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Reportaje Especial

El Psicópata: Los expedientes desclasificados

   

 

Publicación realizada con autorización de la Editorial de UNED. Puede descargar el capítulo completo haciendo CLIC [button link="https://cdn.crhoy.net/imagenes/2017/02/El-psicopata.-Cap-1-1.pdf" newwindow="yes"] AQUÍ[/button]

Todo comenzó aquel, cada vez más lejano, 6 de abril de 1986,
al pie de la Cruz de Alajuelita

Autor: Otto Vargas Masís

Cerca del mediodía, una neblina tan densa que, al pasar por los alambres de púa oxidados se desgarraba en surcos, cubrió en su totalidad el copete del cerro San Miguel. El  viento azotó jaúles, cipreses y algunos cedros, cuyas figuras entrecortadas contra el horizonte semejaban afiladas garras que brotaban de la tierra.

A esa hora, el padre Benedicto Revilla Torrices, un entusiasta español de escaso pelo cenizo y boina negra calada, fundador del movimiento Hispanos Unidos, dio por finalizada la misa que cerró una publicitada peregrinación a la Cruz de Alajuelita, el Domingo de Resurrección. Era el 6 de abril de 1986; lo recuerdo como si fuera ayer.

El nuncio apostólico, Piere Giacomo De Nicoló, había orado por la paz en Centroamérica y bendijo una imagen del Cristo Redentor –blanca como la leche; de unos cuatro metros de altura– ante la mirada atenta de 150 voluntarios quienes, debido a la ventisca, se vieron en apuros para mantener erguidas variopintas banderas de países alrededor del orbe.
Terminada la celebración, cientos de peregrinos emprendieron con prisa el regreso, batidos por el fuerte viento que se deslizaba por las paredes desnudas de la montaña hasta la corona del cerro, a 2.036 metros de altura.

 

2

 

Mi madre, Lidieth Masís Carvajal, decidió que nos guareciéramos en el pequeño refugio de tablones, algunos metros más abajo, en una explanada al pie de la cruz metálica, para compartir la merienda. En otras condiciones, habríamos observado la majestuosidad del Valle Central, pero, esa tarde, una impenetrable mancha blanca cubrió el paisaje.

El camino que conducía hasta la Cruz de Alajuelita no era más que una trocha serpenteante de polvo y quebradizas piedras laja que a duras penas se abría paso por el macizo deforestado. Unos cuantos 4X4 lograron vencerlo esa mañana.

A eso de las 2:00 de la tarde, mamá tuvo un presentimiento. Al asomarse por la ventana, observó el paisaje desolado y el temor se reflejó en su rostro. Le alarmaba la posibilidad de ser los últimos en descender del cerro; así se lo indicaba su sentido protector de madre.

–Vámonos, vámonos ya– ordenó a secas sin detenerse a revelar su preocupación.

Era mi primera visita al macizo; yo tenía 14 años. Como hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de varias generaciones de alajueliteños, la peregrinación a la Cruz, el gigante metálico que se yergue a 33 metros de altura, se había demorado en exceso.

En los alrededores apenas permanecía un pequeño grupo de colaboradores del padre Revilla;  se apretujaban para lograr espacio en el único vehículo de doble tracción presto a partir. También un remanente de la tropa scout #114 y un grupo de mujeres que tomaron como suya una rústica banca en el corredor sur del refugio.

De pie en el estrecho pasillo del albergue, una mujer adulta repartía gallos de frijol negro, que sacaba de una maltrecha ollita de aluminio, a un grupo de niñas.
–Disculpe, ¿por casualidad tiene café que me venda?– le preguntó mamá con no poco antojo y mucho frío.
–No señora, no tenemos –respondió aquella desconocida con un gesto amable.

No sería la última vez que las veríamos. Dos días más tarde, los rostros de aquellas siete mujeres, la mayoría niñas, aparecerían en las portadas de los periódicos de circulación nacional. "Asesinadas a sangre fría una mujer y seis niñas", reseñaría La Nación.

M3

Al llegar a un recodo del camino, en algún momento entre las tres y las cuatro de la tarde, el grupo de viajeras se desvió de la trocha principal para cortar camino por calle La Granadilla, un agreste trillo entre cafetales y montaña, a más de 1.800 metros de altura. Allí  las ejecutaron con un fusil.

Aquellos serían los primeros homicidios atribuidos al Psicópata, un fantasma que, entre 1986 y 1996, "cazó" a 19 víctimas con una vieja ametralladora M-3. Ante su  aparición, la Policía Judicial se vio en la peor encrucijada desde su fundación, en 1974: desenmascarar al primer homicida en serie del que el país tuviera noticia; un depredador que ultrajó, mutiló y mató con una saña nunca antes vista.

–Hablamos de un cazador de seres humanos que previó hasta el último detalle que se le pudiera presentar. Siempre actuó con certeza y descargó en cada ataque una furia incontenible. A lo largo de la investigación, conversamos con psicólogos, criminólogos, diversos expertos…

3–Algunos dijeron que enterraba a las víctimas para esconder su culpa o que las metía en el agua para lavar su conciencia. Yo nunca creí en esas cosas– reconoce Gerardo Láscarez, otrora subdirector del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) que se retiró de esa institución en el 2004.

La cosecha del Psicópata se resume en ocho ataques –cinco de ellos dirigidos a parejas sorprendidas en lugares solitarios– y 19 homicidios; 17 de las víctimas fueron rematadas por disparos a quemarropa dirigidos al tallo cerebral.

Pero todavía hoy el OIJ cree que la lista de crímenes podría ser más extensa. Durante años, los investigadores buscaron conexiones entre el asesino y las muertes de Johanna Inés Vargas Valverde (San Vicente de La Unión, 1981), María del Carmen Pérez Sandoval (San Vicente de La Unión, 1987), Ligia Cordero Andrade (San Diego de La Unión, 1986) y Giselle Barquero Granados (Gravilias de Desamparados, 1984).
Esos homicidios ocurrieron en su territorio, aquel que la Policía nombró el "Triángulo de la Muerte". Ese corredor montañoso, con múltiples ríos y quebradas, le sirvió para desplazarse a sus anchas entre cerradas montañas y cafetales infinitos de Alajuelita, La Unión y Patarrá.
El caso de Lilliana Mayela Guerrero Bonilla, cuyo cadáver apareció en el cauce de una quebrada en San Antonio de Escazú, el 13 de mayo de 1985, podría ser el primer ataque del asesino, pero ahí no intervino la M-3.

Mamá tuvo cercanía con esa joven. Para cuando ocurrió el crimen, Lilliana, de 18 años, laboraba en la empresa de mi progenitora, una fábrica de joyas de fantasía que ocupaba unos viejos galerones en la avenida 10 de San José, frente al Cementerio General.

Mi madre le tenía un inmenso cariño.  Con mucho esfuerzo, aquella niña risueña de largo cabello se había ganado su confianza hasta convertirse en su mano derecha. Para llegar a su casa, en la parte alta de San Antonio de Escazú, la muchacha tenía que atravesar un tupido cafetal. Ahí la sorprendió un asesino.

5

–Mi chiquita, ¿quién pudo hacerle algo así? –escuché decir varias veces a mamá mientras hablábamos del tema. Noté en su mirada una tristeza tan viva como hace 30 años.
Por el mecanismo de las lesiones que le causó un objeto contuso y la cercanía del sitio donde un año más tarde ocurriría la masacre de la Cruz, a escasos 1.700 metros, el OIJ arribó a la conclusión, en el 2003, de que no era posible descartar la participación del temido asesino en esa muerte.

Siete directores del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), los expertos del Buró Federal de Investigación de los Estados Unidos (FBI), el mentalista que describió con precisión el arma punzocortante del asesino, un conocido hipnotista mexicano, el fallido Equipo de Investigación de Homicidios en Serie (EDIHS), los "hombres invisibles" de la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS), incluidos en un plan que nunca se concretó, y decenas de periodistas no hallaron explicación a  las fechorías del Psicópata.

Desde aquellos ataques, Costa Rica conoció una nueva e insospechada versión del miedo. En el 2006, la prescripción alejó al sistemático homicida de la mano de la justicia, aunque de forma sorpresiva, el 26 de noviembre del 2013 el fiscal general, Jorge Chavarría, anunció la reapertura del caso.

Invocó una cuestión de género, basado en un protocolo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas. A la cabeza de la investigación designó a la experimentada fiscal de Homicidios, Paula Guido.

Otto Vargas. Autor del libro El Psicópata: Los expedientes desclasificados

Otto Vargas. Autor del libro El Psicópata: Los expedientes desclasificados

Hoy me parece difícil de creer que hace casi tres décadas, el 6 de abril de 1986, por cuestión de minutos –y quizás de metros– el azar evitó que hoy la tragedia lleve el nombre de mi familia en vez del de siete inocentes mujeres.  ¿Es que acaso no pudimos haber sido nosotros quienes tomáramos la desviación por calle La Granadilla? ¿Es que acaso no fuimos  los penúltimos peregrinos en bajar del cerro?

Años más tarde, como periodista de los diarios El Heraldo, Al Día y La Nación me correspondió seguir el rastro del homicida durante casi dos décadas.  A lo largo de ese tiempo, visité el teatro de sus crímenes y conversé con familiares de las víctimas, con la única sobreviviente, con policías, fiscales, informantes, sospechosos y charlatanes. Muchas preguntas quedaron sin contestar.

Todo comenzó aquel cada vez más lejano 6 de abril de 1986 al pie de la Cruz de Alajuelita.

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