Como hace 125 años, la casona de Hacienda El Rodeo lo recibe con los brazos abiertos
Sus puertas están abiertas de nuevo para los huéspedes

Así se ve la casona en la actualidad. En 2016, tras una larga restauración, abrió de nuevo sus puertas como hotel.
Desde las paredes añosas, aquellas fotografías de grano grueso son un registro preciso del paso inequívoco del tiempo. En ellas, los personajes de varias generaciones que han habitado la vieja casona de la Hacienda El Rodeo miran con los ojos diáfanos de la inocencia y la nostalgia.
Las fotos devuelven las imágenes de ex Presidentes como Mario Echandi o Ricardo Jiménez; de empresarios y políticos como Luis Uribe y Marcial Aguiluz; y las de los Rojas Bennett, su descendencia y amigos.
Todas conservan el reflejo de años maravillosos en que la vida en la rural Costa Rica tenía los colores de los que están hechos los sueños.
Mientras en la capital la sociedad se solazaba con el recién inaugurado Teatro Nacional, en las remotidades de la hacienda se construía la casona en un lejano 1891. Erigida por José Rojas Vargas, la estructura de pochote y otras maderas preciosas albergaría a la familia por las siguientes décadas.
Ahí llegarían José y su esposa Emma Bennett Record -a quien había conocido en California, en sus años de estudiante universitario- y sus hijos Jaime, Clara, Enriqueta, Juan, Emma y el recién nacido Guillermo de la Cruz; nueve años después, la familia la completaría María, la hija menor.
La hacienda se ubica a 6 kilómetros del centro de Ciudad Colón, y tiene entre sus atractivos la Zona Protectora El Rodeo, con una extensión de 2 350 hectáreas, una mezcla de bosque virgen y secundario.
Testigo de la historia
Si bien don José moriría prematuramente en 1915, su familia seguiría al mando de los designios de la hacienda. Muy particularmente su hijo menor, Guillermo de la Cruz, sería el bastión de este microcosmos llamado El Rodeo.

Una niña mira a la cámara desde el otro extremo del corredor principal, en una imagen de 1945.
Corazón de todo cuanto sucedía en la hacienda, la casona reunía cada tarde a la peonada y la familia en los amplios corredores que miran al sur. Ahí, junto a Cruz Rojas, escuchaban la "Voz de América" y conversaban por largas horas; sus voces cortando el aire y pasando más allá del jardín inglés plantado por doña Emma desde los primeros tiempos, cruzaban la calle de tierra hasta adentrarse en el bosque cercano, hechas un murmullo de risas apenas perceptible en el silencio de la noche.
Para 1933, la casona se convertiría en el Dude Ranch Rodeo, único hotel de verano cercano a la capital. Así, cada diciembre, al cese de las lluvias, abría sus puertas para recibir a sus huéspedes. En sus diez habitaciones, visitantes centroamericanos, alemanes, estadounidenses y suramericanos pasaban temporadas disfrutando de la naturaleza particular de aquellos parajes.
Por los siguientes diez años, los turistas montarían a caballo y visitarían el río Virilla, en donde los Vargas, hijos de Antonio el mandador, se tirarían de clavado desde el puente para caer en la profunda poza de aguas límpidas y frescas, estampa incombustible en la memoria de los testigos de aquellos tiempos de prodigios, y las parejas seguirían viniendo de luna de miel y pasearían por el "Trillo de los enamorados" para jurarse amor eterno.
En la década de los cuarenta, cesada ya la actividad hotelera, la casona seguiría cumpliendo su papel de testigo de la historia.
Era 1948 y el batallón "Carlos Luis Valverde", que agrupaba las fuerzas revolucionarias de Pepe Figueres y Marcial Aguiluz, tendría las tierras de la hacienda como punto estratégico de reunión.
Durante el día, para evitar la visita inesperada del ejército nacional, la tropa se escondía en lo profundo del bosque al norte de la casona. Al caer la tarde, los revolucionarios -dueños del brillo propio de la rebeldía- bajaban a la casona y ahí eran recibidos por la muchachada que los esperaba, les ayudaba en el lavado de la ropa y les servía los alimentos recién preparados.
La casona resguarda historias que han aprendido a sacudirse el óxido del tiempo: la llegada de la televisión, que agrupaba a los habitantes del pequeño pueblo en el corredor; las fiestas en la explanada del frente; las veladas amenizadas por las guitarras; la organización de la batida para auxiliar a los accidentados de la avioneta caída en los cerros cercanos; las visitas de científicos atraídos por la belleza de lo que más adelante sería la zona protectora.
Pero, pese al transcurso de los años, los sucesivos habitantes de la casona no dejaron de distinguir las habitaciones con los números de la época del hotel. Así, el cuarto de costura, donde todavía se oye el sonido de la máquina de coser de Mayo Aragón, seguía siendo el número dos.
Tal vez por eso, en 2016, la casona de la Hacienda El Rodeo abrió sus puertas a los huéspedes como hace casi un siglo. Restauradas por Guillermo Quirós Cordero, heredero de don Cruz, las diez habitaciones que la hicieran famosa han recuperado el esplendor de aquellos años.
"La casona es el corazón de El Rodeo", dice Guillermo. "Quise restaurarla para que siguiera latiendo".







