No me gusta Bad Bunny, pero…
Aceptar lo que logró Bad Bunny en el Super Bowl no es rendirse: es entender por qué emociona a millones y reconocer que, detrás del reguetón, hay identidad, idioma y una historia que también es nuestra.
En octubre del año pasado escribí una reseña no muy favorable del concierto de uno de mis grupos preferidos, Guns N' Roses. En los comentarios en redes sociales, muchos roqueros de vieja guardia (igual que yo) descalificaron mi opinión, algo con lo que no tengo problema. Sin embargo, lo llamativo es que no fueron pocos los que coincidieron en diagnosticar que mi falta de criterio seguramente respondía a que quien escribía era "un carajillo" que solo escuchaba al "Conejo".
El roquero en su versión clásica es antirreguetón. Eso es lo que dice el estereotipo. ¿Cómo alguien que ha matizado el virtuosismo de Hendrix y Van Halen en la guitarra eléctrica, y que ha llevado sus tímpanos al borde de la resistencia con la batería de Slayer y Pantera, puede bajarse al subsuelo de los "Tití me preguntó"? Inconcebible. Y, sin embargo, hoy tenemos a muchos, muchísimos de los que clamaron superioridad intelectual opinando a partir de lo visto y oído en el show de medio tiempo del Super Bowl 2026.
"Empiezo por aclarar que no me gusta Bad Bunny, pero…"
Yo empiezo por aclarar que no es mi caso. Soy roquero, pero desde hace rato le agarré el gusto a lo que hace Benito. No fue fácil al inicio, pues, al igual que mis amigos metaleros, también puse oídos sordos a aquello. De hecho, mi cruzada antirreguetón inició mucho antes de que Bad Bunny dejara de empacar compras en un supermercado de Puerto Rico. Como periodista que escribe de entretenimiento, a inicios de los 2000 fui vehemente en que aquella música caribeña, urbana y atrevida era casi una abominación y le pronostiqué una pronta fecha de caducidad, comparable a la lambada. Hoy sé que aquellas opiniones no solo fueron prematuras, sino soberbias. Y las lamento.
También incidió que soy padre de dos muchachas y, a medida que sus afinidades musicales se fueron formando, así también cambió mi rechazo a la música urbana latina. ¿Que me hubiera gustado que les gustara Nirvana o Soda Stereo tanto como a mí? Pues sí, pero sus playlists son contemporáneos, y compartirlos con ellas me llevó no solo a asimilar a Bad Bunny, sino también a Young Miko, a Alleh & Yorghaki, y a Karol G.
He visto a Bad Bunny dos veces en concierto, ambas en San José, con mis hijas. Y siguen siendo de las mejores experiencias de entretenimiento en vivo que he tenido en la vida.
Entonces, mis hermanos en el rock and roll, alcanzo su conflicto al tener que empezar sus opiniones positivas del show de medio tiempo del Super Bowl con la aclaración (no solicitada) de que no les gusta Bad Bunny, pero que hay que reconocerlo: Bad Bunny nos movió el piso en poco más de 10 minutos. A todos. Sin importar qué escuchamos.
Hoy, aquel argumento de "no me gusta porque no le entiendo lo que dice" ya no resulta tan atractivo cuando vemos que es el mismo que utiliza el presidente estadounidense para descalificar al artista más popular de los últimos cinco años. No en Latinoamérica, sino en toda América, incluyendo el mercado anglosajón estadounidense. Lo que Trump esgrime, con evidente desdén racista, debería invitarnos a reflexionar sobre el valor que Bad Bunny le ha dado a nuestro idioma: el boricua se ha negado a cantar en inglés; no es una opción para él. No necesita el crossover, pues las audiencias de todo el mundo llegaron hasta donde él está. No tuvo que ir a buscarlas. Cantando en su idioma, en nuestro idioma. Lo que todo el mercado del K-pop ha hecho para popularizar el coreano entre la gente joven del mundo, Bad Bunny lo ha impulsado, prácticamente en solitario, con respecto al español.
También hubo un elemento de enorme sutileza. Bad Bunny sabía las expectativas depositadas sobre su show en el Super Bowl. El mundo MAGA y Trump lo atacaron con todo desde que se anunció que estaría en el medio tiempo del programa de televisión más visto del año en Estados Unidos. Se especuló durante semanas sobre qué haría y cómo lo haría. Su mensaje días antes en los Grammy, donde señaló al temido ICE y sus redadas migratorias, anticipaba una presentación explosiva, polémica, recordando, por ejemplo, lo vivido en 2022, cuando Eminem aprovechó ese mismo escenario para arrodillarse, evocando a los jugadores de la NFL como Colin Kaepernick, que pagaron el precio por su manifestación pública contra el racismo y la violencia policial.
Pero Benito no llegó a esos extremos. No le hizo falta. Su show fue un tratado de amor, de exaltación de los valores latinoamericanos, de riqueza cultural y, más importante aún, de inclusión. Lejos de marcar diferencias, lo que hizo fue abrir puertas —la de su casita, literalmente— e invitar a todos a pasar, a entender que la fiesta estaba adentro. Su respuesta fue elegante, sutil: el que entendió, entendió. No hubo provocaciones, porque no hay nada que incomode más a un bully que ser ignorado. "Aquí seguimos", dijo Benito. Y con eso bastó.
Y en medio de todo eso también hubo detalles que explican por qué este show conectó tan fuerte. Vimos a Ricky Martin, quien de muchacho, hace más de 25 años, encendió la fiebre latina en Estados Unidos con el crossover, completar su círculo y presentarse en el Super Bowl cantando en español —sin Ricky probablemente no estaríamos hablando de nada de esto hoy—. Vimos a Lady Gaga, que no tiene ninguna necesidad de jugarse su imagen en una fiesta latina, entregada a la salsa, como si nos faltaran motivos para admirarla. Vimos imágenes recreadas que no solo emocionan a un boricua: el chiquito recibiendo un Grammy, los señores jugando ajedrez, la corta de caña —saludos, gente de Grecia—, los llanteros, y hasta a nuestro paisano, el maestro Giancarlo Guerrero, dirigiendo la sección de cuerdas, mientras Pedro Pascal se la pasaba de lo lindo. Y hago una mención especial a la inclusión de El apagón, mi pieza favorita del álbum Un verano sin ti. Si no la conocen a fondo, les invito a escucharla con atención: es un canto profundamente social sobre la crisis del suministro eléctrico que padece Puerto Rico y una crítica brutal a la privatización de ese servicio. Es una pieza de protesta tan válida como cualquiera firmada por Bob Dylan, Serrat o Rage Against the Machine. Y, además, con un ritmazo.
No quiero decir con nada de lo anterior que el show de medio tiempo de Bad Bunny sea el mejor de la historia del Super Bowl: ese privilegio seguirá siendo para Prince y lo que logró en 2007, cuando, bajo la lluvia de Miami, dio una de las presentaciones más impactantes de todos los tiempos. Incluso, como show, considero mejor el que se dio en el Super Bowl de 2022, cuando los titanes del hip-hop (Dr. Dre, Snoop Dogg, Eminem, Mary J. Blige, Kendrick Lamar y 50 Cent) protagonizaron un espectáculo impecable. Y cómo olvidar el de U2 en el 2002, con aquel tributo tan emocional a las víctimas de los atentados del 11 de setiembre de 2001.
Sin embargo, lo que hizo Benito fue extraordinario, pero, ante todo, valiente. Fue una declaración de orgullo latinoamericano en medio de uno de los períodos de mayor persecución y discriminación hacia nuestra gente en suelo estadounidense, cuando se da una ofensiva por satanizar el uso del español y de una condena, desde sectores del establishment trumpista, a todo lo que remita a lo que somos.
Es imposible que a uno no se le mueva alguna fibra cuando Benito dijo que Dios bendiga a América y, de inmediato, se desmarcó del concepto limitado de esa "América" que se asocia con un solo país y procedió a enumerar todas las naciones que conforman el continente. Su "Costa Rica", a mí, me hizo vibrar, así como lo logró antes Proyecto Uno con "Latinos" o Marc Anthony y Gente de Zona con "La gozadera". Para nosotros, para los millones de nosotros, América nos incluye a todos. Y Benito así se lo hizo saber a todo el mundo.
Gente, está bien si no les gusta Bad Bunny. Yo no lo tengo entre mis artistas favoritos, pero ya llegué a un punto en el que entiendo por qué su música emociona tanto y por qué ha logrado lo que ha logrado. Respeto su trabajo, su entereza y su coraje. Y, sobre todo, le agradezco estar ahí, dando la pelea, plantándole cara a las críticas y a los insultos desde lo alto, mientras les tiende la mano a los que nunca han tenido micrófono.

Bad Bunny, en el show del medio tiempo del Super Bowl 2026. AFP
