En la política como en el espectáculo impera lo chabacano y lo soez
Si con algo nos topamos en esta década del siglo XXI es que cualquiera que pueda articular una palabra o caminar puede subirse a un escenario y mancillar el arte escénico con estridentes voces o pasos de baile que recuerdan más a personajes de un programa de comedia.
Sin embargo, más allá de la decadencia artística, dicha cultura, si cabe la palabra, ha permeado los procesos electorales con personajes "dicharacheros" , ya no es necesario demostrar que se tienen ideas, basta con ser cantantes de iglesias, con panderetas y guitarras en manos, escribir discursitos incendarios carentes de propuestas o falaciosos y otros. Esto ha llevado a la función pública a los poderes Legislativo y Ejecutivo a algunos cuya única aparente intención es satisfacer sus egos personajes al lograr elegirse en cargos de elección popular, dejando de lado la noción de servicio público que aún prevalecía el siglo anterior.
Con pocas excepciones, sobran los dedos de una mano para señalar las buenas diputaciones, la Costa Rica que durante décadas pareció alejarse de las corrientes políticas latinoamericanas, y más bien recelosa de los cambios abruptos en la gestión pública de sus instituciones, ya entró de lleno en esa vorágine de personajes expertos en improvisación escénica y actitud "populachera", vaciando las instancias políticas de propuestas para la solución de los problemas de la región y un retorno ojalá fallido al caudillismo de la primera mitad del siglo XX.
Y es que lo popular, entendido por estos personajes de la decadencia política costarricense, se asocia a la ignorancia, a la poca educación y la incapacidad de análisis de nuestra población; por lo que desde un plano superior se asume que debe hablarse al "pueblo" en términos sencillos, llanos, desprovistos de fundamentos, rayando en el irrespeto a la inteligencia del costarricense, ya que al que considerársele carente de educación superior debe asumírsele es ignorante per se.
Pero la señora de Purral si sabe
Lo popular en cambio encierra en sí mismo sabiduría ancestral, saberes que aunque se no se enseñan en aulas universitarias tiene el mismo valor, e incluso superior, de aquellos que presumen de doctorados académicos. En lo popular subyacen experiencias de generaciones que construyeron este país, por lo que se les debe respeto; hay que ser muy cuidadoso al pretender ser "populachero" para granjearse uno que otro punto de aceptación en las encuestas de percepción política.
Los relatos de la famosa señora de Purral, en alusión a esa clase social olvidada por las clases políticas durante décadas, es una forma de desprecio hacia esa sabiduría nacional que si bien no tiene medallas ni premios nacionales, si tiene claro cuando un político le está vacilando por el simple hecho de creer que sabe más, que estudió más o que tiene más poder.
Esa narrativa calcada a la perfección de los relatos escritos a inicios del siglo XX por Aquileo J. Echeverria, y que siguen siendo fundamento para la creación de personajes de corte "popular" en el teatro costarricense, no solo está más que alejada de la realidad de la Costa Rica del siglo XXI, hoy totalmente inmersa en la realidad mundial. Esto demuestra que para los políticos emergentes hoy asidos al poder, sus actuaciones son una afrenta a esa sabiduría heredada de nuestros abuelos y abuelas que nos permite saber cuando alguien está más cercano a ser un payaso que a un gobernante.
La señora de Purral y su familia lo saben muy bien, la pobreza económica no es sinónimo de estupidez, ignorancia o falta de criterio. Más bien, son pobres aquellos que por azahares del destino se subieron a una cúspide y se sienten por encima de otros, pero es el mismo efecto que cuando desde un avión las personas parecen hormigas, pero incluso para esas hormigas el avión en el aire se empequeñece a la vista desde la superficie terrestre.
La señora de Purral y otros cinco millones de habitantes de la República saben cuando alguien por sus decires y acciones se empequeñece, saben cuando quien está en esa cúspide momentánea improvisa, dice medias verdades y miente porque la sabiduría popular permite discernir cuando el lenguaje verbal y gestual esconden incapacidad para resolver, para leer la realidad nacional y proponer soluciones.
Sin duda, la política como el escenario artístico regionales se han llenado de aspirantes a gobernantes, así escrito y dicho en minúscula, porque ser un Gobernante para un pueblo urgido de soluciones no piensa en cómo se le mencionará en las encuestas.
Gobernar un país es una tarea grande y compleja, y hacerlo requiere hidalguía, respeto al pueblo que creó esta Nación, y sobre todo humildad para reconocer cuando no se sabe y convocar a todos los sectores en la construcción de los problemas nacionales.
Comunicador Social
Consultor en Comunicación del Marketing