68 años de su partida: El viaje literario de Yolanda Oreamuno
Escritora costarricense retrató sus propias luchas y desafíos personales en un contexto que buscaba encasillarla
Hoy se conmemoran 68 años desde la partida de una de las figuras más influyentes en la literatura costarricense: Yolanda Oreamuno Unger, escritora y ensayista marcó un hito en la historia de Costa Rica y América Latina, desafiando convenciones sociales y patriarcales en una era conservadora.
Hija única del matrimonio de Carlos Oreamuno Pacheco y Margarita Unger Salazar. Tras el fallecimiento de su padre, cuando ella aún no había cumplido el año de edad, Yolanda fue criada principalmente por su abuela materna, Eudoxia Salazar, viuda de Unger.

Cursó la educación secundaria en el Colegio Superior de Señoritas, donde se graduó como Perito Contable (Ciencias y Técnicas Contables); además, hizo estudios en Mecanografía y Secretariado.
Hasta los 20, fue una joven hermosa y de talento, que gana popularidad en sociedad; los otros 20, fueron años marcados por la tragedia, la soledad y la enfermedad.

Fue la primera escritora que expuso y se rebeló contra la situación de la mujer en la sociedad de Costa Rica, en la primera mitad del siglo XX.
Después de terminados sus estudios, trabajó en el edificio Correos y Telégrafos, donde estaba ubicada la antigua Secretaría de Hacienda.
Su juventud la pasó en medio de amistades, en paseos, deportes y su gusto por actividades culturales muy íntimas, pero de gran nivel. Su carácter y belleza la convirtieron en una de las jóvenes costarricenses más admiradas durante este periodo.
A los 20 años de edad, en 1936, publicó su primer cuento, La lagartija de la panza blanca, y también Para Revenar, no para Max Jiménez.

En la embajada de Chile, donde trabajaba, conoció al diplomático Jorge Molina Wood, con quien se casó y se fue a vivir al país de su marido.
En Chile escribe los relatos: Las mareas vuelven de noche y Don Junvencio, que quedarían en manos de Hernán Max y que no serían publicadas hasta 1971.
Sin embargo, a finales de 1936 Oreamuno regresó a Costa Rica: su marido, víctima de una enfermedad incurable, se quitó la vida.
Al año siguiente contrajo matrimonio con Óscar Barahona Streber, abogado simpatizante del Partido Comunista Costarricense y entró en contacto con las ideas marxistas. Además, participó en actividades antifranquistas y de defensa de la República española.

Sus obras aparecen en Repertorio Americano, revista que publica Joaquín García Monge, quien se convertirá en su maestro, editor y amigo. Entre los cuentos que vieron la luz entonces figura 40º sobre cero, 18 de setiembre, Misa de ocho, Vela urbana, El espíritu de mi tierra, Insomnio y El negro, sentido de la alegría.
Su primera novela, Por tierra firme, la comenzó a escribir en 1938 y en 1940, la envió a un concurso en el que compartió el primer premio con otros dos escritores.
Descontenta con esta decisión, se negó a enviar el manuscrito para su publicación en Nueva York y finalmente el texto de la obra se perdió.
El 21 de septiembre de 1942 nació su único hijo, Sergio Barahona Oreamuno, y ese mismo año comenzaron a deteriorarse la relación con su marido, que terminaría el divorcio.

Tras la muerte de su esposo, viajó a México, después se traslada a vivir en Guatemala, donde adquiere la nacionalidad.
Más adelante, en 1949, gravemente enferma, permaneció cuatro meses en un hospital de Washington.
Posteriormente, se retira a México y en casa de la poeta costarricense Eunice Odio muere en 1956.
Fue enterrada en un panteón en San Joaquín, D.F. en el mojón, pero en 1961, sus restos mortales fueron trasladados a San José, donde yacen el Cementerio General en la fosa número 729 del cuadro Dolores.
Su tumba permaneció 50 años sin siquiera una inscripción y solo en el 55 aniversario de su muerte, el 8 de julio de 2011, llegó a buen término la iniciativa del literato y bloquero costarricense J. P. Morales de colocarle una placa conmemorativa.
Oreamuno, conocida por su narrativa introspectiva y su profundo análisis psicológico de los personajes, no solo se destacó como una pionera en la vanguardia literaria de su tiempo, sino que también abrazó un papel activo en la reivindicación de los derechos y la autonomía de las mujeres.
A través de sus obras, ridiculizó los estereotipos impuestos por una sociedad que relegaba a las mujeres al ámbito doméstico y limitaba sus aspiraciones a roles de madre y esposa.
En resumen
El historiador Iván Molina Jiménez, destacó cómo Oreamuno se posicionó como una figura pública desde temprana edad, desafiando los roles convencionales asignados a las mujeres de su tiempo.
Su vida estuvo marcada por rupturas: desde el fracaso de matrimonios condenados por una moralidad restrictiva, hasta su decisión de adoptar la nacionalidad guatemalteca como un acto de rechazo a las limitaciones impuestas por la identidad nacional costarricense.
Molina explora cómo Oreamuno, a través de su vida y obra, desafió y confrontó los valores dominantes de una Costa Rica conservadora.
En su tumba el epitafio dice: "Tal vez solo a la muerte se llega demasiado temprano".

Su legado no solo reside en sus logros literarios, sino también en su capacidad para abrir camino a generaciones posteriores de escritoras y pensadoras feministas que encontraron en ella una precursora y un símbolo de resistencia.
Hoy, mientras se recuerda su legado a 68 años de su fallecimiento, Yolanda Oreamuno continúa siendo una inspiración para aquellos que luchan por la igualdad de género y la libertad creativa.
Su voz, resonante y desafiante, sigue siendo relevante en un mundo que aún enfrenta desafíos similares a los que ella enfrentó con valentía en su época.
En resumen, no solo cambió la historia de la literatura costarricense, sino que también desafió y transformó la narrativa feminista de su tiempo, abriendo camino a nuevas posibilidades y horizontes para las mujeres en la cultura y la sociedad latinoamericana.











