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En carreta hasta Llano Bonito. ¡Y dígale el bendito a su abuela!

Mi abuela Arabela y los otros carajillos se tuvieron que aprender el bendito

Por Patricia León-Coto | 4 de Sep. 2016 | 5:33 am
Así luce hoy Llano Bonito. Foto: Melsen Felipe (con autorización).

Así luce hoy Llano Bonito. Foto: Melsen Felipe (con autorización).

Ya soplaban los helados vientos de diciembre de 1934,  Arabela acababa de ganar el tercer grado, cuando su papá don Roberto la llamó para decirle que se alistara porque iban de visita donde la abuela Eusebia Arrieta Sancho, que vivía allá muy abajo, en Cirrí de Naranjo.

"Y vayan practicando el bendito, porque tienen que decírselo a su abuela", les advirtió don Roberto a Arabela y sus dos hermanos mayores, Elida y Misael.
Ni a Arabela ni a sus hermanos les gustaba el asunto del bendito, les provocaba vergüenza tener que decirlo y alegaban que era una retahila difícil de memorizar. Pero la abuela tenía fama de severa, no perdonaría una falta al antiguo ritual.
Había un bendito largo, muy viejo, hasta con frases en latín, que nadie recordaba, y una versión corta –un bendito ejecutivo– que se podía decir rápido y salir pronto del apuro.  Eso los consolaba.

Emocionados por el viaje, los hermanos, con ayuda de la mamá, doña Belisa Rojas, alistaron un motete de ropa de repuesto, un botellón de agua dulce, una olla con comida: bizcochos y picadillo, torta de huevo, tasajo ahumado, tortillas, arroz y frijoles molidos y en dos carretas cubiertas con manteados salieron cuesta abajo apenas se puso el sol.

Se viajaba de noche para que los bueyes no se sofocaran con calores ni asoleadas.

Ese camino que siguieron don Roberto Vargas Arrieta y sus hijos todavía está ahí. De Palmira a Zarcero, de Zarcero a Llano Bonito -actual carretera- y de Llano Bonito por dentro, bordeando los cerros del Chayote, a salir bajando a Cirrí.

Parte de esa bella ruta paisajística la hacen ahora, a menudo, los caminantes del club de montañismo de la Universidad de Costa Rica, o los miembros del ciclismo de Zarcero (en el video), pero lógicamente la hacen de día.

Les salió el león

El mismo camino hicieron los Vargas a la vuelta. También de noche. Arabela acostada en una carreta, su hermana Élida acostada en la otra, don Roberto al frente de los segundos bueyes y Misael -todavía tierno aprendiz de boyero- encabezando la caravana con la primera carreta. No había luna, pero don Roberto llevaba un foco.

De pronto, en un trecho de cuesta, que cruza entre dos altos paredones, los bueyes pararon en seco, no quisieron caminar más. Don Roberto escuchó a Misael tratando de animar a las bestias, pero nada, los cuatro animales seguían con las pezuñas clavadas en el suelo y olisqueando el aire con profundos bufidos.
Entonces don Roberto se adelantó y empezó a alumbrar para un lado y para el otro, y ahí estaba arriba, un enorme "león", echado sobre el borde del paredón y curioseando con sus felinos ojotes a los viajantes, nada de actitud agresiva, solo un hermoso puma en relajada actitud de bicho curioso.

A don Roberto se le pararon los pelos de punta y con el chuzo amenazó al puma y le pegó cuatro gritos. Eso bastó para que la fiera se enderezara y diera media vuelta para desaparecer -orgullosa, digna y sin aspavientos- entre las tinieblas del follaje.
Al final salieron a Llano Bonito, un camino más transitado, Arabela y Élida pudieron dormir más tranquilas en el fondo de las carretas, mientras el padre y el hermano guiaban a los animales, ya relajados después de tremendo susto.

Un pleito de ermitas en Llano Bonito

Llano Bonito ya era tierra conocida para Arabela. No hacía mucho tiempo había bajado desde Palmira con sus tíos Rodrigo Rodríguez Varela y Ester Rojas Arce.

El "macho" Rodríguez y otros carreteros de Palmira traían con sus bueyes un cargamento de maderos para la construcción de la ermita del Llano.

Isidro Sánchez

El autor, Isidro Sánchez, es un periodista retirado y aficionado a la Genealogía.

La sorpresa de los boyeros fue que al llegar a Llano Bonito vieron que había obras comenzadas en dos sitios, uno frente al otro, a un lado y otro de la carretera. ¡Los llaneros estaban haciendo dos ermitas al mismo tiempo!

Resultó que se había armado un bochinche de todos los diablos entre los vecinos del pueblo, pues unos apoyaban la erección de su iglesia en un lado del camino y otros vecinos querían su templo del otro lado, y ninguno de los bandos mostraba cristiana resignación para aflojar.

El tío de doña Arabela conversó un rato con representantes de las dos juntas edificadoras y de acuerdo con los otros boyeros hicieron entrega de la madera a como consideraron prudente, sin meterse en enredos ajenos. Allá ellos que se las arreglaran.

Dice doña Arabela que ella no recuerda cuáles familias eran del bando que ganó el bochinche, pero al final solo terminaron una de las construcciones, ubicada donde está ahora la moderna ermita de Llano Bonito.

La que empezaban al frente fue demolida, para dar espacio a la plaza de fútbol, junto a la escuela del lugar.

¿Y el bendito, qué?

Ah bueno, lo del bendito. En Cirrí de Naranjo, don Roberto y sus hijos se quedaron tres días visitando parientes por el lado de los Vargas y de los Arrietas. Los chiquillos, por supuesto, tuvieron que decirle el bendito a doña Eusebia. 

La abuela aceptó a regañadientes que le dijeran el bendito resumido, pero exigió que fuera rezado de rodillas, como Dios mandaba desde antiguo y no como hacen ahora esos muchachos modernos que lo dicen a la carrera, de pie, sin ningún fundamento ni devoción.

Los tres chiquillos muy serios se hincaron y se persignaron mientras repetían sin respirar:
"Porlaseñaldelasantacruzdenuestrosenemigoslíbranosseñordiosnuestro.

EnelnombredelPadredelHijoydelEspírituSantoamén".

Y entonces sí, el bendito con las manos juntas y los ojos bajos: Bendito y alabado sea Jesús Sacramentado y María es concebida sin pecado original. Amén. Bendita sea abuela Eusebia.

Ese era el tal bendito.  Eusebia contestó con una suave sonrisa y, poniendo ambas manos sobre la cabeza de los nietos, trasmitió a las nuevas generaciones la paz de las unciones ancestrales.

Mi bisabuela Eusebia Arrieta Sancho, era hija de Manuel Ubaldo Arrieta Alvarado y María del Espíritu Santo Sancho Quesada. Casó en Naranjo el 9 de febrero de 1880 con mi bisabuelo Joaquín Vargas Chaves, hijo de Luis (León) Vargas y Eugenia Chaves Rodríguez.

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