El café de las dos
Guardo con mucho cariño el recuerdo del café de las dos de la tarde. En aquella infancia ya lejana (¡más de cinco décadas!), en torno al pichel y al jarro de café nos reuníamos mi abuela, algunas de sus hermanas, mi mamá, hermanos y algunos primos a degustar la aromática bebida. De aquellos encuentros, quedan en mi memoria las historias y leyendas que las "más mayores" contaban para deleite y temor de las jóvenes generaciones de aquella época. Allí aprendí a temer al Cadejos, al Padre sin cabeza, a la Llorona, a la Tulevieja, a la mano peluda y a la carreta sin bueyes, cuyas ruedas ya maltrechas por el asfalto, podía escuchar si afinaba bien el oído en el silencio de la madrugada de aquellas noches aún no tan invadidas por el ruido de los carros, camiones o autobuses que subían y bajaban por el Cerro de Ochomogo.
Por lo general, aquellas narraciones dejaban alguna enseñanza ética o moral que nos impelían a los más jóvenes a portarnos bien. De hecho, poco tenían que envidiar a las fábulas de Esopo por las enseñanzas transmitidas según la tradición oral, y cuya sabiduría eran un norte con el cual dirigir la propia vida en las distintas vicisitudes existenciales, dando así seguridad en el cómo proceder. Hoy sé que el temor no es el mejor consejero con el cual guiarse, a falta de una educación ética y moral a la altura de los tiempos, tal vez sea necesaria alguna fábula que nos facilite la reflexión de lo que es noble, bello y justo.
Por dicha, no todo giraba alrededor de los "espantos". Eran comunes los relatos referentes a las anécdotas y vivencias de los antepasados (familiares o conocidos), aquellos que ya fallecidos, se negaban a morir en la mente y el corazón de quienes les recordaban con devoción y aprecio. Por el café de las dos pude conocerlos, y crear junto con los vivos un sentido de pertenencia familiar y comunitario que permanece hasta hoy. Por lo anterior, nunca me he sentido solo, pues sé de dónde vengo y a dónde pertenezco. La familia y la comunidad de alguna manera nos definen (no determinan), pues son parte de nuestra historia personal (lo aceptemos o no).
Preparar el café no era tarea fácil, y sin duda alguna fue un entrenamiento para cultivar la virtud de la paciencia. Era necesario buscar la leña, prender el fogón, poner a hervir el agua y chorrear el café en aquella bolsa de tela que, de tanto uso, ya había hecho suyo el color del tueste oscuro de aquellos granos aromáticos. Hace unos días, conversando con un taxista, este me preguntó, ¿para usted cuál es el mejor café del mundo? Le contesté: "el que hacía mi mamá". Me respondió: "tiene razón". Cambiamos de tema y nos preguntamos si el referéndum tiene futuro o no. No pudimos ponernos de acuerdo, puesto que de tan entretenida que estaba la conversación, el viaje se hizo corto y pronto llegamos al lugar señalado por la aplicación como punto final del recorrido.
¿Por qué el café de las dos me ayudó a ser paciente y a valorar mi comunidad? Porque propiciaba el encuentro de personas y de identidades. En ese contexto sabíamos quién era cada uno, y cada uno se sentía importante y valorado gracias al afecto y a la bebida mutuamente compartidos. Además, aquel café era el resultado del esfuerzo de muchos: desde el que buscaba la leña para encender el fogón, hasta la que lo servía en la mesa para el deleite de los invitados de aquel hogar. Era seguramente la mejor manera de enseñar que el bien común era responsabilidad de todos. Podría decir incluso, que aquellas reuniones tenían un carácter ceremonial, en donde se respiraba la admiración y el respeto por los mayores y el cariño y cuidado de los menores.
No estoy tan seguro de que todo tiempo pasado haya sido mejor. Pero creo que nuestra sociedad mejoraría mucho si en nuestras familias hubiera más momentos como el "café de las dos" como una forma de estrechar lazos familiares, para conectar con los que amamos y nos aman, para volver a descubrir a la persona detrás del personaje, para rehumanizar nuestras relaciones. Requerimos más "cafés de las dos" y menos pantallas, ya la neurociencia está dando cuenta de ello.
Y mi papá, ¿participaba del café de las dos? No podía, en el modelo de familia nuclear de aquella época era el proveedor responsable. A él le correspondía la "olla de carne del domingo", pero esa es otra historia.
Docente y Psicólogo