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Picnic 2026: 10 apuntes de un festival entre el selfie y el VIP

En Pedregal convivieron varias versiones del mismo festival Picnic: el del que canta, el que se graba, el que observa desde arriba y el que todavía va a escuchar. Todas ocurrieron al mismo tiempo.

Por Víctor Fernández G. | 23 de Mar. 2026 | 5:01 am

Simple Plan en el Festival Picnic 2026. Foto: Cortesía David Chacón.

Algo cambió en la forma en que vivimos los conciertos masivos. Durante años, la lógica fue sencilla: miles de personas mirando en una misma dirección, conectadas por la música. Hoy, en espacios como el Festival Picnic, esa relación empieza a fragmentarse. El escenario sigue ahí, pero ya no siempre es el foco de la atención.

La segunda fecha de la edición 2026 del ya establecido festival de la productora Jogo, celebrada este sábado 21 de marzo en Pedregal, evidenció todo eso. Entre celulares en alto, selfies con el artista de fondo, zonas VIP que elevan la experiencia —literal y simbólicamente— y un cartel que mezcló nostalgia, oficio y tendencia, el Picnic se confirma no solo como el máximo acontecimiento musical del año en Costa Rica, sino como un espejo de cómo consumimos, jerarquizamos y reinterpretamos la música en tiempo real.

1. Cada quien arma su propio festival

En cuanto a lo musical, cada quien termina con su propia versión del festival, según lo que logró ver y escuchar.

Es sabido: para tener un buen espacio frente al artista favorito, toca llegar antes y, de paso, escuchar al que le antecede. En los festivales hay que escoger y sacrificar. No se puede todo. Por eso, la experiencia cambia radicalmente de una persona a otra.

En mi caso, me incliné por el cartel más "adulto": Orishas, Bomba Estéreo, Juanes, Christina Aguilera y Simple Plan. Por eso, poco puedo decir del bloque de reguetón o incluso de Christian Nodal, cuya música, de entrada, nunca me ha llamado la atención.

2. La experiencia de no ponerle atención a la música

Es curioso: para alguien que entendió los conciertos como un acto de comunicación entre el artista y el espectador —en el que el vínculo, al menos en apariencia, es directo y de frente—, acostumbrarse a esta nueva dinámica resulta desconcertante.

Especialmente cuando buena parte del público entra en la categoría de influencer, ya sea por la cantidad de seguidores que acumula en redes sociales o por su aspiración de tenerlos. Entonces ocurre algo revelador: se le da la espalda al artista para ser retratado con el escenario de fondo. La jerarquía se invierte. El protagonista deja de ser quien canta y pasa a ser quien se graba. Importa más el "yo" que el otro, aunque ese otro sea Christina Aguilera o Jhayco.

Igual de curioso es observar a la otra figura del ecosistema influencer, esa que por diseño permanece invisible: la persona que sostiene el teléfono. Puede ser pareja, amistad o incluso un profesional audiovisual, dependiendo del presupuesto y el pedigrí del creador de contenido. No parece el trabajo más agradecido ni glamoroso del mundo, justamente porque el glamour está reservado para quien figura en cámara. Las historias de "asistentes de influencers" bien podrían dar para un libro.

3. El paraíso es de los VIP

Picnic existe, literalmente, en dos niveles.

Uno está a ras del suelo: el de quienes asisten con entradas generales, entre polvo, filas, baños portátiles invivibles y desplazamientos largos. El otro se eleva varios metros sobre esa realidad: las monumentales tarimas de marcas patrocinadoras que ofrecen una vista privilegiada no solo de los escenarios, sino también de la experiencia misma.

Impresiona la complejidad de estas estructuras, capaces de transformar un parqueo, usualmente gris y sin alma, en una especie de mini ciudad vibrante, colorida y aspiracional. Desde los palcos de Jogo, los espacios del imperio Fifco —Tropical, Imperial, Adán y Eva— y el megaplex del BAC, la experiencia es desde lo más alto de la cadena alimenticia del entretenimiento en vivo.

No se trata solo de ver mejor, sino de pertenecer a otro nivel de la experiencia: menos fricción, más comodidad, mejor acceso, otra narrativa. Picnic no solo segmenta al público; lo jerarquiza. Y lo hace de forma visible, sin disimulo.

Al final, no todos viven el mismo festival. Muchos asisten. Otros, los menos, lo dominan desde las alturas.

4. Duelo de escenarios

Tradicionalmente, Jogo distribuye su cartel en tres escenarios: dos gigantescas tarimas al aire libre y una más modesta en la zona techada de Pedregal. Esa disposición no es inocente, pues también establece, de forma bastante clara, la jerarquía de los artistas.

En el que podríamos llamar escenario 1 (Stage Picnic) se concentran los actos más populares y masivos. En esta segunda fecha, eso se tradujo en un bloque vespertino dominado por el reguetón —Juan Duque, Lunay, Jhayco y Mora—, coronado por los dos pesos pesados de la jornada: Christina Aguilera y Christian Nodal.

A espaldas de ese escenario está su hermano "menor", el 2 (Stage Jogo), donde quedaron ubicados artistas que, en otro momento, perfectamente habrían encabezado el principal: Enanitos Verdes, Juanes, Simple Plan y la extraordinaria banda colombiana de fusión Bomba Estéreo.

La geografía también habla. Frente al escenario 1 se levantan los VIP más exclusivos, las tarimas más ostentosas, lo que ya sugiere qué tipo de espectáculo se privilegia desde ahí. Y, sin embargo, fue esa misma tarima la que recibió de frente los embates del viento, añadiendo una capa de dificultad tanto para el equipo técnico como para los propios artistas.

Christina Aguilera lo evidenció en escena, cuando un balandrán que vestía al interpretar Beautiful terminó enredándosele en la cara. "Está ventoso aquí", dijo, visiblemente incómoda, mientras intentaba liberarse de la tela.

A eso se sumó un problema recurrente: la cercanía entre ambos escenarios provocó constantes traslapes de sonido. No era raro que, durante las pausas de un show, se colara el ruido del otro.

5. Orishas: el lujo que llegó tarde

Orishas en el Festival Picnic 2026. Foto: Víctor Fernández G.

Orishas saldó, por fin, su deuda con Costa Rica.

Su debut llegó tarde, después de años de ser un referente del hip hop en español y, al mismo tiempo, un tesoro casi secreto para el gran público local, en buena medida por la escasa promoción que su música ha tenido por estos lados.

Qué grupo tan extraordinario. Musicalmente, el acto más interesante de todo el cartel del Picnic.

Yotuel Romero, desde el rap, y Roldán González, desde el son, sostienen lo esencial de la alineación clásica. Y con ellos basta para activar toda la riqueza de esa mezcla única de hip hop con ritmos tradicionales cubanos: son, rumba, guajira, bolero.

Hay oficio, identidad y una profundidad musical que no abunda en este tipo de festivales.

Su presentación fue contenida en lo político, pero su visita coincidió con un contexto imposible de ignorar: la sorpresiva ruptura de relaciones diplomáticas entre Costa Rica y Cuba anunciada esa misma semana. Incluso, Yotuel sostuvo un encuentro con la presidenta electa Laura Fernández, recordando, por si hacía falta, que la música y la política se cruzan más de lo que nos gusta admitir.

6. Bomba Estéreo: la fiesta como lenguaje

Bomba Estéreo es una banda de estatura mundial. Invitada frecuente de festivales como Coachella y Lollapalooza, la agrupación colombiana fue, al igual que Orishas, una auténtica cátedra de fusión musical dentro del cartel del Picnic.

Li Saumet —vocalista y presencia escénica magnética— y Simón Mejía —multiinstrumentista y productor— convirtieron el atardecer del sábado en un bailongo multitudinario. Su propuesta de electro tropical, ese batido contagioso y sensual que mezcla cumbia, champeta y descargas electrónicas, encontró un terreno fértil en el público.

Hay algo muy físico en su música: no se piensa, se siente. El suyo fue un espectáculo colorido, electrizante y, sobre todo, disfrutable.

Y si bien el carisma de Li Saumet es innegable, lo más interesante del show estuvo, quizá, en un lugar menos evidente: la guitarra de Simón. Un virtuoso discreto, que toca con una suavidad engañosa, pero profundamente efectiva.

Cuando la fiesta es genuina, no necesita explicación.

Bomba Stereo en el Festival Picnic 2026. Foto: Víctor Fernández G.

7. Juanes: Gallo viejo, con La camisa negra mata

Juan Esteban Arístizabal sabe que su prime time ya pasó. Hace 20 años se la jugaba para llenar estadios por su cuenta en Costa Rica; hoy asume, sin drama, su lugar como artista de tercer o cuarto renglón en el cartel del Picnic, subordinado a las estrellas juveniles y urbanas del momento. Es lo que es.

Pero a Juanes no se le verá nunca darse por menos. El de Medellín tomó el escenario y exprimió la energía del público, a punta de rock y pop fusionados con oficio y buen gusto. Su repertorio ya está incrustado en la memoria de varias generaciones y se reconoce desde los primeros acordes, sin necesidad de mayor esfuerzo.

Dos detalles puntuales se agradecen especialmente. Primero, el gesto, cada vez menos común, de tomarse un momento para presentar a todos los músicos de su banda. Segundo, la lección de rock: un medley impecable que hiló a Black Sabbath, Metallica y The White Stripes.

Siempre es un gustazo, Juan Esteban.

Juanes en el Festival Picnic 2026. Foto: Cortesía David Chacón.

8. Christina Aguilera vs el viento

Desde luego tendrá sus fans más fieles, pero Christina Aguilera ya no es ese tipo de artista del que estamos pendientes.

Cuando se anunció su nombre en el Picnic 2026, la reacción fue más bien tibia: "ok, ya que va a estar ahí, pues veámosla". No había urgencia. Incluso pesaban las dudas, alimentadas por reportes de una presentación floja días antes en México.

Y, sin embargo, su show estuvo muy por encima de las expectativas. Aguilera entendió la escala del espacio y lo llenó como correspondía: acompañada por un sólido contingente de músicos, coristas y bailarines que construyeron una atmósfera de cabaret, coherente con su vínculo con Moulin Rouge y el imaginario de Burlesque.

El contraste es inevitable. Por ejemplo, en ese mismo escenario, años atrás —en la edición 2022 del Picnic—, Rauw Alejandro se sintió pequeño, desanimado, incapaz de sostener el peso del formato. Aguilera, en cambio, lo ocupó con autoridad.

Y su voz sigue ahí. A sus 45 años, su registro se mantiene intacto, incluso con más potencia y control que en sus años de irrupción en el pop de la era MTV. Donde más brilló fue en Beautiful, incluso lidiando con el ventolero.

Al final, Christina no solo cumplió: se impuso. Incluso a la naturaleza.

Christina Aguilera en el Festival Picnic 2026. Foto: Cortesía David Chacón.

9. Simple Plan: de Canadá con amor

A diferencia de ediciones anteriores del Picnic, este año el rock en inglés tuvo una presencia mínima. Esa cuota recayó, prácticamente en exclusiva, en la banda canadiense de pop punk Simple Plan, que, pese a haber iniciado su carrera hace casi 25 años, apenas debutó este sábado en suelo costarricense.

No es todos los días que se asiste a un concierto de rock donde las canciones no giran en torno a la angustia o la oscuridad. En el caso de este cuarteto, su música es despreocupada, directa, incluso sencilla, pero no por eso ligera. Simple Plan abraza la vida y la traduce en guitarras, coros pegajosos y buena vibra.

Se les nota el disfrute. Son amigos de toda la vida que siguen encontrando sentido en tocar juntos, lejos de la nieve canadiense y conectando con un público tropical que creció con ellos. La respuesta fue inmediata: un karaoke colectivo.

Uno de los momentos más celebrados llegó cuando intercambiaron roles en escena: el cantante Pierre Bouvier se sentó en la batería, mientras Chuck Comeau tomó el protagonismo al frente. Fue él quien llevó el show al límite: bajó del escenario, se lanzó en stage diving y recorrió toda la barricada chocando manos con el público, en un desborde de energía contagioso.

También hubo espacio para mirar hacia atrás, hacia sus contemporáneos. El medley con All Star (Smash Mouth), Sk8er Boi (Avril Lavigne) y Mr. Brightside (The Killers) funcionó como cápsula del tiempo para toda una generación.

Simple Plan en el Festival Picnic 2026. Foto: Cortesía David Chacón.

10. Logística: cuando el consumo también está curado

En logística, ese otro componente que define la experiencia de consumo. Jogo hace rato tiene la fórmula resuelta. Al punto de que ya no solo organiza conciertos: marca la pauta en la integración entre entretenimiento y mercadeo.

El sistema de pulseras para pagos es el mejor ejemplo. Simplifica la compra de alimentos y bebidas, reduce fricciones y establece una diferencia notable con respecto a otros eventos masivos en el país. Pero además tiene una segunda capa, menos visible y más estratégica: cada transacción genera datos.

Datos sobre qué se consume, cuándo, dónde y en qué volumen. Información que queda en manos de la productora y que puede traducirse en decisiones, ajustes y nuevas estrategias comerciales.

Esto, en grandes festivales norteamericanos, es estándar. Forma parte del modelo. Pero en el contexto local sigue siendo un salto adelante.

Porque Picnic no solo vende entradas. También estudia a su público en tiempo real.

Bonus track: Sin presas, la vida es más sabrosa

Esta semana fue de contrastes en experiencias de entretenimiento en vivo.

El miércoles, quienes asistimos al concierto de Tyler, The Creator en Parque Viva sufrimos la desgastante travesía de varias horas por las deterioradas vías cantonales de La Guácima. El sábado, en cambio, la entrada a Pedregal fue expedita, ordenada y bien gestionada, gracias a un operativo de tránsito visible y eficiente en las calles de Belén.

Las comparaciones son odiosas, pero necesarias. Mientras en el cantón alajuelense la desconexión entre autoridades municipales y recinto fue evidente —no apareció un solo policía municipal en el trayecto entre el aeropuerto y Parque Viva—, en Belén hubo presencia constante de oficiales y personal de producción dirigiendo el flujo vehicular.

Es cierto: no es lo mismo moverse en carro un miércoles, con el peso del trajín laboral, que un sábado. Pero también lo es que, no hace tanto, llegar a Picnic en Pedregal era una experiencia igual de desesperante.

Algo cambió. Y cambió para bien.

Puntos para Belén, para Pedregal y para la organización del festival. Una lección de logística básica que, visto lo visto, todavía no termina de aprenderse en La Guácima.

Simple Plan en el Festival Picnic 2026. Foto: Víctor Fernández G.

Epílogo

Picnic genera sensaciones que van más allá de lo que ocurre frente al escenario.

Mientras ingresaba, de fondo sonaban Enanitos Verdes, en una versión sin Marciano Cantero a la que no tengo corazón para enfrentar. Especialmente duro fue escuchar a lo lejos Luz de día, la canción más sentida del desaparecido roquero argentino. Sin él, aquello, más que disfrute, fue doloroso. Gracias, pero paso.

Más avanzada la noche, los adultos entendimos que nuestro turno había terminado, cuando miles de muchachos se desplazaron hacia la zona techada, donde la fiesta seguiría hasta entrada la madrugada con dos de los nombres más fuertes del cartel: Trueno y Danny Ocean. Uno, que recuerda cuando "Trueno" era apenas un nombre de mascota, sabe que las rodillas ya no están para ese trajín reguetonero y trasnochado.

Camino al carro, a lo lejos, se escuchaba el cierre apoteósico de Christian Nodal, frente a una masa entregada a ese ídolo regional mexicano que divide amores y opiniones. Hubo pólvora, hubo celebración.

Pero para este cronista, el Picnic ya era pasado, como, en buena medida, también lo son los mejores tiempos de varios de los artistas que vine a ver.

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