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Crítica de “Evil Dead Burn”: no compre palomitas… podría vomitarlas

Sangre, demonios, humor cruel y una violencia que desafía el estómago: la nueva 'Evil Dead' no solo pone a prueba los nervios del espectador, sino también su conciencia


Nunca he sido particularmente devoto de las películas originales de Evil Dead. Las he visto, claro, y entiendo perfectamente el lugar casi sagrado que Sam Raimi, Bruce Campbell y Ash Williams ocupan dentro de la historia del cine de terror. Pero admito, quizá con un poco de culpa frente a los puristas, que me resulta mucho más interesante la ruta que tomó la franquicia a partir del remake del 2013 y que ahora continúa con Evil Dead Burn.

La nueva historia sigue a Alice (Souheila Yacoub), una mujer que, tras la trágica muerte de su agresor esposo, acepta reunirse con la familia política en una aislada casa y resolver algunos asuntos pendientes. Lo que ya era una convivencia marcada por resentimientos, culpas y heridas abiertas termina convirtiéndose en una pesadilla cuando el libro maldito del Necronomicón vuelve a hacer de las suyas y los miembros de la familia comienzan a transformarse en Deadites. A partir de ahí, el duelo deja de ser emocional para convertirse, literalmente, en una lucha por sobrevivir.

Si las películas de Raimi encontraban espacio para la comedia negra y el absurdo, Burn prefiere llevar al espectador por otro camino. Es un terror mucho más físico, incómodo y brutal. Tan brutal, de hecho, que por momentos uno siente que la clasificación para mayores de 18 años se queda corta. No porque la película sea inmoral (que desde luego que lo es), sino porque despierta esa incómoda sensación de estar viendo algo que probablemente cualquier terapeuta recomendaría evitar.

Es un cine que incluso llega a hacernos sentir culpables. Mientras en las salas contiguas seguramente familias enteras disfrutan de la enésima aventura de los Minions o del live action de Moana que nadie pidió, en una única sala un reducido grupo de espectadores presencia un desfile de mutilaciones, órganos expuestos y litros de sangre que obligan, casi involuntariamente, a encogerse sobre la butaca.

Y conviene decirlo sin rodeos: esto es gore en su estado más puro. Requiere estómago. No es precisamente el tipo de película que combine bien con un balde de palomitas con caramelo, y cuesta imaginar que el hot dog sobrevalorado de la confitería sobreviva mucho más allá de los avances previos a la función.

Pero la fascinación que produce Evil Dead Burn va mucho más allá de la violencia. Hay algo profundamente contradictorio en la experiencia. Sabemos que estamos viendo algo excesivo. Sabemos que muchas de sus imágenes rozan lo insoportable. Y, aun así, seguimos mirando.

Quizá porque el cine lleva más de medio siglo explorando nuestra atracción por lo demoníaco. El exorcista sembró en el imaginario colectivo la idea de que una fuerza maligna podía apropiarse del cuerpo humano. Evil Dead toma esa misma premisa y decide eliminar cualquier freno. Aquí no hay sacerdotes que buscan salvar un alma ni largos debates sobre la fe. El demonio no viene a tentar: viene a despedazar. Cada posesión es una excusa para convertir el cuerpo humano en un lienzo donde caben mutilaciones, desmembramientos y toda clase de agresiones imaginables.

Pero reducir Evil Dead Burn a un desfile de vísceras sería injusto. Antes de que el Necronomicón abra las puertas del infierno, esa familia ya estaba condenada. Alice llega a la casa convertida en la viuda incómoda, señalada por unos suegros incapaces de aceptar las miserias de su propio hijo y mucho más dispuestos a responsabilizarla a ella de una tragedia que nunca terminan de comprender. Entre silencios, reproches, comentarios a media voz y resentimientos acumulados durante años, la reunión familiar ya era un campo minado mucho antes de que aparecieran los Deadites. Los demonios no destruyen esa familia; simplemente encuentran una donde todo estaba listo para estallar.

En medio de ese desastre emerge una protagonista que también rompe con algunos lugares comunes del cine de terror. Alice pertenece a la tradición de la final girl, esa última sobreviviente que el género ha convertido casi en una institución. Pero aquí no es una víctima pasiva ni una heroína accidental. Conforme el infierno se apodera de la casa, ella responde con una determinación feroz, dispuesta a enfrentarse cuerpo a cuerpo con quien sea necesario. Sobrevive, literalmente, con uñas y dientes, y Souheila Yacoub consigue transmitir al mismo tiempo vulnerabilidad, rabia y una voluntad casi animal de seguir con vida. Es una actuación física, agotadora, en la que cada golpe, cada caída y cada mirada de desesperación parecen sentirse en carne propia.

Si Yacoub sostiene el peso emocional de la película, Luciane Buchanan ofrece el contrapunto más perturbador. Una vez que Thya cae bajo la influencia de los Deadites, la actriz se entrega por completo a una interpretación que exige deformar la voz, el cuerpo y hasta la mirada, construyendo una presencia tan inquietante como hipnótica. Como ocurre con las grandes interpretaciones de posesión demoníaca —Linda Blair en El exorcista o Jennifer Carpenter en El exorcismo de Emily Rose—, el terror no nace únicamente del maquillaje o los efectos especiales, sino de la absoluta convicción con la que Buchanan logra convencernos de que, detrás de esos ojos, ya no queda rastro de humanidad.

Es un cine que parece preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a llegar como espectadores. No solo pone a prueba el estómago, sino también esa curiosidad casi morbosa que todos llevamos dentro. Una parte de nosotros quisiera apartar la mirada; otra necesita saber cuál será la siguiente atrocidad. Esa culpa por seguir observando termina siendo, paradójicamente, uno de los mayores logros de la película.

Sería injusto, además, decir que Evil Dead Burn renuncia por completo al humor. Lo tiene, pero es un humor tan cruel como todo lo demás. Buena parte recae sobre la abuela Polly, cuya demencia le impide comprender la magnitud de la carnicería que se desarrolla frente a sus ojos. Mientras hijos y nietos se despedazan con cualquier objeto al alcance de la mano, ella reacciona con el desconcierto de quien cree estar presenciando apenas otra incómoda reunión familiar. Esa desconexión entre la violencia extrema y la inocencia del personaje produce algunos de los momentos más extraños de la película. Y, otra vez, aparece la culpa: sabemos que no deberíamos reírnos, pero resulta casi inevitable hacerlo. Es un humor negrísimo, incómodo, que no alivia la tensión, sino que la vuelve todavía más retorcida.

Visualmente, Sébastien Vaniček entrega una obra extraordinaria dentro de su propia fealdad. El joven realizador francés fue elegido personalmente por Sam Raimi después de que este quedara impresionado con Infested (2023), una pequeña pero notable película de terror sobre una invasión de arañas. Raimi entendió que la franquicia necesitaba una nueva voz, no un imitador de sí mismo.

Y la elección resulta acertada. Aunque Burn pertenezca a una de las franquicias más reconocibles del cine estadounidense, rara vez se siente como una producción hollywoodense convencional. Su fotografía, el tratamiento de la violencia y la atmósfera remiten mucho más al cine europeo de horror extremo. Hay ecos del movimiento francés conocido como New French Extremity, de la aspereza visual del terror de Europa del Este e incluso de la estética del black metal nórdico: barro, humedad, bosques enfermizos, cuerpos deformados y una naturaleza que parece conspirar permanentemente contra los personajes.

También hay algo que remite a los mejores años de los videoclips de Nine Inch Nails o Marilyn Manson: planos detalle obsesivos, una edición frenética llena de cortes abruptos, movimientos de cámara agresivos y una banda sonora industrial que más que acompañar la acción parece diseñada para crispar los nervios del espectador.

Mención aparte merece un extraordinario plano secuencia que transcurre en la sala de la casa. Mientras Alice intenta ponerse a salvo, detrás, encima y alrededor suyo se desarrolla una pelea salvaje entre los distintos miembros poseídos de la familia. La cámara acompaña el caos con una precisión admirable, convirtiendo la escena en uno de los grandes momentos técnicos de la película y demostrando que Vaniček no solo sabe salpicar sangre, sino también filmarla.

Quizá ese sea el mayor mérito de Evil Dead Burn. No intenta parecerse a Sam Raimi, ni recuperar a Ash Williams, ni vivir de la nostalgia. Comprende que esta nueva etapa de la franquicia tiene otra identidad: menos humor, más angustia; menos caricatura, más sufrimiento; menos aventura, más agresión sensorial. Después de tres películas, dejó de ser un experimento para convertirse en una visión propia del horror.

Y sí, al salir del cine uno puede sentir un ligero remordimiento por haber disfrutado semejante desfile de atrocidades. Pero tal vez ese siempre fue el verdadero poder del Necronomicón: no poseer a quienes aparecen en pantalla, sino lograr que quienes estamos sentados en la oscuridad de la sala descubramos, con cierta culpa, que también hay un pequeño demonio disfrutando del espectáculo.

Ficha técnica

Título: Evil Dead Burn
Dirección: Sébastien Vaniček.
Guion: Sébastien Vaniček y Florent Bernard.
Producción: Sam Raimi y Rob Tapert.
Reparto: Souheila Yacoub, Hunter Doohan, Tandi Wright, Luciane Buchanan, Erroll Shand, Maude Davey y George Pullar.
Duración: 109 minutos.
País: Estados Unidos.
Género: Terror sobrenatural / Gore.
Clasificación: Mayores de 18 años.
Estreno: 9 de julio, 2026.

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