El valor de la palabra
La palabra tiene un poder enorme. Con ella se crea y se destruye. Con la palabra se puede expresar amor y también odio. Y con la palabra se adquieren compromisos. Una costumbre que desgraciadamente ha caído en desuso es el de "dar la palabra", lo que hace unas pocas décadas, significaba comprometer incluso la propia vida, no se podía faltar a ella sin perder la dignidad personal.
En mi infancia, en la familia se hacía todo lo posible por contribuir a la economía, desde coger café (recolectar), vender leche a los vecinos y familiares, vender nísperos a la orilla de la carretera, sembrar frijoles y maíz en el solar, y aunque teníamos electricidad, también se cocinaba con leña. En cierta ocasión, en alguna de aquellas idas al cafetal para buscar el material combustible que alimentaba el fogón ubicado en la antigua casa de los abuelos, sucedió un acontecimiento que guardo en mi memoria y que paso a relatar.
Entre las matas que generosamente ofrecían el grano de oro, fundamental para la economía familiar y nacional, se erguían para darles sombra, innumerables árboles de guaba. En uno de aquellos, había un nido, del cual salió corriendo un bello ejemplar de ardilla. No sé por qué, imaginé que en dicho nido había unas hermosas "ardillitas" que mi curiosidad de niño anhelaba observar. Mi papá me dio su palabra de que, al regreso, buscaríamos el nido y veríamos las crías de ardilla, y le insistí: "¿me da su palabra?" y para mi alegría recibí un sí por respuesta.
De retorno, ya ambos con la carga de leña sobre la espalda, volvíamos a casa. Con mi mente y corazón ilusionados por el cumplimiento de la promesa paterna, le recordé a mi papá su compromiso de llevarme a ver los simpáticos animalitos que hacía rato ocupaban mis pensamientos infantiles. No podía creer lo que me contestó: "no se puede, hay que llevar la leña para que la cena esté lista a tiempo, su mamá nos espera". En un impulso irrazonable, le espeté a mi papá "entonces usted no tiene palabra, usted me lo prometió, y un hombre siempre cumple su palabra". En una fracción de segundo mi padre descargó su leña, descargó la mía, me tomó del brazo y me llevó a trompicones a ver el nido de ardilla, el cual, para mi desilusión, estaba vacío.
Aquel día mi papá me enseñó el valor de la palabra y que cuando se empeña, se ha de cumplir, aún en medio de circunstancias adversas. Dicen que el buey se mide por el cacho y el hombre por la palabra. Ojalá esto lo tuvieran presente muchos de nuestros políticos (hombres o mujeres), quienes comprometieron su palabra para servir a Costa Rica, y más bien se sirven de ella (¡y con una cuchara muy grande!).
Docente y Psicólogo