Esta es la historia de una vieja platuda y de sus amores con un cura
El paso del tiempo cubre con un velo del silencio hechos de los que nadie quiere acordarse

Se equivoca si cree que solo en la realeza europea hay historias de deslices e infidelidades.
Si usted se mete de cucharilla a escribir cuentos y hacer genealogías sepa y entienda que le van a decir pestes, desde borracho y drogadicto -como me pasó esta semana aquí en CRHOY- hasta malparido y saprissista, como le han gritado a personajes políticos de mucha alcurnia y pedigrí.
Indica la prudencia que lo mejor sería estarse calladito más bonito, machete estate en tu vaina, y no andar buscando lo que a uno no se le ha perdido, ni metiéndose en camisas de once varas ni de ninguna otra talla.
Pero como dice el sabio refrán, perro que come hocico… Uno sigue de necio y majadero escarbando historias ajenas y averiguando vidas y milagros en los viejos papeles de los archivos.
Asunto ingrato, porque a nadie le gusta que le digan que su apellido es falso, que tuvo tatarabuelos o tatarabuelas de cascos demasiado alegres, algo flojos de rabadilla, de costumbres o amores poco recomendables, que dejaron descendencia no reconocida por aquí o por allá.

El autor es un periodista retirado aficionado a la genealogía.
Nadie se libra de estos chismes y comentarios, ciertos o inventados, ni las casas reales de Europa donde algunos reyes no llevan el apellido de su plebeyo antepasado genético, ni mucho menos nosotros los simples peatones de esta Costa Rica de paz y concordia, donde hay muchos Alfaro que pueden ser Cháves, Matamoros que tal vez son Chacón, Bolaños que deberían ser Álvarez, Rojas que en realidad son Rodríguez, Vargas que a la larga son León, y ni para qué seguir.
Nuestro ADN estará digitalizado
Por dicha las ciencias genéticas avanzan que es una barbaridad y apenas se abaraten y agilicen los exámenes de ADN vamos a llevar nuestros cromosomas digitalizados en la mismísima cédula de identidad que nos da el Registro Civil.
Por supuesto que va a haber tremendas sorpresas: cuernos que no se conocían, aunque se sospecharan, deslices que se habían tapado por siglos con piadoso disimulo, paternidades ocultas y hasta maternidades secretas.
Por fin, el misterioso "clis de sol" del cuento de don Manuel González Zeledón (Magón) va a quedar expuesto a la indiscreta luz del día y abierto a los cuatro vientos.
Este cuento es un botón para la muestra
En "el valle de Aserrí" -que podría ser casi cualquier lugar entre el río Virilla y los cerros de Ochomogo- muere el 6 abril 1754 una vieja platuda, doña Francisca Bonilla. En su testamento dice que enviudó tres veces y que no tiene hijos ni herederos forzosos, y deja entonces todos sus muchos bienes, esclavos, ganados y propiedades "para la salvación de su alma" o sea, para pagar misas de difunto.
Al abrirse la mortual en Cartago, aparece un joven, José Antonio González Palacios, herediano, quien alega tener derecho a parte de los bienes, por ser "nieto" de la difunta.
Los albaceas de doña Francisca se oponen de inmediato a las pretensiones y reclamos de José Antonio y este presenta testigos que dicen que sí, que la Bonilla cuando soltera tuvo un desliz con un eclesiástico, don Manuel González Coronel, que de ese "punible coito" nació una criatura que sería conocida como Manuela Palacios, porque la Bonilla la regaló apenas recién nacida a una familia Palacios.
Manuela Palacios (en realidad Manuela Gonzáles-Coronel Bonilla) crecería y casaría luego con el herediano Juan González y de esa unión nació José Antonio.
A José Antonio no le fue nada bien con sus reclamos en Cartago –"con la iglesia topamos, Sancho"– y al final tuvo que renunciar a sus derechos y regresar a Heredia con el rabo entre las patas y sin un cinco de la herencia que le correspondía.
Es probable que todavía queden muchos descendientes tanto de este José Antonio González Palacios -nieto del padre González Coronel- como de otro José Antonio, conocido en Cartago como José Antonio Coronel, hijo natural, este sí reconocido por el cura, bautizado en 1730.