Los ninguneados
El problema más sensible del costarricense es hoy, en esencia, no sentirse representado en ese poder que delega cada cuatro años en sus gobernantes.
Desde que el Estado fue convertido por estos en centro comercial, la institucionalidad en mercancía y las leyes en bienes de compraventa, el ciudadano común perdió la confianza y credibilidad en su sistema político.
El Estado nos dejó solos, huérfanos y sin ningún poder como población desde que, al dilapidar la riqueza nacional en el pago de privilegios, caridades y egos políticos y gremiales, desatendió como nunca antes sus deberes y obligaciones con el país.
Sobre todo, se desentendió de la defensa de los derechos más elementales del ciudadano común.
Porque está bien, digamos, que al jerarca honesto, eficaz y productivo se le premie, contra resultados, por sus servicios al país, pero jamás al revés, como sucede aquí, que se le conceden todos los honores por adelantado y sin merecerlos.
Y claro, ya una vez bien pagado, comido y bebido, ni a cañonazos lo harán trabajar, prueba de lo cual es ese descomunal rezago y deterioro en obras y servicios que hoy nos estraga.
Esto explica en parte la zozobra que el electorado nacional está viviendo a muy pocos días de la segunda ronda para escoger al próximo presidente de la república.
Y explica también la súbita aparición en escena de candidatos rara avis que de la misma manera que exacerban la rebeldía de los sectores antisistema, aterrorizan al electorado convencional.
Sea como fuere, el ciudadano común tiene cada día más claro que el interés del candidato por él acaba en el mismo instante de votar y que, en consecuencia, la cacareada democracia no es nunca suya sino del político.
Porque no la vean así de casta y pura, pero la democracia es también capaz de engendrar monstruos.
Como el de las bacanales de los supremos poderes a cuenta nuestra, el de las multimillonarias estafas de sus amigos empresarios a la banca estatal y el de los silencios presidenciales opacos que ultrajan la soberanía institucional y la dignidad del ciudadano.
¿Será el marketing espiritual el próximo invitado a este espléndido aquelarre?
Por eso nos sentimos hoy tan escépticos. No solo perdimos al Estado como motor de desarrollo sostenible y guardián de nuestros valores como sociedad sino que se nos convirtió en enemigo común, en fuente de inestabilidad y hasta en agente del terror.
De ahí nuestra impotencia como sociedad y como individuos. Mientras nuestra sociedad se atomiza en minipartidos apostándole a la política para medrar de los despojos que dejan las élites, el individuo parece condenado a valerse por sí mismo, donde pueda y como pueda, en un medio espeso y hostil.
Dije hace poco aquí que en este país el futuro había dejado de ser el hábitat natural de la esperanza, pero la reciente elección de Emilia Navas como Fiscal General ha sido la chispa reveladora de que no todo aún parece perdido.
¿Por qué entonces no aprovecharla para encender con ella el nuevo amanecer que tantos anhelamos eligiendo este primero de abril un gobierno de unidad nacional?