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Cultura

Historias de cuando Villa Quesada ni siquiera soñaba con ser Ciudad

Los viernes don Rafaelito iba a la feria con una canasta de hortalizas y lo mismo hacía la eterna Ürsula

Don Rafaelito y Doña Oliva se casaron en 1905.

Don Rafaelito y Doña Oliva se casaron en 1905.

Una vez por semana, los viernes bien temprano, porque era día de feria, don Rafael subía a la villa cargando con las hortalizas: lechugas, culantro, rábanos, espinacas, albahaca, remolachas, cebollinos, vainicas y otros etcéteras de los que sembraba en su huerta y que colocaba con gracioso orden de colores y texturas en dos canastas de mimbre.

Se llamaban de Castilla porque no eran nativas, sino que habían llegado de las Europas.

Pequeño y macizo, de ojos azules y sonrisa fácil, gran conversador, a todo el mundo le explicaba que un arroz blanco no era arroz blanco -valga la paradoja- si no llevaba el aliño de zanahorias, papas y vainicas verdes bien picaditas, receta que su esposa, doña Oliva, hacía con singular maestría.

Con singular maestría sembraba también don Rafael sus cultivos. Ni hablar en aquel entonces de abonos o pesticidas químicos. No habían llegado, todo era estrictamente orgánico, con técnicas y métodos de viejos hortelanos de Sabanilla de Alajuela que fueron a dar a San Carlos.

A la villa subía don Rafael siempre descalzo, con sus pies muy blancos y bien lavados. Curiosamente, solo se ponía unos caites de su propia fabricación -suela y coyundas- cuando estaba trabajando en la huerta, en el barrio de San Roque. Los hijos, ya casados, le regalaban zapatos para Navidad, pero nunca se los quería poner, ni para ir a misa con doña Oliva.

Iba de puerta en puerta ofreciendo sus productos.  A mi casa llegaba cuando mis hermanos y yo, todavía pequeños, nos asoleábamos después del baño y se quedaba un rato conversando menudencias con don Isidro y doña Arabela, que le tenían gran respeto y cariño y siempre le compraban algo.

Doña Oliva, por su parte, se peinaba de trenza en la nuca, una trenza que se echaba para adelante y retorcía con la mano cuando conversaba con alguien. Alta y delgada, usaba enaguas largas como las señoras de antes, como las de doña Julia la rezadora, que ya conocemos de otro cuento de San Carlos, la misma moda anticuada de las viejas del Valle Central que don Paco Amighetti recordaba en sus grabados.

Se casaron a inicios del siglo

Esto decía el acta de matrimonio de don Rafaelito y doña Oliva: "Rafael González Delgado agricultor de 24 años, casado el cuatro de febrero de 1905 en Sabanilla de Alajuela con Oliva Mejías Vargas, 19 años, oficios domésticos. Rafael hijo de Francisco González Blanco y Juana Delgado Rojas, Oliva hija de José Rafael Mejía y Rosenda Vargas".

Isidro Sánchez

Isidro Sánchez es periodista aficionado a la Genealogía.

Ambas familias aparecen en las genealogías de la parroquia Alajuela, publicadas por el Museo Juan Santamaría hace algunos años.

Úrsula cien años…

Otra que vendía hortalizas de Castilla de puerta en puerta era Úrsula, ya entrada en años y más conocida que la ruda, pero de la que no recuerdo apellidos, tendré que ir a averiguar a Zarcero.

Mis tíos Vargas aseguraban que Úrsula era eterna, porque ya era igual de vieja cuando ellos estaban apenas carajillos en Palmira.
Los viernes de feria en la villa, Úrsula bajaba en cazadora desde el alto de Tapezco, donde vivía. Enaguas largas que apenas dejaban ver sus medias negras, siempre envuelta la cabeza en pañolones amarrados en la quijada y doblemente abrigada con una "sueta" prehistórica encima de otra "sueta" milenaria. Y canasta de mimbre con agarradera igual que don Rafaelito.

Tapas, atados (2 tapas) y tamugas (4 tapas)

Así pinto don Tomás Povedano la imagen típica de los trapiches y las pailas en el siglo XIX.

Así pintó don Tomás Povedano la imagen típica de los trapiches y las pailas a finales del siglo XIX (commons.wikipedia.org).

 

 

Para los pequeños y los grandes los viernes eran días de fiesta en San Carlos, llegaban los agricultores a vender sus cosechas y los trapicheros con sus carretas cargadas de dulce envuelto en hojas secas de caña.

Algún que otro pedacito se salía del envoltorio y los chiquillos, que pululábamos por entre los bueyes, aprendimos a bucear los cabitos de dulce, metiéndonos de bruces hasta el fondo de las carretas.

Sin embargo, los tatas nos tenían estrictamente prohibido ir a los trapiches y nos contaban aquellas historias horrorosas de chiquitos que habían caído en la paila hirviente, de la que sólo pudieron sacar los huesitos.

Pero nada de eso valía ante un antojo de cachaza, perico o sobado. Algunos vecinillos mamulones organizaban incursiones a los trapiches para pedir melcochas y atrás íbamos el resto de mocosos.

Mi primera visita a un trapiche fue al de don Aníbal Rojas Zamora, donde está ahora la plaza de fútbol Maracaná de Ciudad Quesada. Era movido por el agua de una acequia que caía en una enorme rueda de madera en los días de molienda, agua que también hacía funcionar una planta eléctrica en el fondo del barranco que estaba a pocos metros del trapiche, conocida como la planta de Chuto.
En fin, el trapiche era un área peligrosísima, según los tremebundos sermones de mi madre, área estrictamente prohibida y que por prohibida era mucho más tentadora.

Los trapiches, desde Ujarrás hasta San Carlos

De la caña de azúcar se habla en los documentos coloniales igual que de los trapiches, las mazas hechas de madera de guachipelín.

Mis antepasados Rodríguez, por ejemplo, eran trapicheros desde siglos atrás, tengo documentada esa industria en mi familia desde 1720 en Ujarrás, cuando los Soto Moya, antepasados de esos Rodríguez por lado materno, venden su finca y trapiche para aparecer luego en el área del Murciélago, siempre con cañales y trapiches.

Ese "know how" trapichero sigue luego por migración hasta Naranjo, Zarcero y San Carlos.  Dos de los otros trapiches que yo visitaba en San Carlos eran precisamente de gente Rodríguez, don Felo Rodríguez Barrientos y don Lolito Rodríguez Cordero.
En los documentos del Archivo Nacional y Archivo Eclesiástico se mencionan los cultivos que podríamos llamar mayores: maíz, frijoles y caña, esa era la comedera básica de cada familia. El maíz y los frijoles originarios de estas tierras y la caña traída por los conquistadores.

También traída por los españoles era la mayoría de las hortalizas que sembraba con excelencia don Rafaelito, pero nunca las he visto mencionadas en papeles antiguos. Habrá que investigar más.

¿Y el gallo pinto qué?

También hay que investigar el arroz. Del arroz, cosa curiosa, se empieza a hablar como a finales del siglo XVIII, unos treinta años antes de la independencia, por lo que yo he visto en expedientes. Que alguien me corrija por favor. Sería bonito estudiar eso y hacer la historia del famoso y tan peleado gallo pinto.

En el Valle Central, por cierto, se cocinaba en ollas de barro y se bebía en jícaras, solo los muy pudientillos tenían algunas ollas "de fierro" que se heredaban de madres a hijas y que aparecen en los testamentos, aunque estuvieran rajadas.
Es hasta la llegada del café que se empiezan a importar con regularidad esos lujos de metal -como los trapiches de mazas de hierro- y los trastos de loza y china, según nos cuentan Iván Molina y Steven Palmer en su libro "Héroes al gusto y libros de moda", de la editorial EUNED.

 

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