Omán.
Su relevancia se explica por su tamaño. En el punto más angosto mide unos 33 kilómetros. Las rutas de navegación seguras para los grandes buques apenas alcanzan tres kilómetros por cada sentido. Esa estrechez lo convierte en el principal cuello de botella energético del planeta.
Por esas aguas transita cerca del 20% del suministro mundial de petróleo y una quinta parte del gas natural licuado. Cada día circulan entre 15 y 20 millones de barriles de crudo. Países productores como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak dependen de esa ruta para abastecer, sobre todo, a Asia. Catar envía casi todo su gas por ese paso.
Las alternativas resultan escasas. Los oleoductos y rutas terrestres no cubren el volumen que mueve el transporte marítimo.
Un tablero geopolítico permanente en Ormuz
El control de Ormuz concentra tensiones desde hace décadas. Estados Unidos, Irán y varios países árabes disputan influencia en la zona. Para proteger el tránsito comercial, Washington mantiene la Quinta Flota de la Armada en Bahréin.
En escenarios de alta tensión, Teherán utiliza el estrecho como herramienta de advertencia. Un cierre total dañaría su propia economía y afectaría sus exportaciones hacia China, su principal socio comercial. Sin embargo, no necesita un bloqueo formal para generar inestabilidad.
Interferencias en sistemas de navegación, disparos de advertencia, retenciones de buques o colocación de minas elevan el riesgo. Las aseguradoras reaccionan con primas más altas o cancelaciones de cobertura. Ese solo factor encarece el comercio mundial.

El impacto en el bolsillo de Ormuz
Una paralización prolongada en Ormuz genera un efecto dominó. Tras los ataques recientes, el petróleo subió cerca de un 10%.
Sin embargo, el impacto no se limita al combustible. Por el estrecho circula un 33% de los fertilizantes del mundo, esenciales para la agricultura, y la región también exporta millones de toneladas de plásticos.
Cuando la ruta se vuelve insegura, grandes navieras suspenden operaciones o desvían sus barcos para rodear África. El trayecto suma miles de kilómetros y varias semanas. El costo de los fletes aumenta y los retrasos afectan a las cadenas de suministro.
Finalmente, el resultado llega a los consumidores: precios más altos en energía, alimentos y bienes importados.