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Cantemos ufanos… Diabluras de maldosos escolares

Antes de que se enfríe setiembre y nos olvidemos de los himnos, lea esta historia...

Por Patricia León-Coto | 16 de Oct. 2016 | 6:32 am
Fines ilustrativos - Archivo

Fines ilustrativos – Archivo

Angustias y congojas pasábamos los chiquitos de segundo grado en la escuela Juan Chaves de Villa Quesada, cuando la niña Filomena González nos ponía a cantar el Himno Nacional y todavía no nos habíamos aprendido la letra de memoria.

A veces movíamos la boca para que la maestra creyera que estábamos cantando, otras veces enredábamos las estrofas al revés y al derecho y algunos en voz baja -para que la niña Filomena no escuchara- sustituíamos un verso patriótico por otro verso irrespetuoso que habían inventado los mamulones de sexto grado. Ese sí que no se nos olvidaba nunca.

Corrían los alegres años 50, pleno boom de nacimientos, no había llegado la televisión, pero sí llegaban, sin cesar, los vuelos de las cigueñas con bebés de uno en uno o de dos en dos, de manera que calles, plazas y escuelas de Villa Quesada estaban siempre abarrotadas de niños de todas las edades.

Para los 15 de Setiembre, por supuesto, nos ponían a desfilar con el uniforme bien aplanchadito y ese año de 1958 la niña Filomena se pulió preparando a sus discípulos para que marcharan muy marciales al un, dos, tres, un, dos, tres, marcado por el ruido estridente de los tambores.

El desfile, la tortura

El desfile recorría varias cuadras, empezaba y terminaba en el parque, donde el jefe político, el cura párroco y otros señores y señoras de gran pelota se subían al quiosco a decir discursos eteeeeernos, mientras los pequeños, divididos por escuelas y colegios, aguantábamos a la intemperie un sol criminal que nos derretía la vaselina en la cabeza.

Isidro Sánchez

El autor es un periodista retirado, aficionado a la Genealogía.

El Himno Nacional era parte de la ceremonia, está claro, y se suponía que todos los escolares se lo sabían al dedillo, pero ese no era mi caso, sobre todo en los versos finales de la primera y la última estrofa, que muchos chiquitos confundíamos y que todavía algunos escolares confunden.

Cuando don Billo Zeledón -abuelito de doña Estrella de Carazo- escribió la bella letra del Himno Nacional en 1903, no se imaginó los traumas musicales que iba a causar en algunos de nosotros. Bueno, tampoco es que se hablara mucho de traumas en aquellos días, cuando más bien se aplicaban métodos didácticos drásticos, bajo el lema "la letra con sangre entra".

La niña Filomena ya era más moderna, no nos sacaba la sangre a palmetazos, pero de vez en cuando nos agarraba del brazo y nos daba un buen socollón, para que recordáramos dónde estaban el orden, la ley y el fundamento.

Que no me oiga la niña Filomena

Ese 15 de setiembre de 1958 a los de segundo grado nos pusieron muy cerca del quiosco en posición de firmes. La niña Filomena se movió de adelante hacia atrás, pasó revista a la fingida marcialidad de sus pupilos y luego dio la orden de "descansen".

Mientras, yo rogaba a todos los santos y a las benditas ánimas del purgatorio para que cuando empezáramos a cantar el himno ella estuviera lo más lejos posible, de manera que no escuchara mi versión callejera y  me fuera a sornaguear otra vez.

Grande fue mi suerte o me escucharon las ánimas, porque cuando la Banda Municipal dirigida por don Chico Castro arrancó con el himno -música de don Manuel María Gutiérrez- la maestra Filomena se quedó en el extremo opuesto de la escuadra de niños y así no pudo oír las barbaridades que yo hacía con el poema de don Billo Zeledón.

El asunto es que en el pueblo vivían las familias de don Heliodoro Rodríguez Cordero, conocido como Lolito, casado con doña Blanca Quesada Chaves y la de don Juan Manuel Solís Guzmán, el famoso Solisón, casado con doña Pura Chavarría Quesada… Doña Blanca y doña Pura…como a media cuadra una de la otra.

Pues resulta que vinieron los grandulones de quinto y sexto grado -no sé si de cosecha propia o mal aconsejados por algún adulto réprobo, de esos ociosos que nunca faltan- y le cambiaron el último verso a la primera estrofa del Himno Nacional.

Donde don Billo dice "blanca y pura descansa la paz" los irreverentes inventaron poner "Blanca y Pura, Lolito y Solisón", que les sonaba muy gracioso a ellos y que los más pequeños repetíamos como monos sonrientes, pero con tremendo sentimientos de culpa, a sabiendas de que estábamos haciendo algo prohibido.

Los hijos de Lich…

En otras fiestas patrias, años después, ya en la secundaria del Liceo San Carlos, llegaríamos a recitar cosas aún más prohibidas, atrevidas y porno, como cuando cantábamos el  Himno Patriótico al 15 de Setiembre: Los hijos del pueblo levanten la frente…

Que nosotros cambiábamos por…

Y mejor quedemos en eso, porque ya casitico me cae la censura.

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