Donde le daban café chorreado al tal Calandria
Eran gente especial los parientes de don Ricario

Esta era la casa de don Ricario, donde chineaban a Calandria. Luego fue la biblioteca pública de Ciudad Quesada, ubicada cerca del Mercado Municipal.
El 27 de enero de 1960 estábamos afuera jugado paleta, cuando una vecina, doña Magdalena Serrano, corrió calle arriba pegando gritos. Que se había muerto don Ricario, que acababa de caer muerto.
Los chiquillos paramos el juego y vimos que en la casa de los Quirós entraba y salía gente, con caras muy serias los hombres y llorosas las mujeres. Es un infarto, dijo alguien, no hay nada que hacer.
Me vienen los recuerdos porque en la casa de don Ricario era donde le daban el cafecito a Calandria tal y como a él le gustaba.
Muchos años después, me encontré el nombre de don Ricario Quirós Álvarez -bautizado en Naranjo el 26 de abril de 1886- en papeles del Archivo Nacional, donde aparecen él y su papá, don José Quirós Masís, retirando pequeños dividendos de una tal Fundación Cano-Madrazo.
Los papás de don Ricario, José Quirós Masís y Ester Álvarez Rojas, se habían casado en Naranjo. El novio era de los Quirós de Tibás y la novia de Alajuela, hija del famoso Magdaleno Álvarez, pulpero, cantinero y prestamista, un domingueño que hizo fortuna en la villa de los mangos.
Magdaleno Álvarez era primo hermano de mi tatarabuela Mariagil Bolaños Alvarez, por cierto.
Le dieron guaro al santo
En la cantina de Magdaleno fue donde le dieron guaro al San Juan de la procesión, en una Semana Santa a principios del siglo XX, cuando no había ley seca. Ese cuento es cierto, se ha publicado y lo sabe todo el mundo. La procesión terminó pero el cura de Alajuela no veía llegar la imagen de San Juan, entonces se devolvió y va encontrando al San Juan en el suelo, en la puerta de la cantina de Magdaleno, con un vaso de guaro amarrado en una mano.
Los que llevaban cargado el santo se metieron a tomar y como las andas no cabían por la puerta, dejaron a San Juan afuera, pero muy devotos le llevaron su trago en un vaso de casco. ¡Faltaría más!
Un infarto; nada que hacer
Volviendo a don Ricario, tendría 74 cuando el infarto se lo llevó, estaba revisando los siembros de su esposa doña Raquel, junto a un palito de ciprés detrás de la casa que luego sería biblioteca pública.
Doña Raquel era de los Alvarado Rojas de Zarcero, de esos mismos Alvarado que vinieron de Guatemala a principios de la Colonia y que según los historiadores han dado una legión de curas a la Iglesia de Costa Rica.
Doña Raquel hacía escapularios de la Virgen del Carmen con su máquina de coser y detrás de la casa, por donde murió don Ricario, tenía un jardín de gladiolos, con el que mantenía surtido el altar de la parroquia de Villa Quesada. En la cochera de su casa se guardaban desarmadas las andas de las Siete Palabras de las procesiones de Semana Santa.
Don Ricario tenía un cafetal en San Roque, frente a la entrada de lo que es ahora el Liceo San Carlos. Ese cafetal se lo dejó a su hija doña Carmen Quirós de Arroyo y ahí fue donde me gané dos pesos la primera y única vez que fui a coger café.
Creo que el esposo de doña Carmen, don Guido Arroyo Ramírez, me pagó los dos pesos para que me fuera bien lejos y no volviera a hacerle daños a sus enormes matas de café. Todavía no había llegado a San Carlos el cómodo café enano, el caturra.
Doña Ester casi llega a los 100 años
La mamá de don Ricario, ya dijimos, era doña Ester Álvarez Rojas, casi cumple los cien años, sobrevivió a Ricario y a otros de sus hijos. Pequeña, menudita, todavía algunos la recordamos cuando salía a asolearse del brazo de su hija doña Bibina Quirós Álvarez, esposa de don Inocente Hidalgo.
Pero así de menudita y frágil como parecía, doña Ester era una mujer muy valienta y de armas tomar. Una vez fue capaz de coger bestia en Villa Quesada, ya anocheciendo, para subir sola hasta Zarcero a traerse a don José Quirós de la relinga. Algún vecino le avisó que su marido se había quedado en Zarcero ¡tomándose unos tragos con malas y femeninas compañías…!
Familia de don Otilio Ulate
La mamá de doña Ester era Dolores Rojas Soto, de Alajuela. Dolores, por el Rojas, era prima hermana de la mamá de don Otilio Ulate, doña Ermida Blanco Rojas. Por eso era que el presidente llegaba a San Carlos y se metía a las casas de los Quirós "como pedro por su casa". Pero esa es otra historia.