¿Hay una transición democrática en Venezuela? Las señales a un mes de la caída de Maduro
Si tiene solo unos segundos, lea estas líneas:
- La caída de Nicolás Maduro no derivó en una transición clásica, sino en una intervención selectiva: Estados Unidos descabezó el poder político, pero mantuvo intacta gran parte del aparato chavista. El gobierno interino de Delcy Rodríguez opera bajo tutela externa, con soberanía limitada y sin una ruptura institucional clara.
- El cambio más tangible es económico, no político. La apertura del sector petrolero y el control externo de los ingresos apuntan a la estabilización y a los intereses energéticos globales, mientras las reformas democráticas avanzan de forma lenta, condicionada y reversible.
- En derechos humanos y vida política persiste una zona gris: excarcelaciones parciales, oposición fragmentada, fuerzas armadas intactas y una sociedad atrapada entre la expectativa y la desconfianza. Venezuela ya no vive una dictadura cerrada, pero tampoco una democracia en construcción, sino un modelo híbrido cuyo desenlace sigue abierto.
La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un antes y un después en la historia reciente de Venezuela. La imagen de un helicóptero que trasladaba a Nicolás Maduro a un tribunal federal en Estados Unidos, tras la llamada "Operación Determinación Absoluta", sacudió un sistema que parecía inamovible. Un mes después, la euforia inicial dio paso a una realidad más compleja, matizada y, por momentos, confusa.
Maduro ya no duerme en el Palacio de Miraflores, pero la estructura del chavismo sigue en pie. En su lugar, surgió un gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez, bajo una vigilancia estricta de Washington. Este escenario abrió un debate urgente entre analistas y ciudadanos: ¿vive Venezuela una transición real hacia la democracia o enfrenta una reconfiguración del autoritarismo bajo tutela estadounidense?
Estas son las principales señales políticas, económicas y sociales que marcan este periodo de incertidumbre.
Un poder bajo tutela: la paradoja de Delcy Rodríguez en Venezuela
Lo que ocurre en Caracas no encaja en los modelos clásicos de transición. No hay un colapso institucional como en Irak ni una reforma pactada como en la España posterior al franquismo. Venezuela atraviesa una "intervención selectiva". Estados Unidos descabezó la cúpula del poder, pero preservó de forma temporal el aparato estatal chavista para evitar el caos.
Delcy Rodríguez, antigua figura clave del madurismo, ejerce una presidencia encargada con una contradicción central. Mantiene la retórica y gran parte de los funcionarios del viejo régimen, pero ejecuta una agenda definida desde Washington. La llegada de Laura Dogu como enviada diplomática y los encuentros de alto nivel con la CIA confirman un margen de soberanía limitado.
Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, presentó un plan por etapas: estabilización, recuperación económica, reconciliación y transición. Aun así, la permanencia de Rodríguez y del sistema judicial chavista alimenta dudas. Para diversos analistas, no puede hablarse de transición sin una oposición interna capaz de imponer condiciones.
La apertura económica: el cambio más visible
El giro más acelerado se observa en el sector petrolero. En pocas semanas, el gobierno interino revirtió décadas de nacionalismo energético. Una nueva Ley de Hidrocarburos permite a empresas privadas, en especial estadounidenses, operar y vender crudo sin pasar por el monopolio de PDVSA.
Este pragmatismo responde a la urgencia económica. Tras años de contracción severa, el país necesita liquidez inmediata. Sin embargo, el control de los recursos sigue en manos externas. Los ingresos no van a las arcas del gobierno interino. Entran a cuentas supervisadas por el Departamento de Energía de Estados Unidos, con destino oficial a programas de asistencia humanitaria.
Este esquema apunta a una transición con énfasis económico más que político. El riesgo, radica en consolidar un modelo que combine liberalización de mercado con restricciones políticas, orientado a la estabilidad y a los intereses energéticos globales, sin una restauración plena de la democracia.
Presos políticos y límites de la "libertad" en Venezuela
La situación de los derechos humanos ofrece el indicador más sensible del cambio. La administración de Rodríguez inició un proceso de excarcelaciones que suma más de 300 liberados. Pese a las cifras, organizaciones y familiares describen un proceso lento y poco transparente.
Las liberaciones no son plenas. Ocurren en su mayoría de noche. Muchos excarcelados quedan en zonas alejadas y bajo medidas cautelares que limitan su movilidad y su expresión pública. No hay indultos generales, sino cambios de medidas judiciales. Además, el proyecto de Ley de Amnistía General genera escepticismo. Excluye delitos graves y podría dejar fuera a personas acusadas de terrorismo sin pruebas. Organizaciones de derechos humanos temen que la norma también sirva para proteger a represores.
Hasta ahora, las excarcelaciones parecen más un gesto para cumplir exigencias mínimas de Washington que una convicción democrática del gobierno interino.
El dilema de la oposición y de la sociedad
Mientras las élites negocian, la sociedad venezolana oscila entre una esperanza prudente y el escepticismo forjado tras años de frustración. La vida cotidiana sigue marcada por la crisis. El Fondo Monetario Internacional proyecta una inflación severa para 2026. La inseguridad persiste en territorios dominados por bandas criminales que desafían al nuevo poder.
En el plano político, la oposición enfrenta el reto de unificarse. María Corina Machado, reciente ganadora del Premio Nobel de la Paz y fortalecida tras reuniones con Donald Trump, expresó disposición a dialogar con Delcy Rodríguez solo para acordar un cronograma de transición. Aun así, califica al actual gobierno como una "mafia". Otros sectores, cercanos a Henrique Capriles, apuestan por cambios graduales desde las instituciones vigentes.
La devastación económica y el rol de unas fuerzas armadas que no se reconocen derrotadas ni aceptan un mandato opositor agravan el escenario.
La pregunta central sigue abierta. ¿El proceso desembocará en elecciones libres o derivará en una estabilidad autoritaria funcional al mercado energético?
Un mes después de la caída de Maduro, Venezuela transita por una zona intermedia. Ya no vive bajo una dictadura cerrada, pero tampoco alcanzó la democracia. Se mueve en un terreno híbrido, donde el desenlace depende de la presión internacional y, sobre todo, de la capacidad de los actores internos para transformar esta apertura forzada en instituciones duraderas.
