Los Devaneos Amorosos de Tolomeo (III)
Como pudimos ver, después de unas pocas salidas clandestinas, el gran Tolomeo formalizó su noviazgo con Rosita, para vergüenza de su hijo Joselito.
Los dardos se enfocaron en el pobre muchacho. Tolomeo, el feo, era el novio de su madre. ¡Qué color! Solo faltaría que llegara a ser su padrastro. Tal fue su vergüenza, que pidió que lo cambiaran de Liceo. Lo del priapismo del profesor podía ser interesante para las féminas, pero era motivo de burla de sus compañeros. Vamos, que si hubiera un termómetro que midiera el nivel de "bulling" que tenía que soportar, rompería todos los récords del sistema educativo.
Y los que no conocían de la maravillosa enfermedad del profesor, no podían imaginarse como ese esperpento había podido ligarse a la madre de Joselito. Pero, ya ven, la suerte de la fea, la bonita la desea. Como estamos en tiempos de inclusión de género, se me perdonará que cambie por un momento el género del gran Tolomeo.
Al principio, Rosita lucía encantada. Llegó a decir que tenía colesterol, pues desayunaba huevos con salchichón en la mañana y lo mismo por la noche. Y claro, en el inicio de cualquier relación eso puede parecerse al paraíso terrenal, pero con el tiempo hasta la belleza cansa. Bueno, lo de la belleza es una metáfora más que desproporcionada, porque ya sabemos que el tipo no era ningún Adonis.
Pasados unos meses, comentando el tema con Carmencita, y viendo que ella se extrañaba de la quejadera de Rosita, esta última le recordó que a ella le encantaba la langosta, pero que si la tenía que comer todos los días, terminaría vomitándola. Carmencita entendió la metáfora, pero siguió indagando con admiración sobre los devaneos del profesor.
"Nada que admirar amiga, el tipo no tiene límite. Hasta he pensado recomendarle volver a visitar al Daisy Flowers, a ver si se sacia el gran cabrón".
"Bueno, amiga mía, si algún día querés descansar, mandámelo a mi casa. Bien me caería una limpieza de cañerías".
"Qué cochina que sos", le contestaba estupefacta la pobre de Rosita.
Y así pasaron los días y las semanas. En la calle y en el Liceo, Tolomeo se movía como Pavo Real avistando una Pava en celo, aunque seguía caminando con la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón bombacho con dos o tres pretinas.
Porque además era cierto que volvió a las andanzas en el Daisy Flowers y en el Ídem. Como dicen: perro que come hocico, ni quemándole los huevos. ¿O era al revés?
Los devaneos del profesor bajaban la carga amorosa con Rosita (el "canchis canchis" casero bajaba un poco), pero los comentarios del Barrio Luján, donde vivía la susodicha, eran cada vez más insoportables. A tal punto llegaron, que la pobre de Rosita se atrevió un día a plantarle cara al mismo Tolomeo, cuando estaba recostado en la hamaca del jardín: "Ramón, ya no soporto más, soy la comidilla del barrio, paso limpiando tus desórdenes y cocinando ajeno para llegar a fin de mes, porque tus gastos con las zorras del Daisy Flowers superan la cochinada que te pagan en el Liceo". Y terminó sentenciándolo: "Te voy a dejar". Pero no parecía que fuera con él. Frente a menuda retahíla, el gran profesor apenas alcanzó a levantarse para orinar el arbolito del jardín. Al verlo, la pobre de Rosita le pidió perdón por sus exabruptos: "¡Qué tonto mi Tolomeo, creyéndole a esta tonta de Rosita!"
Comprenderéis entonces que la cosa no andaba muy bien. Bueno, talvez "la cosa" sí andaba bien, pero no la relación. Una cosa es una cosa y la otra es algo diferente. Ustedes me entienden.
La enfermedad y el tamaño del instrumento, habían convertido al gran Tolomeo en un tipo más que engreído. De hecho, en un viaje de "luna de miel" sin papeles firmados (no se casaron nunca, para más señas), al inicio de su relación, se fueron varios días a un hotelito en Jacó. El caso es que no salieron de la habitación. Al tercer día bajaron al restaurante. El mesero le preguntó a Rosita: "¿Algo desea la señora?". "Ay, mi esposo sabe lo que a mí me gusta", contestó tímidamente. Y el gran petulante agregó: "Sí, mi amor, pero también hay que comer".
La pobre de Rosita, no sabía dónde meterse y no por el farol de llamarlo esposo, sino por el farol que se echó el engreído.
Y pasaron las semanas y los meses. Joselito se cambió de centro educativo y se fue a vivir con su abuela. Rosita se sentía atrapada en una telaraña. Ya lo decía Mecano: "cuanto más me cura, al ratito más me escuece, porque amar es el empiece de la palabra amargura…"