4-2-1
No, no se trata de un nuevo algoritmo. Es la representación matemática de 4 abuelos, 2 hijos, 1 nieto. Me refiero a la nueva tendencia demográfica en algunos países (Corea, China, Japón, España o Italia, por ejemplo), donde cada mujer tiene un único hijo, lo que significaría que 4 abuelos solo tendrían 2 hijos (entre ambas parejas), uno por cada abuela. Esos 2 hijos de distinta madre, tendrían un hijo entre los dos (un hijo por mujer). En términos gráficos, un joven en edad de trabajar, quedaría sosteniendo a dos padres y, eventualmente, a cuatro abuelos. Obviamente se trata de un ejemplo exagerado, pero que nos sirve para dramatizar las tendencias demográficas recientes.
La realidad no es tan grave, como veremos, pero no dejará de ser difícil de manejar en términos de pensiones, de servicios de salud o de cuidados de adultos mayores. Bajo esos supuestos, además, necesitaremos menos escuelas y colegios, aun cuando bajáramos el número de estudiantes por aula y por profesor. Ello, lejos de ser una amenaza, podría permitirnos mejorar la educación, siempre que no sigamos la senda de decadencia que reflejan las pruebas PISA de los últimos años.
A esa fórmula (4,2,1) nos encaminamos hoy en Costa Rica. Según Luis Rosero, Demógrafo de la UCR (La Tasa de 1,3 hijos por mujer de 2021 y 2022 de cara al futuro, Programa Estado de la Nación, 2023), la mujer costarricense de hoy, tendría poco más 1 hijo en promedio. Esos números se compensan, en parte, porque la fecundidad de mujeres inmigrantes es mayor y ello nos da un número de 1,3 hijos por mujer. En términos absolutos, en 1985 nacieron 85.000 niños en Costa Rica, mientras que en el 2022 nacieron 53.000 y eso que hay mucho más mujeres en edad fértil hoy que hace 38 años.
Esos escenarios contrastan con la premonición de Thomas Malthus, quien en 1798 pronosticaba alarmado que la población crecería en proporción geométrica y que la producción de alimentos crecería en proporción aritmética. Es decir, que no tendríamos con qué alimentar a una población creciente y que aumentarían las hambrunas y la desnutrición. Todavía en los años 70 del siglo pasado, una película como Soylent Green (Cuando el Destino nos Alcance en la versión española de 1973), recogía esa distopía, donde la gente vivía hacinada y la comida no alcanzaba (al final, el protagonista descubre que la comida se tomaba de los seres humanos que morían). Jacques Cousteau, el oceanógrafo y ecologista era menos pesimista en cuanto a la producción agrícola, y sostenía, básicamente, que quizás podríamos dar de comer a una población creciente, pero se preguntaba si ¿valdría la pena vivir como ratas?
Las visiones pesimistas no tuvieron en cuenta la capacidad del ser humano de romper ciclos perniciosos, ni de lograr mejoras científicas y tecnológicas para aumentar la producción de alimentos y de materias primas o de mejorar la eficiencia en su utilización, o de bajar las tasas de fecundidad. La realidad es que hoy tenemos menos hijos, vivimos mucho más y tenemos mayor diversidad de alimentos disponibles (más bien aumenta la obesidad a niveles de epidemia).
En las palabras de Rosero: "Costa Rica llegó en 2021 y 2022 a una tasa global de fecundidad (TGF) de 1,3 hijos… La TGF de cohorte –que está libre de perturbaciones por posposición– fue 2,4 hijos por mujer para la cohorte que completó la fecundidad en 2022 (nacidas en 1972). Se simulan dos escenarios futuros de esta tasa: (1) que las niñas nacidas en el 2000 lleguen al fin de su periodo reproductivo (en el 2050) con una familia de 1,3 hijos en promedio –ultrabaja fecundidad– o (2) con dos hijos –escenario de posposición. La población total del país llegaría a un máximo 5,3 o 5,6 millones con estos escenarios, y el declive subsiguiente la llevaría a 4,5 o 5,4 millones en 2075."
En términos prácticos, tendríamos tres grandes consecuencias: 1) caída significativa de la población infantil y juvenil (antes de los 18 años); 2) una caída de la población proveedora (entre los 18 y los 65 años); y 3) un aumento inmenso de la población adulta mayor.
En efecto, como diría el mismo Rosero, la población en edad escolar caería fuertemente desde el máximo de un millón en 2002 a tan solo 320 mil educandos con familias de 1,3 hijos (600 mil con familias de dos hijos) en 2075. La población en edad retiro aumentaría de 510 mil actuales a 1,9 millones (recordemos que "la población adulta mayor o en edad de retiro ya nació, por lo que su tamaño no está afectado por el curso futuro de la fecundidad"); mientras que la población en edad de trabajar disminuiría desde un máximo de 3,6 millones en 2038 a 2,2 o 2,6 millones en 2075.
Si se mantuviera esa tasa de fecundidad (1,3 hijos por mujer), Costa Rica nunca llegaría a los 6 millones de habitantes. Si la tasa subiera a 2 hijos por mujer y se agregara la migración, llegaríamos a los 6 millones en 2050 (suponiendo una llegada neta de 10.000 inmigrantes por año).
Tal vez parezca exagerado hablar de "El invierno demográfico" (2008), de "La bomba de la despoblación" (2022), de "La Cuna Vacía" (Longan 2004), de "La Muerte de Occidente", del "obscuro y frío invierno demográfico de Europa" (Papa Francisco) o del "colapso poblacional" que acabará con la civilización (Elon Musk); pero los números vigentes, salvo quizás para la conservación de otras especies en La Tierra, ciertamente tienen implicaciones complejas y difíciles de manejar. Sobre todo si caída de la fecundidad (el quantum) se complementa con la posposición de la edad para tener hijos).
Optimistamente, alguien dirá que la Inteligencia Artificial y los Robots, o que la migración de países africanos y de países vecinos más jóvenes (con tasas de fecundidad mayores), compensarán la caída previsible de nacionales en edad laboral. Cierto, pero ello supondría otro tipo de fenómenos, incluyendo lamentablemente un aumento de propuestas xenofóbicas (Europa y los Estados Unidos son testigos de ello), o una alienación humana no diagnosticada.
Aunque todavía no estemos como China, Corea del Sur, Japón, España o Italia; la caída de la natalidad y de la fecundidad, nos obligará a ajustar ampliamente nuestros sistemas de pensiones y de salud. Tendremos que buscar fuentes alternativas a las cargas sociales (sobre las planillas), para financiar ambos seguros.
Los costos crecientes de las pensiones obligarán a subir o reasignar tributos para pagar las pensiones de un futuro cercano (a menos que aumentemos excesivamente las edades de jubilación o que reduzcamos sus montos, lo que debería evitarse, al menos para las de IVM). Los efectos en salud serían aún más impactantes, puesto que más adultos mayores significamos muchísimos más gastos en atención de enfermedades (el cáncer, las cardiopatías, la diabetes crónica, por ejemplo, son mucho más costosas que las antiguas diarreas de nuestros menores). Necesitaremos más camas hospitalarias, más servicios hospitalarios y médicos (también en primero y segundo niveles), etc.
No pierdo la esperanza de que seremos capaces de ajustar las variables y atender a esas poblaciones, pero para ello necesitaremos crecer económica y sostenidamente, de manera que podamos pagar por las nuevas demandas, mientras revisar nuestros esquemas de recaudación y ser más eficientes en la atención de poblaciones vulnerables.